El capital humano que se fue: migración cubana, contexto geopolítico y el imperativo de no perder dos veces
I. El enigma que incomoda a todas las narrativas
Existe una convicción extendida, tan intuitiva como parcialmente errónea, que equipara emigración con miseria absoluta. En su versión más tosca, la fórmula reza: a mayor pobreza, mayor emigración. Es una ecuación políticamente conveniente tanto para quienes celebran el éxodo cubano como prueba del fracaso del socialismo, como para quienes lo reducen a una consecuencia directa del bloqueo. Ambas simplificaciones comparten el mismo defecto: sustituyen el análisis por la coartada.
Este artículo parte de una tesis demográfica bien documentada —que el desarrollo humano, más que la pobreza extrema, detona la emigración— y la aplica al caso cubano con las modulaciones que ese caso singular impone. Pero va más lejos: sostiene que el drama migratorio cubano no puede comprenderse sin la variable del hostigamiento geopolítico sostenido, que convirtió fragilidades estructurales en colapso sistémico; que sus víctimas principales son el pueblo cubano en la isla y la propia migración; y que la pregunta urgente no es solo por qué se fueron, sino qué debe hacerse ahora para que esa pérdida no sea definitiva ni se reproduzca en forma de una nueva ola resentida.
II. La teoría: por qué emigra quien puede, no quien más sufre
La investigación demográfica comparada ha documentado lo que Michael Clemens sistematizó como emigration life cycle: la relación entre desarrollo económico y emigración no es lineal ni inversa, sino una curva. A medida que un país transita de la pobreza crónica a niveles intermedios de desarrollo, la emigración aumenta, no disminuye. El mecanismo es coherente: el desarrollo acumula capital humano —más formación, más conexión con el mundo exterior, mayores aspiraciones comparativas—, y ese capital, paradójicamente, amplía la brecha entre lo que el sujeto es capaz de imaginar y lo que su entorno inmediato le permite realizar. Emigrar, además, cuesta dinero: visados, traslados, instalación. El emigrante prototípico no es el más desfavorecido; es el más formado, el más conectado, el que tiene algo que movilizar.
La pregunta pertinente no es, por tanto, «¿por qué emigran?» sino «¿quiénes tienen la capacidad real de hacerlo?». La respuesta apunta sistemáticamente hacia las franjas más educadas y mejor articuladas en redes transnacionales.
Cuba confirma este patrón, pero lo hace desde una posición atípica: no como país en trayectoria de desarrollo ascendente, sino como país que acumuló capital humano extraordinario en condiciones de bloqueo externo y rigidez institucional interna, y que ahora exporta ese capital porque no puede ofrecerle el horizonte que merece.
III. Lo que el bloqueo explica —y lo que no puede esconder
Nadie habla del «régimen de Trump» ni del «régimen de Biden». La Revolución cubana es exactamente eso: una revolución, con sus grandezas históricas, sus contradicciones internas y sus distorsiones. Y una revolución sometida durante más de seis décadas a una presión exterior sistemática, ilegal según el derecho internacional, y moralmente condenable en sus efectos sobre la población civil. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado año tras año, con mayorías abrumadoras, contra el bloqueo. Ignorar esa variable para juzgar el resultado del experimento cubano es metodológicamente equivalente a evaluar un ensayo científico saboteando sus condiciones de laboratorio.
Pero hay algo más que el bloqueo. La historia latinoamericana del siglo XX ofrece un contexto sin el cual la trayectoria cubana es incomprensible. Jacobo Árbenz fue derrocado en Guatemala en 1954 cuando intentó una reforma agraria que afectaba a la United Fruit Company. Salvador Allende fue asesinado en Chile en 1973 cuando la democracia socialista amenazaba los intereses de las corporaciones estadounidenses y sus aliados locales. Augusto César Sandino fue asesinado en Nicaragua después de combatir la ocupación norteamericana. Más recientemente, en Venezuela, Nicolás Maduro fue secuestrado, y María Corina himillada. Es el contexto de una presión exterior que ha producido en los países que resiste un efecto documentado en criminología: la presión desproporcionada deforma los sistemas que intenta destruir, radicalizando sus respuestas y articulando —ante sus propios ojos— excesos que derigan sus ideales originales.
La criminología ambiental y la teoría situacional del delito nos enseñan que el contexto no exonera, pero explica. Una revolución que nació con ideales genuinos de justicia social —y los tuvo— sometida durante décadas a una guerra económica, a intentos de magnicidio documentados, a sabotajes, a invasiones y a la presión de una superpotencia que nunca aceptó que noventa millas al sur pudiera existir un país soberano, es una revolución que inevitablemente se cierra, endurece y termina excediéndose en el control de sus propias contradicciones internas. Eso no la absuelve ni condena. Pero sitúa su desempeño en un escenario causal más honesto que la caricatura del socialismo inherentemente inviable.
IV. La grandeza que existió y que el éxodo devora
El caso de la medicina cubana merece ser tratado con la misma honestidad que las críticas al modelo. En sus mejores momentos, la Revolución desplegó más de 50.000 médicos y profesionales sanitarios en más de 60 países simultáneamente —más que la propia Organización Mundial de la Salud—. La Operación Milagro restableció la visión a más de tres millones de latinoamericanos que de otro modo habrían permanecido ciegos por incapacidad económica para acceder a la cirugía. La Escuela Latinoamericana de Medicina formó a miles de médicos de países que no podían producirlos ni pagarlos. Ninguna potencia occidental, con todos sus recursos, generó nada comparable en términos de solidaridad sanitaria sostenida y desinteresada. La OMS lo reconoció. La historia también debería.
Ese mismo sistema sanitario, construido con décadas de inversión y vocación internacionalista, es hoy el más diezmado por el éxodo. Más de 30.000 médicos abandonaron la isla entre 2021 y 2024. La ratio de habitantes por médico se deterioró de 113 en 2022 a 127 en 2023. Las especialidades más diezmadas son las que el sistema más tardó en formar. La respuesta institucional —eliminar el examen de ingreso a Medicina para reponer la cantidad perdida— condensa en un solo gesto la tragedia: se responde al vaciamiento de calidad con la producción acelerada de menos calidad. Se reconstruye el edificio con materiales más baratos mientras el arquitecto se ha ido.
V. El perdedor de esta historia: el pueblo cubano
En esta historia hay un perdedor que con frecuencia desaparece de los relatos enfrentados: el pueblo cubano. El de dentro y el de fuera. El que se quedó y el que se fue.
Los que se fueron —la inmensa mayoría— no volverán. Tienen trabajo, negocio, familia y vida nueva. Tienen hijos que van a escuelas en otros países, proyectos que arraigan en otros suelos. La migración no es una pausa: es una reorientación existencial que raramente se revierte. Pretender que el retorno masivo es el horizonte realista de la política migratoria cubana es una fantasía que no sirve a nadie.
Los que se quedaron cargaron con los apagones, con el desabastecimiento, con la inflación del 77%, con las colas, con la ausencia de los que se fueron. Permanecieron en los momentos más duros, a veces por convicción, a veces por imposibilidad de irse, casi siempre por los dos motivos a la vez. Son tan cubanos como los que emigraron. Y son, en el diseño de cualquier política de reconstrucción, el actor central que no puede ser olvidado ni postergado.
La emigración se lleva capital humano, recursos financieros y experiencias acumuladas. Pero también deja atrás a quienes sostuvieron el tejido social cuando ese capital se fue. Ignorar esa deuda —o peor, reproducir la jerarquía inversa que beneficia al que se fue sobre el que se quedó— sería el error histórico más grave que podría cometer cualquier proceso de apertura futura.
VI. Cuba ya ha vivido esta traición: la advertencia de los años sesenta
La historia cubana ofrece un precedente que debería funcionar como advertencia severa. La primera gran oleada migratoria, la de los años sesenta, estuvo integrada en buena medida por personas que no eran batistianos, que no habían defendido la dictadura y que en muchos casos habían combatido activamente contra ella. Profesionales, pequeños empresarios, intelectuales, religiosos: gente que creyó en el cambio y que, cuando la Revolución definió su carácter en términos que excluían su proyecto de vida, optó por el exilio. Lo perdieron todo —propiedades, relaciones, país— y además fueron etiquetados como enemigos por el proceso que en origen compartían.
Esa primera herida nunca cicatrizó del todo. Y su persistencia alimentó durante décadas una Miami que no tenía ni quería tener grises: solo el blanco del anticomunismo y el negro de la traición. Las condiciones geopolíticas, el bloqueo, la Ley de Ajuste Cubano: todo contribuyó a conservar ese resentimiento en formol.
Una apertura futura que privilegiase a la diáspora económicamente activa sobre quienes permanecieron en la isla reproduciría, en sentido contrario, la misma lógica: la de quien se queda paga las consecuencias de decisiones que no tomó. Y generaría una nueva oleada —esta vez de los que se quedaron— igualmente resentida, igualmente con razón.
VII. Lo que debería hacerse: una política migratoria para la reconstrucción
La pregunta útil no es si los emigrados volverán. Es cómo puede Cuba vincularlos a su reconstrucción sin excluir a quienes se quedaron y sin convertir el retorno en condición de participación. Las líneas de una política coherente pueden esbozarse con claridad:
Reconocimiento de la sociedad transnacional. Las prácticas transnacionales de los migrantes cubanos —visitas, remesas, inversiones directas e indirectas, intercambio cultural e ideológico— tienen implicaciones para la sociedad cubana no solo económicas, sino también culturales y políticas. Negar esa realidad es negar la Cuba existente. Una política de reconstrucción parte de reconocer que Cuba ya es, sociológicamente, una nación transnacional: repartida entre la isla y la diáspora, con vínculos que ningún decreto puede disolver.
Derechos económicos iguales para los de dentro. El error cardinal que debe evitarse es el siguiente: que las reformas de apertura económica beneficien estructuralmente a quienes tienen capital en divisas —es decir, a los que tienen familia en el exterior o emigraron y ahorraron— sobre quienes tienen solo su trabajo y su permanencia. Si las licencias de negocio, el acceso al crédito, la posibilidad de invertir en sectores productivos, están diseñados para quienes llegan con dólares desde Miami o Madrid, los que se quedaron sin remesas quedarán en posición de desventaja estructural en su propio país. Eso es inaceptable. Los cubanos de la isla deben tener exactamente los mismos derechos económicos y sociales que los cubanos residentes en el exterior. No menos. No después.
Participación de la diáspora sin condición de retorno. Las remesas enviadas por la diáspora cubana han evolucionado del consumo básico a capital de inversión en el sector privado emergente, constituyendo una forma de participación económica transnacional cualitativamente distinta a la de oleadas migratorias anteriores. Esa participación existe ya, de manera informal y parcial. Lo que falta es el marco legal que la institucionalice: posibilidad de inversión directa en pequeñas y medianas empresas, acceso a instrumentos financieros formales, reconocimiento de derechos de propiedad sin discriminación por residencia.
Remesas sin expoliación. Durante años los migrantes han sido tratados como remesadores cuyo flujo financia el Estado mediante una serie de pagos leoninos por servicios diversos, siendo despojados al mismo tiempo de sus derechos ciudadanos. Ese modelo es insostenible y moralmente ilegítimo. Una política migratoria honesta elimina los gravámenes abusivos sobre las remesas, facilita los canales de transferencia formales y no convierte la conexión de la diáspora con la isla en una fuente de extracción estatal.
La doble ciudadanía efectiva como horizonte. Hoy, un cubano que obtiene la nacionalidad de otro país no pierde formalmente la cubana, pero la pierde en términos de derechos reales de acceso, propiedad y participación. Una apertura genuina reconoce la doble pertenencia como norma, no como excepción administrativa tolerada.
Condena explícita de la válvula de escape. El uso de la migración como válvula de escape puede resultar aparentemente beneficioso en el corto plazo, pues traslada al exterior la presión social acumulada. Pero la ilusión de progreso no puede radicar indefinidamente en emigrar en lugar de transformar. Toda política que instrumentalice el éxodo para aliviar la tensión interna es una política de destrucción diferida. Cuba no puede darse el lujo de seguir exportando lo mejor que produce.
VIII. El círculo que puede romperse —o no
Lo que ocurre en Cuba no es simplemente emigración económica, ni simplemente emigración política, ni simplemente el efecto de una crisis humanitaria. Es la confluencia de tres variables que se refuerzan mutuamente: un capital humano extraordinario generado por la Revolución, un entorno institucional y económico que no puede ofrecerle el horizonte que merece, y una presión geopolítica exterior que convirtió las fragilidades manejables en colapso sistémico.
El sistema ha generado, en seis décadas, el perfil exacto del emigrante que los países receptores prefieren: educado, adaptable, con vocación de inserción. Y lo ha hecho en un contexto que le negó el horizonte que ese perfil hace posible. La tensión entre la formación producida y el horizonte negado es la fuente energética del éxodo.
Esto no exonera a nadie. Ni al bloqueo, que es real y criminal en sus efectos sobre los civiles. Ni a los errores propios de la conducción revolucionaria, que excedió sus ideales originales en el control y la rigidez. Ni a quienes en Washington, en distintas administraciones, entendieron que apretar a Cuba hasta la asfixia era una política legítima. Todos tienen cuotas de responsabilidad en el resultado.
Pero la responsabilidad del análisis es otra: no distribuir culpas sino identificar salidas. Y la salida pasa por una premisa simple y políticamente exigente: que la reconstrucción de Cuba no puede ser el proyecto de los que se fueron ni el de los que se quedaron en exclusiva. Tiene que ser de todos, con los mismos derechos, desde lugares distintos.
Fidel Castro dijo en su momento que no los quería, que no los necesitaba. Y al mismo tiempo abrió con Carter, luego con Clinton, luego con Obama. La contradicción no era solo táctica: era el reflejo de una tensión estructural entre la lógica de la soberanía y la realidad de una nación que nunca dejó de ser transnacional. Resolver esa tensión —sin que los de dentro paguen el precio de integrar a los de fuera— es el desafío político más concreto y más urgente que cualquier proceso de cambio en Cuba tendrá que enfrentar.
De lo contrario, habremos asistido al espectáculo de un pueblo que perdió dos veces: primero cuando el contexto le negó el país que merecía, y después cuando la apertura reprodujo, en sentido contrario, la misma lógica de exclusión que se decía superar.
Pamplona, 28 de marzo de 2026.
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