Bailando hacia el abismo: Por qué la orquesta sigue tocando en un mundo que se hunde
Nos vendieron la idea de que el barco era insumergible. No como metáfora: como certeza técnica, como logro de la civilización. Las instituciones multilaterales, el derecho internacional humanitario, la interdependencia económica global —todo eso funcionaba, según el discurso oficial, como un sistema de mamparos estancos que haría imposible el naufragio total. La barbarie había sido domesticada. El progreso era irreversible. La historia tenía un solo sentido, y ese sentido era hacia adelante. El Titanic real también era insumergible, según sus constructores. Esa convicción fue, precisamente, lo que lo hundió. Hoy el barco lleva tiempo haciendo agua. No es una metáfora apocalíptica ni un ejercicio de pesimismo literario: es una descripción. Los instrumentos de presión en la sala de máquinas llevan años marcando el rojo. Y sin embargo, en los salones de primera clase, la orquesta no ha dejado de tocar. El champán circula. El vals continúa, impecable y ajeno, mientras en las cubiertas...