Cuba y Estados Unidos: La Ventana que No Se Puede Desperdiciar.
Un análisis de las conversaciones confirmadas y sus implicaciones para Cuba, la región y el futuro del bloqueo
Serafín Seriocha Fernández Pérez · Marzo de 2026
El 13 de marzo de 2026, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel confirmó ante las máximas estructuras del Partido Comunista lo que Washington ya había insinuado semanas antes: funcionarios de ambos gobiernos han sostenido conversaciones orientadas a identificar problemas bilaterales y explorar soluciones. La confirmación llega en el peor momento económico de Cuba en décadas —tres meses sin recibir petróleo, apagones masivos, cirugías postergadas, panaderías que arden con leña— y en el contexto de un Trump que ha oscilado entre amenazar con una toma de control y proponer un acuerdo. Son circunstancias dramáticas. Son también circunstancias que, paradójicamente, abren una oportunidad histórica que Cuba no puede permitirse desperdiciar.
I. El hecho de hablar: un antídoto parcial contra la ansiedad
Trump es, por definición, impredecible. Ha amenazado con un cambio de régimen. Ha comparado a Cuba con Venezuela tras el secuestro de Maduro. Ha insinuado una toma de control «amistosa o no». Nada de esto puede ignorarse. Y sin embargo, hay un dato que merece atención analítica: ambas partes reconocen públicamente que existe un canal de comunicación. Ese reconocimiento mutuo, por sí solo, tiene valor político.
En la lógica de la gestión de crisis internacionales, la ausencia total de comunicación es el escenario más peligroso. El riesgo de escalada no calculada, de malentendidos que se convierten en incidentes —como la lancha del 25 de febrero que Díaz-Canel calificó de «ataque terrorista» y sobre la que ya se espera la llegada del FBI para cooperar en la investigación— disminuye sustancialmente cuando existe un teléfono rojo, aunque sea informal. Las conversaciones no son una garantía. Pero son un factor que reduce la temperatura, y en un contexto tan volátil como el actual, eso no es poca cosa.
Díaz-Canel fue cuidadoso en su lenguaje: proceso «sensible», abordado con «responsabilidad y seriedad», aún «alejado» de acuerdos concretos. El Vaticano —mediador histórico desde el deshielo de 2015— ha vuelto a aparecer en escena. México y su presidenta Claudia Sheinbaum han jugado un papel de facilitación que, aunque discreto, fue reconocido. Estos actores internacionales son garantías procesales, no sustantivas. Pero importan.
II. La ecuación del turismo: dólares, diáspora y desarrollo
Cuba lleva décadas construyendo una infraestructura turística imponente que, en condiciones normales, tendría mucho que ofrecer: playas, patrimonio histórico, gastronomía, cultura, servicios médicos. Esa infraestructura fue edificada en gran medida con inversión estatal y cooperación internacional, y ha sido el principal generador de divisas del país en los últimos treinta años. El problema es que el bloqueo y las restricciones de viaje impuestas por Estados Unidos han arruinado artificialmente su potencial.
Un levantamiento de las restricciones de viaje para ciudadanos estadounidenses —y especialmente para la comunidad cubana residente en Miami y en toda Florida— tendría efectos económicos que difícilmente pueden sobreestimarse. La diáspora cubana representa uno de los mercados turísticos más potentes que Cuba podría activar de forma inmediata: personas con lazos familiares, con interés cultural directo, con capacidad de gasto real. No sería un turismo de masas anónimo, sino un turismo de reconexión, denso en afecto y en dinero.
Para que esta apertura no sea simplemente un negocio entre empresarios de Miami y el Estado—en el que también pueden y deben participar los cubanos residentes— y que se traduzca en desarrollo genuino para el pueblo cubano, el Estado necesita un marco fiscal inteligente. Los impuestos sobre las actividades turísticas, si se estructuran de forma equitativa y no confiscatoria, pueden proveer recursos no solo para los servicios básicos que hoy están en colapso: electricidad, transporte, alimentación, salud, sino también para financiar indemnizaciones que faciliten nuevas inversiones. Y esos servicios básicos, a su vez, son condición de posibilidad del propio turismo. La lógica es circular y virtuosa: más turismo financiado, mejores servicios; mejores servicios, más turismo sostenible.
III. El dividendo latinoamericano
Hay una dimensión de este acercamiento que a menudo se analiza en clave exclusivamente bilateral y que merece una lectura más amplia: el impacto sobre las relaciones entre Estados Unidos y América Latina, y en particular con la izquierda latinoamericana.
Cuba ha sido, durante sesenta años, el símbolo de injusticia más potente del imperialismo estadounidense en el imaginario político progresista de la región. El bloqueo, las intervenciones, los intentos de desestabilización: todo eso ha tenido un efecto de cohesión negativa que ha unido a gobiernos ideológicamente muy distintos en torno a la defensa de la soberanía cubana. Mientras Cuba sea una herida abierta, la izquierda latinoamericana tendrá un argumento imbatible contra Washington.
Un proceso de normalización genuina, negociado con respeto a la soberanía cubana, cambiaría radicalmente ese escenario. No eliminaría las tensiones históricas ni resolvería las contradicciones estructurales de la política exterior estadounidense en la región. Pero desactivaría el símbolo. Y en política, los símbolos tienen peso propio. El gobierno de Trump, que tiene intereses comerciales y estratégicos evidentes en América Latina, debería calcular ese dividendo con más seriedad de lo que parece estar haciendo.
IV. La economía mixta como horizonte: de la Constitución del 40 al Moncada
Si el turismo es la puerta de entrada más inmediata a una apertura económica, la pregunta de fondo es qué modelo de economía se construye a partir de ahí. Cuba tiene una herencia constitucional que a menudo se olvida: la Constitución de 1940, admirada en toda América Latina por su carácter social y democrático, contemplaba una economía mixta que combinaba la propiedad estatal con la privada y la cooperativa, regulada por el Estado en función del bienestar colectivo. No era un modelo socialista ortodoxo. Era un modelo de capitalismo regulado con fuerte componente social, análogo en muchos aspectos al que construyeron los países escandinavos en la misma época.
El propio programa del Moncada —el documento político que articuló el movimiento revolucionario de 1953— incluía entre sus compromisos la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. No como decorado retórico, sino como medida estructural de redistribución. Si Cuba va a abrir su economía al capital privado, nacional y extranjero, esa apertura debería incluir mecanismos reales de participación laboral en los beneficios: copropiedades, fondos de participación, representación en los consejos de administración. No porque sea utopía, sino porque es la única forma de que la apertura económica respete el espíritu original de la revolución y no reproduzca las desigualdades extremas que ha generado en otros contextos de postransición de mercado plagados de corrupción.
Una apertura gradual y organizada —no un shock neoliberal, no una privatización desordenada— podría dar lugar a ese modelo de economía mixta que tiene raíces profundas en la propia historia política cubana. La incorporación de la comunidad cubana residente en el extranjero y la residente en Cuba rescataría esa tradición nacional. La gradualidad no es timidez. Es inteligencia estratégica: permite que el Estado retenga capacidad reguladora, que las empresas estatales se reconviertan en lugar de liquidarse, que el mercado interno se desarrolle antes de quedar expuesto a la competencia global.
V. Pragmatismo soberano: reformas y levantamiento del bloqueo, las dos caras de la misma moneda
Existe un argumento que con frecuencia se esgrime en los círculos más ortodoxos de la política cubana: vincular las reformas internas al levantamiento del bloqueo sería ceder soberanía, aceptar que Washington tiene derecho a condicionar las decisiones de La Habana. Es un argumento comprensible en términos simbólicos. Es, sin embargo, un error político de primera magnitud.
Cuba necesita reformas. Las necesitaba antes del bloqueo energético actual, las necesitaba antes de la caída de Maduro, las necesitaba desde hace al menos una década. El modelo económico vigente no está fallando por el bloqueo únicamente: hay ineficiencias estructurales, rigideces institucionales, ausencia de incentivos productivos, que son endógenas y que el propio gobierno cubano ha reconocido en distintos momentos. Negar eso es hacerle un flaco favor a Cuba.
Ahora bien: con el bloqueo activo, muchas de esas reformas serían ineficaces o directamente inviables. ¿Para qué abrir el mercado interno si no hay divisas ni combustible? ¿Para qué modernizar la empresa estatal si no hay acceso a tecnología ni a crédito internacional? El bloqueo no es la única causa de todos los problemas de Cuba, pero sí actúa como multiplicador de todos ellos. La guerra económica actual si es desvastadora. Vincular dichas medidas de presión al proceso de reformas no es cesión de soberanía: es pragmatismo. Es matar dos pájaros de un tiro —como suele decirse con más sabiduría popular que elegancia— implementar las reformas necesarias al mismo tiempo que se libera a Cuba de una guerra económica que lleva más de seis décadas deteriorando su tejido productivo y social.
La soberanía no se mide por la resistencia a negociar. Se mide por la capacidad de negociar en términos de igualdad y de obtener resultados concretos para el propio pueblo. Díaz-Canel fue preciso en esto: cualquier proceso debe desarrollarse «sobre bases de igualdad y respeto a los sistemas políticos de ambos Estados». Esa condición no es retórica: es la línea roja. Y dentro de esa línea, hay un espacio enorme para el pragmatismo.
Conclusión: La historia no espera
Las conversaciones entre Cuba y Estados Unidos son, todavía, una promesa sin contenido. No hay acuerdos. No hay hoja de ruta. No hay garantías de que Trump no las dinamite mañana con un tuit o con una sanción. Todo eso es cierto. Y sin embargo, el momento existe. La ventana está entreabierta.
Cuba ha sobrevivido sesenta años de hostilidad sistemática con una combinación de convicción ideológica, solidaridad internacional y una resiliencia popular que ha sido, al mismo tiempo, su mayor orgullo y su mayor sacrificio. Esa resistencia tiene un costo que se mide en apagones, en cirugías postergadas, en jóvenes que emigran, en panaderías que arden con leña en el siglo XXI. No hay romanticismo posible frente a ese balance.
Si hay una oportunidad de negociar la salida de esa situación sin sacrificar la justicia social, sin reproducir las desigualdades de otros modelos postransición, rescatando los fundamentos legitimadores originales, sin renunciar a la soberanía real —no la soberanía del símbolo, sino la soberanía de la reconciliación— Cuba tiene la obligación histórica de intentarlo. No por Washington. Por los cubanos.
Serafín Seriocha Fernández Pérez Marzo 2026
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