Entre dos silencios: el drama humano que nadie quiere contar.
Noventa y un cubanos aterrizaron el pasado 16 de abril en el Aeropuerto Internacional José Martí.
Setenta y seis hombres y quince mujeres. El periódico Granma lo informó con la frialdad de un boletín administrativo: vuelo procedente de Estados Unidos, acuerdos migratorios bilaterales, migración regular, segura y ordenada. Punto. El MININT firmó la nota y nadie más preguntó nada.
En Miami, el silencio fue igualmente sepulcral, aunque por razones distintas y, si cabe, más vergonzosas. Dos silencios. Dos conveniencias. Y en el medio, noventa y un seres humanos que nadie quiere mirar de frente.
Llevo años escribiendo sobre migración cubana. Conozco sus ciclos, sus lógicas, sus contradicciones. Pero cada vez que leo una nota como esta, me asalta la misma sensación: estamos ante un drama humano de primer orden al que se le ha amputado deliberadamente su dimensión humana. No por negligencia. Por cálculo.
Empecemos por donde más duele, porque es donde el silencio resulta más obsceno: la élite política cubanoamericana.
Durante décadas, los representantes más visibles de esa comunidad en Washington han construido su capital político sobre el sufrimiento del pueblo cubano. Han invocado a los balseros, a los presos políticos, a los fusilados del Morro, a las Damas de Blanco, a los muertos en el estrecho de Florida. Han exigido sanciones, han bloqueado acuerdos, han presionado a administraciones sucesivas para que endurezcan la guerra económica contra Cuba. Todo ello, según proclaman, en nombre del pueblo cubano, de su libertad y prosperidad. De sus hermanos. De su patria irredenta.
Pero cuando noventa y uno de esos hermanos son deportados desde Estados Unidos —no en jets privados, sino esposados o poco menos, devueltos como mercancía defectuosa— el silencio de esa élite es ensordecedor. No hay declaración del Secretario de Estado Marco Rubio. No hay comunicado indignado de las organizaciones del exilio histórico. No hay cobertura en los medios de Miami que humanice a estas personas, que cuente quiénes son, de dónde vienen dentro de Cuba, por qué emigraron, qué esperaban encontrar, qué perdieron en el intento.
Y no es casualidad. Es lógica política pura.
Estas noventa y una personas no encajan en el relato. No son disidentes. No son activistas. Son cubanos ordinarios, desesperados, que huyeron de una realidad material insoportable —escasez, apagones, colapso económico— y que tomaron la única salida que tenían a mano: el camino irregular, clandestino, peligroso.
Muchos habrán pagado a coyotes. Muchos habrán cruzado selvas, ríos, fronteras. Muchos habrán llegado a Estados Unidos con el cuerpo destrozado y la esperanza intacta, para ser detenidos, procesados y devueltos.
Estas personas no le sirven a la narrativa del exilio histórico ni al imperio porque son el producto directo del modelo que ese exilio ha ayudado a construir: el bloqueo que asfixia la economía cubana, la política de máxima presión que ha empujado a millones a emigrar, la Ley de Ajuste Cubano que durante décadas funcionó como imán migratorio y cuya lógica criminal dejó a muchos en el mar. Son, en cierto modo, el daño colateral de medio siglo de política diseñada en Washington con asesoramiento de Miami. Reconocerlos implicaría reconocer esa responsabilidad. Y eso no es rentable electoralmente.
Lo que busca esa élite no es la libertad del pueblo cubano. Lo que busca es poder. Poder dentro del sistema político norteamericano, influencia sobre la política exterior de la primera potencia mundial, riqueza derivada de esa influencia.
El cubano vulnerable que cruza el río Bravo no les importa. Les importa Cuba como botín, les interesa el cubano abstracto, el cubano simbólico, el que sirve de argumento en un discurso de campaña o en una resolución del Congreso. El cubano real, de carne y hueso, deportado en un vuelo de abril, ese les resulta incómodo. Les recuerda que detrás de la retórica hay personas, y que las personas no se gestionan con eslóganes.
Es una traición y una hipocresía. No tengo otras palabras para nombrarla.
Pero el otro silencio no me resulta más honesto, aunque sea más comprensible en sus motivaciones.
Granma publica la nota con el tono de quien da cuenta de una operación logística exitosa. Cuba cumple sus compromisos. Cuba apoya la migración regular. Cuba advierte sobre los riesgos de la emigración clandestina. Todo correcto, todo dentro del protocolo diplomático. Lo que no hace Granma —lo que ningún medio cubano hace— es ponerle cara a esas noventa y una personas.
¿Quiénes son? ¿De qué provincia de Cuba vienen? ¿Cuántos años tienen? ¿Dejaron hijos atrás, o se fueron con ellos y los dejaron en algún punto del camino? ¿Qué les empujó a tomar esa decisión? No la decisión abstracta de «emigrar irregularmente», sino la decisión concreta, íntima, a menudo agonizante de decir: aquí no puedo seguir. ¿Qué era ese «aquí»? ¿Un municipio sin electricidad doce horas al día? ¿Una familia sin proteínas desde hace meses? ¿Un trabajo que no alcanza para nada? ¿Una enfermedad sin medicamentos? ¿Un proyecto de vida que se había vuelto materialmente imposible?
Y sobre todo: ¿qué les espera ahora?
Regresan a una isla bloqueada, en crisis energética aguda, con una economía en caída libre desde hace años y bajo la amenaza de invasión militar. Regresan sin los ahorros que llevaban, sin las conexiones que habían tejido en el camino, sin el tiempo que perdieron.
Regresan, en muchos casos, con deudas contraídas para pagar el viaje. Regresan a empezar de cero. Pero no el cero de quien nunca se fue: el cero de quien lo apostó todo, perdió, y ahora tiene que reintegrarse en una sociedad que en algún sentido los mira como a fracasados, o como a personas que «intentaron irse», lo cual en el contexto cubano, aunque cada vez menos, carga sus propias ambigüedades sociales y familiares.
El silencio del periodismo cubano sobre este drama es también, a su modo, una forma de gestión política. Reconocer el sufrimiento concreto de estas personas implicaría reconocer las causas concretas que los empujaron a irse. Y esas causas son, en cierta medida, internas: además del bloqueo —que es real y tiene efectos devastadores— también décadas de gestión económica errática, rigidez estructural, incapacidad para reformar el modelo a tiempo. Un reportaje honesto sobre estos retornados sería, inevitablemente, un reportaje sobre las razones por las que Cuba no puede retener a sus propios ciudadanos. Y ese reportaje no tiene espacio en la prensa oficial, aunque debería.
Lo que me resulta más perturbador, después de muchos años pensando sobre esto, es que entre ambos silencios se abre un vacío que nadie llena. No hay voz que cuente esta historia con la complejidad que merece. No hay relato que le ponga cara al drama sosteniendo al mismo tiempo la crítica al bloqueo y la crítica a la gestión interna cubana. No hay análisis que denuncie la hipocresía de la élite cubanoamericana sin absolver por ello a las autoridades de La Habana.
Porque ambas narrativas dominantes —la del exilio y el silencio del gobierno cubano— necesitan que la realidad sea más simple de lo que es. Necesitan héroes y villanos nítidos. Y estos noventa y un cubanos son demasiado complejos para caber en ninguno de los dos relatos.
Son personas que vivieron bajo un sistema que no pudo satisfacer sus necesidades básicas. Que tomaron una decisión racional ante circunstancias irracionales. Que fueron atrapadas por una política migratoria norteamericana que los deporta con la misma indiferencia burocrática con que deporta a cualquier otro migrante, sin considerar la singularidad de su situación ni la historia que les trajo hasta allí. Y que regresan ahora a un país que los recibe con un comunicado del MININT y sin una sola pregunta sobre lo que vivieron.
Noventa y una historias. Noventa y un dramas personales. Noventa y una vidas que merecerían, como mínimo, ser contadas.
Nadie las cuenta. Ni los que los usaron como argumento retórico durante décadas. Ni los que los reciben ahora como cifra en una estadística de «migración ordenada».
Eso es lo que hay entre los dos silencios: personas reales que no le sirven a nadie como personas reales. Solo como números. Solo como símbolo. Solo como argumento.
Y lo que hace ese silencio todavía más inexplicable es que Cuba lleva años enviando señales —tímidas, pero reales— de querer recomponer su relación con la comunidad cubana en el exterior. Las autoridades han hablado de reconciliación, de puentes, de reconocer el vínculo de los emigrados con su país de origen. Pero la reconciliación no se construye con comunicados fríos del MININT. Se construye con humanidad.
Y humanizar a estos retornados —contarles la historia con nombre y rostro, acompañarlos públicamente en su reintegración, reconocer sin eufemismos lo que los empujó a irse y como se les recibe— sería precisamente el gesto más poderoso que Cuba podría hacer ante una diáspora que, en su mayoría, no se fue por ideología sino por necesidad.
Ignorar ese drama no protege a la Revolución cubana. La empequeñece. Le cierra la puerta a la única narrativa que podría distinguirla moralmente de sus adversarios: la de un país capaz de mirar a sus propios ciudadanos con honestidad y con afecto, incluso cuando regresan derrotados, explicando como se les ayuda en el retorno, psicológica y económicamente, teniendo en cuenta los recursos disponibles. Ese silencio no es solo un error periodístico. Es un autosabotaje político de primer orden.
Y eso, en sí mismo, es una doble condena.
Entre Cuba y EEUU, es igual que estar entre la luz y la oscuridad.No perteneces a ninguna por consiguiente puede destructivo ser destructivo,mientras lo bueno no es bueno y lo malo tampoco lo es.
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