Stanley Richards manda ahora en la cárcel donde estuvo preso: Un caso de estudio para la criminología — y una pregunta incómoda para los sistemas penitenciarios
Stanley Richards tiene 65 años. Acaba de asumir como comisionado del Departamento Correccional de Nueva York. Su oficina ocupa una antigua capilla reconvertida. Frente a ella, al otro lado de la carretera, está el pabellón donde cumplió condena por robo a finales de los ochenta. Dos años en Rikers Island. Luego treinta en la Fortune Society —una organización de reinserción— hasta llegar a director general. Hoy dirige el sistema que lo encerró.
El alcalde Zohran Mamdani lo designó en enero, convirtiéndolo en la primera persona previamente encarcelada en supervisar las cárceles de la ciudad de Nueva York.
Desde la criminología, esto no es solo una historia de superación personal. Es un caso de estudio con aristas que vale la pena desmenuzar.
Desistimiento e identidad narrativa
La teoría del desistimiento —desarrollada entre otros por Shadd Maruna y por Laub y Sampson— distingue dos tipos de abandono de la conducta delictiva. El primero ocurre por ausencia de oportunidades o por presión externa. El segundo, más sólido y duradero, surge de una reconstrucción interna de la identidad: la persona deja de verse a sí misma como delincuente y construye una narrativa biográfica coherente donde el pasado tiene lugar sin determinar el futuro.
Richards pertenece sin duda a la segunda categoría. Al visitar su antigua celda de tres por dos metros, no huyó del recuerdo. Dijo: "Ofendí a mi comunidad y cometí un delito, y pagué el precio por ello. La verdad de mi historia es una historia de redención." Eso no es retórica de presentación pública. Es exactamente lo que la literatura científica identifica como condición necesaria para un desistimiento sostenido. La Fortune Society funcionó como el andamiaje institucional que hizo posible ese giro biográfico: le ofreció un rol prosocial en el momento crítico de la salida, en 1991, cuando aceptó un empleo como consejero.
Legitimidad penitenciaria: el principio "nothing about us without us"
La criminología crítica lleva décadas reclamando que las políticas penitenciarias se diseñen con quienes han vivido el sistema desde dentro, no solo sobre ellos. Richards no es un consultor externo con empatía profesional: conoce Rikers desde la celda. Esa diferencia es cualitativamente distinta a cualquier formación académica o experiencia técnica.
Su nombramiento llega en un momento de crisis institucional severa. El año pasado murieron 15 personas bajo custodia del Departamento Correccional. Un juez federal tuvo que nombrar un gerente de remediación de emergencia con autoridad amplia sobre la institución, ante años de violencia sistémica y fallos en la atención médica a los reclusos. El sindicato de funcionarios, la administración anterior del alcalde Adams —un ex capitán de policía que se opuso frontalmente a la intervención federal— y los propios tribunales llevan años en conflicto abierto sobre quién controla Rikers y con qué criterios.
En ese contexto, designar a alguien con la trayectoria de Richards no es un gesto cosmético. Es una apuesta por construir autoridad desde la legitimidad experiencial, en un sistema que ha perdido casi toda credibilidad institucional.
La paradoja: la redención personal no es reforma estructural
Conviene no caer en el entusiasmo fácil. Richards llega a un sistema con 1.300 vacantes de personal, horas extra desbocadas, una ley municipal que ordena el cierre de Rikers para 2027 y un plazo que el propio alcalde califica de "prácticamente imposible de cumplir." La biografía de Richards es excepcional. Pero Rikers no necesita una trayectoria personal ejemplar al frente: necesita transformación estructural en sus condiciones físicas, en su dotación de personal, en su relación con el sistema judicial y con los programas de derivación.
El riesgo es conocido en sociología de las organizaciones: que la narrativa de redención individual absorba toda la atención pública y funcione como sustituto simbólico de la reforma real. Que el símbolo tape la estructura.
El obstáculo que nadie discute: los antecedentes penales como muro de exclusión
Aquí está el eje que conecta este caso con una contradicción sistémica que atraviesa a casi todos los países: en la mayoría de sistemas penitenciarios del mundo, tener antecedentes penales impide trabajar en instituciones penitenciarias.
No siempre como prohibición explícita y taxativa. A veces como resultado práctico de los filtros de contratación. En EE.UU., casi todos los estados exigen verificación de antecedentes para agentes correccionales, y un historial de delitos graves suele producir exclusión automática. En España, el acceso a los cuerpos de funcionarios de instituciones penitenciarias requiere no tener antecedentes penales en vigor por delito doloso. En el Reino Unido, Alemania, Francia —el patrón se repite con variantes.
El resultado es una paradoja que debería incomodar a cualquier criminólogo: el sistema penitenciario excluye del empleo correccional precisamente a quienes más conocen su funcionamiento desde dentro. Se priva a las prisiones de la única perspectiva que no puede adquirirse en ningún programa de formación: la experiencia vivida del confinamiento.
Richards solo pudo llegar donde llegó porque encontró una vía alternativa. La Fortune Society —una ONG— no aplicaba esos filtros. Desde allí construyó tres décadas de carrera que lo hicieron elegible para un cargo político de designación directa, que tampoco exige el expediente limpio requerido a un funcionario de base. Fue la excepción que confirma la regla: el sistema habitual lo habría dejado fuera.
La pregunta es inevitable: ¿cuántos Richards potenciales han sido expulsados del camino de la contribución precisamente por los mismos sistemas que los marcaron? ¿Cuánta experiencia acumulada, cuánto conocimiento práctico sobre qué funciona y qué no dentro de una prisión, se descarta sistemáticamente en el proceso de selección de personal?
La reinserción no termina con el cumplimiento de la condena. Termina —o no termina— cuando la sociedad decide si le abre o cierra las puertas al empleo. Y hay una ironía especial en que las puertas más cerradas sean precisamente las de la institución que, en teoría, existe para abrirlas, para rehabilitar.
Fuente: Exconvicto asume el mando del sistema penitenciario de Rikers Island en Nueva York http://uni.vi/z2oT106xIKJ
vía @UniNoticias
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