EL PODER EXISTENCIAL DEL DÉBIL EN LA POLÍTICA INTERNACIONAL.

El presente artículo analiza un fenómeno recurrente en la historia de los conflictos armados: la tendencia de las potencias hegemónicas a subestimar sistemáticamente la capacidad de resistencia de sus adversarios más débiles.

 A través de seis casos de estudio —la Crisis de los Misiles en Cuba (1962), Vietnam, Afganistán, Gaza, la guerra entre Rusia y Ucrania (2022-presente) y la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán (2026, en curso)—, se examina cómo la distorsión cognitiva y el sesgo de la arrogancia hegemónica han conducido a errores estratégicos de consecuencias históricas. 

El análisis integra aportaciones de la psicología cognitiva aplicada a las relaciones internacionales y de las teorías del poder asimétrico, articulando los marcos de Clausewitz, Fanon, Gramsci, Nye y Arreguin-Toft, entre otros. Cuba ocupa un lugar singular: no como víctima pasiva de la subestimación, sino como el actor débil que anticipó la agresión y actuó estratégicamente antes de que esta se repitiera. El concepto de "poder existencial del débil" se propone como categoría analítica central.[1]

I. INTRODUCCIÓN: EL PATRÓN QUE SE REPITE

Cuando las tropas rusas avanzaron hacia Kyiv en las primeras horas del 24 de febrero de 2022, la mayoría de los analistas occidentales coincidía en que Ucrania resistiría, en el mejor de los casos, unos días. La inteligencia estadounidense había estimado que la capital caería en setenta y dos horas. Dos años más tarde, Rusia seguía sin conquistar Ucrania.

 Cuatro años después, este artículo se escribe mientras el mundo asiste, en tiempo real, a una nueva edición del mismo error: la convicción de Washington y Tel Aviv de que Irán —debilitado por las protestas internas, con sus aliados regionales diezmados y su infraestructura nuclear parcialmente destruida— cedería o colapsaría ante una ofensiva militar combinada.

 En el día 47 de esa guerra, mientras el Estrecho de Ormuz permanece bloqueado, el petróleo supera los cien dólares por barril y el FMI advierte sobre el riesgo de recesión global, la subestimación del débil sigue demostrando ser uno de los errores estratégicos más costosos de la historia contemporánea.[2]

El patrón es tan antiguo como la guerra misma, pero sorprendentemente resistente al aprendizaje institucional. ¿Por qué las grandes potencias continúan subestimando a sus adversarios más débiles? ¿Qué mecanismos cognitivos, políticos e institucionales perpetúan este error? ¿Existe alguna racionalidad en la resistencia del débil que el fuerte sistemáticamente no alcanza a percibir?[3]

Este trabajo propone que la respuesta no puede buscarse únicamente en el plano de la inteligencia estratégica o del error táctico, sino en una articulación más profunda entre la psicología de la arrogancia hegemónica y la estructura objetiva del poder asimétrico. Cuando un actor combate por su supervivencia —por su existencia como nación, cultura o forma de vida—, activa un umbral de tolerancia al coste cualitativamente inaccesible para quien lucha por objetivos de política exterior, por intereses económicos o por el mantenimiento del prestigio internacional.

El caso cubano, que abre nuestra secuencia de estudios, introduce una variante que enriquece el análisis: Cuba no esperó a ser subestimada. Anticipó la agresión y actuó estratégicamente antes de que esta se produjera de nuevo. Es un caso de inversión del paradigma que obliga a matizar y profundizar la tesis general.[4]

La estructura del artículo sigue una lógica progresiva: tras establecer el marco teórico dual —psicología cognitiva aplicada a las relaciones internacionales y teoría del poder existencial del débil—, se desarrollan los seis casos de estudio, se identifican los patrones comunes y se extraen conclusiones de alcance para la teoría del conflicto asimétrico contemporáneo.

II. MARCO TEÓRICO

2.1. La distorsión cognitiva en el análisis estratégico

La psicología cognitiva ha identificado un conjunto de sesgos que operan con especial intensidad en contextos de toma de decisiones bajo presión e incertidumbre, como son los conflictos armados. El sesgo de confirmación —la tendencia a buscar e interpretar información de forma que corrobore las creencias previas— afecta tanto a individuos como a organizaciones institucionales.[5] Cuando una potencia ha decidido que su adversario es militarmente inferior, la información que llega a través de sus canales de inteligencia es inconscientemente filtrada a través de esa premisa.

El efecto Dunning-Kruger tiene una proyección colectiva en el ámbito geopolítico que podría denominarse "soberbia estratégica institucional": la incapacidad de reconocer los propios límites de conocimiento sobre el adversario. Heuer documentó sistemáticamente cómo los analistas de inteligencia —incluso los mejor entrenados— caen en el "espejo cognitivo": la tendencia a atribuir al adversario los mismos valores, motivaciones y cálculos racionales que guían la propia toma de decisiones.[6]

David Owen acuñó el concepto de "síndrome de hybris" para describir el patrón de conducta de líderes políticos que, intoxicados por el poder y el éxito previo, desarrollan una desconexión progresiva de la realidad, una propensión mesiánica a identificar sus propios objetivos con el bien universal y una subestimación sistemática de los riesgos de sus decisiones.[7] Bush en Iraq, Blair en el mismo conflicto, Putin en Ucrania: todos exhiben rasgos clínicos de este síndrome en el momento de comprometerse con lo que calculaban sería una victoria rápida. Trump en Irán, como se verá, no constituye una excepción a la regla.

A estos factores individuales e institucionales debe añadirse la dimensión estructural: las grandes potencias construyen arquitecturas de análisis diseñadas para justificar decisiones ya tomadas. La "politización de la inteligencia" produce, en los momentos críticos, estimaciones que confirman los deseos del poder en lugar de desafiarlos, invirtiendo la función esencial del análisis estratégico.

2.2. El poder existencial del débil

Clausewitz enseñó que la guerra no es un acto puramente material, sino "la continuación de la política por otros medios". Su análisis de la trinidad —gobierno, ejército y pueblo— señalaba que el factor determinante en el largo plazo no es el armamento sino la voluntad política de continuar el combate.[8] Sin embargo, los estados mayores modernos han tendido a operar con una concepción fundamentalmente cuantitativa del poder: número de efectivos, capacidad aérea, paridad nuclear, PIB militar.
La contribución central de Arreguin-Toft consiste en demostrar empíricamente que, en los conflictos asimétricos del siglo XIX al XX, el actor débil gana aproximadamente en el 30% de los casos cuando emplea estrategias convencionales contra el fuerte, pero esta proporción asciende al 63% cuando el débil emplea estrategias de resistencia indirecta: guerrilla, desgaste, guerra de baja intensidad.[2] La asimetría estratégica —no solo la asimetría de medios— es el factor explicativo determinante.

Andrew Mack formuló la tesis de que las grandes potencias pierden guerras pequeñas no porque sean derrotadas militarmente, sino porque la asimetría de costes políticos hace insostenible la continuación del conflicto en sus sociedades de origen.[3] Un millar de bajas propias es una tragedia nacional en Estados Unidos o en Rusia; para el adversario que combate por la supervivencia, puede representar un precio tolerable. La voluntad de sufrir es la asimetría fundamental, y es la que los planificadores hegemónicos sistemáticamente no consiguen representar.

Fanon conceptualizó desde otro ángulo la misma realidad: la violencia del oprimido no es simplemente un instrumento táctico, sino un acto de afirmación existencial.[9] Combatir —incluso en condiciones de inferioridad objetiva— reconstituye la subjetividad colonizada, produce identidad colectiva y convierte la derrota táctica en resistencia simbólica con poder político propio. Gramsci añadió la dimensión hegemónica: la "guerra de posiciones" puede sostener la resistencia armada incluso cuando esta no logra victorias militares decisivas.[10]
T. E. Lawrence formuló una síntesis lúcida que sigue siendo irrefutada: el guerrillero no necesita ganar; solo necesita no perder. El tiempo trabaja para el débil en la medida en que el fuerte no puede sostener indefinidamente los costes políticos, económicos y humanos de una ocupación o de una guerra de desgaste.[11]

Nye añadió la dimensión de la legitimidad internacional como factor de poder: el actor que logra movilizar la opinión pública mundial en su favor adquiere una ventaja en términos de "poder blando" que puede compensar parcialmente la inferioridad material.[12] El débil percibido como víctima de agresión injusta accede a recursos diplomáticos, financieros y simbólicos que el fuerte no puede bloquear fácilmente.

A partir de estas aportaciones, proponemos el concepto de "poder existencial del débil" como categoría analítica: la capacidad de resistencia generada cuando un actor percibe que su supervivencia —como nación, como forma de vida, como comunidad cultural— está en juego. Este poder no es simplemente cuantitativo; es cualitativamente distinto de la capacidad bélica del actor fuerte porque opera en otra escala temporal, tolera costes inasumibles para el adversario y no tiene un "centro de gravedad" destruible mediante operaciones militares convencionales.

III. CASOS DE ESTUDIO

3.1. Cuba, 1962: el débil que anticipó

Cuba ocupa un lugar singular en el análisis del poder asimétrico porque invierte el patrón habitual. No esperó a ser agredida nuevamente para demostrar su resistencia. Después de Bahía de Cochinos —invasión patrocinada por la CIA que fue aplastada en 72 horas por las fuerzas cubanas en abril de 1961—, la dirección revolucionaria tenía pocas ilusiones sobre las intenciones de Washington y poco margen de tiempo antes de un nuevo intento de mayor envergadura.

La decisión de aceptar el emplazamiento de misiles soviéticos en territorio cubano no fue una simple instrumentalización de Cuba por parte de Moscú. Fue el resultado de una evaluación estratégica racional de la propia dirección cubana: ante la certeza de una segunda agresión, con medios militares propios insuficientes para disuadir a Estados Unidos, la única opción viable era modificar el equilibrio de poder de forma tan drástica que el coste de la agresión resultara inaceptable para Washington.[4]

Blight y Brenner documentaron que Castro fue más insistente que Khrushchev en retener los misiles durante la crisis de octubre, precisamente porque Cuba evaluaba el riesgo de manera cualitativamente diferente: para Cuba, la confrontación era existencial desde el primer momento; para la URSS, era un episodio —grave, pero manejable— en la confrontación bipolar global.[4]

La lección teórica es de primer orden: la anticipación estratégica puede ser una forma de ejercicio del poder existencial del débil. Cuba no demostró su capacidad de resistencia combatiendo; demostró su racionalidad estratégica comprendiendo antes que nadie la dinámica estructural de su vulnerabilidad y actuando en consecuencia.

 Paradójicamente, Estados Unidos subestimó a Cuba también en este episodio: no en términos militares, sino en términos de agencia política. La narrativa dominante convirtió a Cuba en un objeto pasivo de la confrontación soviético-americana, cuando en realidad fue un actor que condicionó el desarrollo de la crisis con sus propias decisiones.

3.2. Vietnam: el arquetipo de la resistencia asimétrica

Si existe un caso que debería haber vacunado definitivamente a las potencias occidentales contra la subestimación del débil, es Vietnam. Y sin embargo, sus lecciones han sido sistemáticamente ignoradas, mal aprendidas o conscientemente suprimidas en la memoria institucional militar.

Francia tardó en comprender que Indochina no era Argelia y que Vo Nguyen Giap era un estratega que había integrado la teoría maoísta de la "guerra prolongada" con las condiciones específicas del terreno vietnamita.[13] Dien Bien Phu (1954) fue la demostración militar de que la superioridad técnica no era suficiente contra un adversario dispuesto a aceptar costes extraordinarios y capaz de movilizar a toda la población como recurso bélico.

Estados Unidos repitió el mismo error agravado por la ilusión cuantitativa: la doctrina del body count descansaba sobre la premisa de que en algún punto el número de muertos vietnamitas sería inaceptable para Hanói. Esta premisa era falsa. Para la dirigencia norvietnamita y para el Viet Cong, la guerra era una guerra de supervivencia nacional, con una lógica de costes radicalmente diferente a la de Washington.[14]

La ofensiva del Tet (enero de 1968) no fue una victoria militar vietnamita en sentido estricto. Pero fue una victoria estratégica total: demostró que las afirmaciones del Pentágono sobre el control del territorio eran falsas y derrumbó el consenso político doméstico en Estados Unidos. La guerra se perdió en las pantallas de televisión de los hogares americanos antes que en los campos de combate de Vietnam. McNamara reconoció retrospectivamente que "no comprendimos ni respetamos el carácter del enemigo": no comprendieron la fuerza del nacionalismo vietnamita, que convertía la resistencia en un imperativo cultural e histórico, no solo político.[14]

3.3. Afganistán: el cementerio de imperios

El apelativo "cementerio de imperios" adjudicado a Afganistán no es una metáfora romántica: es el resultado empírico de siglos de resistencia a la conquista exterior. Los británicos —tres veces—, los soviéticos y los estadounidenses compartieron el mismo error de diagnóstico: subestimaron la combinación de geografía accidentada, estructura tribal descentralizada, código de honor pashtunwali y memoria acumulada de resistencia que las poblaciones afganas portan en su identidad colectiva.[15]

El Politburó soviético aprobó la intervención en diciembre de 1979 estimando que la presencia de tropas sería breve. Diez años después, la retirada de las fuerzas soviéticas representaba uno de los factores decisivos en el colapso de la URSS. Estados Unidos repitió el mismo error agravado por la ilusión tecnológica. Lo que los drones y la aviación de precisión no podían neutralizar era la voluntad de los talibanes de esperar, de retirarse, de preservar sus cuadros y de reaparecer cuando el desgaste político en Washington hiciera insostenible la continuación.

 En agosto de 2021, dos décadas y dos billones de dólares después, las fuerzas afganas entrenadas por Estados Unidos se desintegraron en días y los talibanes recuperaron Kabul sin resistencia significativa.

3.4. Gaza: la guerra existencial en el espacio urbano

El caso de Gaza introduce una variable nueva en el análisis: el espacio urbano densamente poblado como entorno de combate que neutraliza parcialmente la superioridad aérea y blindada, al tiempo que maximiza el coste político para el actor fuerte mediante el impacto sobre la población civil.

La red de túneles construida bajo Gaza durante décadas —más de 500 kilómetros según estimaciones israelíes— convirtió el subsuelo en un teatro de operaciones donde la superioridad aérea y tecnológica israelí quedaba parcialmente anulada.[16] La respuesta israelí al ataque del 7 de octubre de 2023, devastadora en términos de destrucción de infraestructura y bajas civiles, no ha logrado destruir la capacidad de combate de Hamas ni establecer un control territorial estable en Gaza. Israel enfrenta un dilema estructural: la eficacia militar maximiza el daño a su legitimidad internacional; la contención militar prolonga indefinidamente el conflicto.

 Es el dilema clásico del fuerte contra el débil existencial: no hay salida que satisfaga simultáneamente los objetivos militares y los políticos.

3.5. Rusia y Ucrania: la ambigüedad del débil que actúa como fuerte

El caso ruso-ucraniano exige una lectura más incómoda que los anteriores, porque Rusia no encaja limpiamente en ninguno de los dos roles que la teoría del conflicto asimétrico tiende a asignar. Es, simultáneamente, el actor fuerte que subestima al débil y el actor estructuralmente débil que actúa preventivamente para frenar un cerco percibido como existencial. Esta doble condición no anula la tesis central del artículo; la complica y la enriquece.

La lectura rusa del conflicto —que Washington y Bruselas descartaron sistemáticamente como pretexto— tiene una coherencia estratégica que la teoría del poder existencial permite comprender, aunque no justificar. Desde la perspectiva de Moscú, la expansión progresiva de la OTAN desde 1997 hasta las fronteras de Rusia representaba una transformación del entorno de seguridad que amenazaba con hacer indefendible el territorio ruso en una eventual confrontación. La incorporación de Ucrania a la OTAN —objetivo declarado en la Cumbre de Bucarest de 2008— habría situado la infraestructura militar de la Alianza a menos de quinientos kilómetros de Moscú.[17] Desde esta perspectiva, la invasión de 2022 no fue el acto de un fuerte que aplasta a un débil, sino el acto preventivo de un actor que percibía su margen estratégico estrechándose de manera irreversible.

Pero aquí opera la segunda distorsión, la que convierte a Rusia en el protagonista más contradictorio de este análisis: la experiencia de Crimea en 2014. La anexión de la península en menos de un mes, sin resistencia militar significativa y con un coste político inicialmente manejable, produjo en el liderazgo ruso exactamente el sesgo cognitivo que Heuer denominó "espejo cognitivo" invertido: la proyección de la debilidad pasada de Ucrania sobre su capacidad presente.[6] Putin y su círculo no actualizaron su modelo de Ucrania. El éxito de Crimea se convirtió en la trampa cognitiva que hizo posible el error de 2022.

El resultado es una paradoja analítica sin precedentes en los casos aquí estudiados: Rusia actuó simultáneamente como débil preventivo —con la lógica existencial de quien anticipa el cerco— y como fuerte subestimador —con la arrogancia de quien ha ganado antes y cree que ganará de nuevo—. Estas dos lógicas no son compatibles entre sí, y su coexistencia en la misma decisión estratégica explica, mejor que cualquier otra variable, la catástrofe del cálculo ruso de febrero de 2022. La doble distorsión produjo lo peor de ambos mundos: la urgencia existencial que empuja a actuar, y la soberbia hegemónica que impide calcular correctamente los costes.

La decisión de Zelensky de permanecer en Kyiv cuando se le ofrecieron vías de evacuación fue, desde la perspectiva de la teoría del poder existencial del débil, un acto de inteligencia estratégica de primer orden.[18] Demostró que Ucrania combatía una guerra existencial, transformó al presidente en símbolo de resistencia nacional e invalidó la narrativa rusa de que la operación era una "desnazificación" recibida con alivio por la población. Ucrania en 2022 no era Ucrania en 2014: ocho años de conflicto en el Donbás habían producido una fuerza militar profesionalizada, con identidad nacional consolidada y con la capacidad de movilización popular que solo generan las guerras de supervivencia.[17]

3.6. La guerra de 2026: Estados Unidos, Israel e Irán, o la subestimación en tiempo real

El sexto caso de estudio obliga a una ruptura metodológica con los anteriores: no se analiza desde la perspectiva histórica sino desde la urgencia del presente. Este artículo se escribe mientras el conflicto está en curso, en el día 47 de una guerra iniciada el 28 de febrero de 2026, con el Estrecho de Ormuz efectivamente bloqueado, el petróleo por encima de los cien dólares por barril, negociaciones rotas, y el Fondo Monetario Internacional advirtiendo sobre el riesgo real de una recesión económica mundial.[19] Es la validación más dramática, y en tiempo real, de la tesis central de este trabajo.

La secuencia de hechos que condujo a la guerra ilustra con precisión clínica el mecanismo de la distorsión cognitiva hegemónica. En enero de 2026, las fuerzas de seguridad iraníes reprimieron brutalmente la mayor oleada de protestas desde la Revolución de 1979, dejando miles de muertos.[20] Washington y Tel Aviv interpretaron este cuadro —régimen debilitado internamente, aliados regionales diezmados por años de operaciones israelíes, infraestructura nuclear parcialmente destruida en la "Guerra de los Doce Días" de junio de 2025— como la ventana de oportunidad definitiva. El síndrome de hybris operó con precisión: el momento de máxima debilidad percibida del adversario es, históricamente, el momento de mayor riesgo de subestimación.

El 28 de febrero de 2026, en el transcurso de negociaciones activas entre Washington y Teherán, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados y sorpresivos sobre Irán. La operación, denominada "Roaring Lion" por las FDI y "Epic Fury" por el Ejército de los Estados Unidos, fue acompañada de meses de decepción estratégica sobre imágenes satelitales.[21] En los primeros minutos, el líder supremo Alí Jamenei fue asesinado en su residencia, junto a buena parte del alto mando militar y clerical. La premisa operacional era explícita: la decapitación del liderazgo produciría el colapso o la capitulación del régimen.
La premisa fue falsa. Lo que Washington y Tel Aviv no consiguieron representar —en exacta réplica del error de McNamara en Vietnam— fue la profundidad institucional del Estado iraní. Analistas militares advirtieron desde el primer momento que sin tropas sobre el terreno o una insurgencia orgánica armada, el aparato de seguridad del Estado puede sobrevivir la decapitación de su cúpula simplemente manteniendo la cohesión interna.[22] Los "protocolos de supervivencia" del régimen se activaron en horas: el 8 de marzo, la Asamblea de Expertos —bajo la influencia determinante de los Guardianes de la Revolución Islámica— designó a Mojtaba Jamenei, hijo del líder asesinado, como nuevo líder supremo.[23]

La elección de Mojtaba Jamenei fue, en sí misma, una demostración de poder existencial del débil: con su soberanía violada y su liderazgo humillado, Irán eligió deliberadamente a la figura que representaba la resistencia a la presión exterior, aunque ello contradijera los principios ideológicos y constitucionales del régimen. El propio Trump declaró públicamente que Mojtaba era "inaceptable" para Washington, lo que —en la lógica del poder existencial— hizo su designación políticamente inevitable: rechazar al candidato del enemigo es, para una nación que combate una guerra existencial, un acto de afirmación de soberanía.[23]

La respuesta iraní activó el instrumento de mayor impacto estratégico disponible: el cierre del Estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo crudo. La Agencia Internacional de la Energía lo ha calificado como "la mayor perturbación de suministro en la historia del mercado petrolero global".[19] Irán lanzó simultáneamente centenares de misiles y drones contra Israel y contra bases militares estadounidenses en Bahrein, Jordania, Kuwait, Qatar y Arabia Saudí. Un dron alcanzó la base aérea británica de Akrotiri en Chipre. Misiles iraníes fueron interceptados sobre espacio aéreo turco por los sistemas integrados de defensa antiaérea de la OTAN.

La dimensión económica del conflicto convierte este caso en cualitativamente distinto a todos los anteriores analizados en este trabajo: es la primera vez desde 1973 que un actor débil logra traducir su resistencia en una perturbación energética de alcance sistémico global. El precio del petróleo supera los cien dólares por barril.[24] La Agencia Central Bancaria Europea pospuso sus previstas reducciones de tipos de interés, elevando las previsiones de inflación y recortando las proyecciones de crecimiento, con economistas advirtiendo que economías intensivas en energía como Alemania e Italia se encaminan hacia la recesión técnica si el bloqueo marítimo se prolonga. El FMI ha publicado su Perspectiva Económica Mundial de abril de 2026 bajo el título "Economía global a la sombra de la guerra", con tres escenarios, el más grave de los cuales apunta a una recesión mundial.[25]

Tras un alto el fuego frágil e incompleto, las conversaciones de paz celebradas en Islamabad durante el fin de semana del 12 de abril fracasaron sin acuerdo. El canciller iraní Abbas Araghchi denunció "maximalismo, objetivos móviles y bloqueo" por parte estadounidense. Trump respondió anunciando un bloqueo naval de todos los puertos iraníes, nueva escalada que China —gran importador de crudo del Golfo— calificó de "peligrosa e irresponsable".[19]

El caso ofrece una verificación empírica excepcionalmente nítida de todas las proposiciones teóricas del presente trabajo. Primero: la decapitación del liderazgo, concebida como el golpe que produciría el colapso, activó en cambio los mecanismos de supervivencia institucional del Estado iraní, exactamente como el análisis del poder existencial predice. Segundo: Irán, con su líder supremo asesinado y su infraestructura parcialmente destruida, impuso al sistema internacional un coste económico que ninguna de las potencias agresoras había anticipado ni podido calcular.
 
Tercero: las negociaciones fracasaron porque la asimetría existencial produce asimetría negociadora: para Irán, cualquier acuerdo que no garantice su supervivencia como régimen soberano es inaceptable; para Washington, cualquier acuerdo que consolide esa supervivencia es, precisamente, la derrota que se propuso evitar.

La irónica paradoja de este conflicto, que la historia registrará con toda su crudeza, es la siguiente: Estados Unidos e Israel atacaron a Irán en el momento en que el régimen iraní era objetivamente más débil —con protestas masivas, infraestructura dañada, aliados diezmados—. Y fue exactamente esa agresión en el momento de debilidad la que activó el poder existencial del débil en su forma más intensa: la unidad nacional frente a la amenaza exterior, la legitimación del régimen que la calle había estado a punto de derribar, y la apertura de una herida económica global de consecuencias aún imprevisibles.[26]

IV. ANÁLISIS COMPARATIVO: PATRONES COMUNES

El examen de los seis casos permite identificar un conjunto de patrones estructurales que trascienden las particularidades históricas, geográficas y culturales de cada conflicto.

Primero: la asimetría existencial supera a la asimetría material. En todos los casos analizados, el actor fuerte combatía por objetivos de política exterior definidos y potencialmente negociables. El actor débil combatía por su supervivencia como sujeto político. Esta diferencia cualitativa en los objetivos produce una diferencia cuantitativa en el umbral de tolerancia al coste: el débil puede aceptar pérdidas que resultarían políticamente insoportables para el fuerte.

Segundo: la distorsión cognitiva es un factor estructural, no un accidente individual. Los errores de estimación no son atribuibles a la incompetencia de analistas específicos, sino a arquitecturas institucionales de toma de decisiones que sistemáticamente priorizan la información confirmatoria y marginan la disonante. La "politización de la inteligencia" es un factor documentado en prácticamente todos los casos estudiados.[6]

Tercero: la descentralización como ventaja estructural. Los actores débiles exitosos en estos conflictos comparten una organización que carece de un "centro de gravedad" destruible: la red de túneles de Hamas, los clanes tribales afganos, el sistema de proxies iraní, los Guardianes de la Revolución Islámica como estructura paralela al Estado. La teoría militar clásica enseña a buscar y destruir el centro de gravedad del adversario; contra actores institucionalmente descentralizados, esta estrategia carece de eficacia.[27]

Cuarto: el tiempo como recurso asimétrico. En conflictos prolongados, el tiempo trabaja para el débil. No porque este se fortalezca necesariamente en términos absolutos, sino porque el coste político acumulado de la guerra se hace insoportable para las democracias occidentales —con ciclos electorales de cuatro años— antes de que el débil se agote.[3]

Quinto: la legitimidad internacional como multiplicador de poder. El actor percibido como víctima de agresión injusta accede a recursos diplomáticos, financieros y mediáticos que compensan parcialmente la inferioridad material. En el caso de la guerra de 2026, la condena internacional al ataque sorpresivo sobre Irán durante negociaciones activas —incluyendo la reacción de China y la incomodidad de aliados europeos— ha generado para Irán un capital de legitimidad de considerable valor geopolítico.[12]

Sexto: Cuba como caso inverso y complementario. El caso cubano no refuta la tesis central sino la enriquece: el actor débil que comprende su vulnerabilidad y actúa preventivamente puede transformar la estructura del conflicto antes de que este se inicie. La inteligencia estratégica anticipatoria es la forma más eficiente del poder existencial del débil. Irán, que no anticipó suficientemente la agresión de febrero de 2026, paga hoy el coste de esa diferencia.

V. CONCLUSIONES

El análisis expuesto a lo largo de este artículo, que tiene la singularidad de concluir mientras uno de sus casos de estudio está todavía en curso y el mundo se aproxima a una recesión económica sin precedentes desde 2008, permite formular las siguientes proposiciones.

La subestimación del débil por el fuerte no es un error accidental o corregible mediante mejoras técnicas en los sistemas de inteligencia.
 
Es una distorsión cognitiva estructural que se reproduce en la arquitectura misma del poder hegemónico: cuanto mayor es la superioridad material de un actor, mayor es la probabilidad de que sus mecanismos de análisis sean incapaces de representar adecuadamente la subjetividad del adversario. La guerra de 2026 lo ha confirmado con una nitidez que la historia raramente ofrece en tiempo real: Washington e Israel atacaron a Irán en el momento de su mayor debilidad interna percibida, y fue exactamente esa agresión la que galvanizó la resistencia del régimen y paralizó la economía global.

El "poder existencial del débil" es una categoría analítica irreductible a las métricas cuantitativas del poder militar convencional. Su sustrato es la disposición a sufrir costes que el actor fuerte no puede tolerar políticamente, combinada con la capacidad organizativa de sostener la resistencia en el tiempo. En el caso iraní, ese poder adoptó una forma que ningún modelo convencional de análisis estratégico habría predicho: el cierre de un estrecho. No una batalla, no una contraofensiva militar, sino la utilización de una palanca geoeconómica capaz de trasladar el coste del conflicto a la economía global entera, incluidos actores que no participan en la guerra.[25]

La estrategia de decapitación —eliminar al liderazgo para producir el colapso del sistema— ha fracasado en Irán por la misma razón estructural que en todos los casos anteriores: confunde el centro de gravedad visible del adversario con su centro de gravedad real. El liderazgo de Jamenei era el rostro del sistema; los Guardianes de la Revolución Islámica eran su sistema nervioso real, y ese sistema nervioso sobrevivió a la decapitación y designó un nuevo liderazgo en días.[22]

El caso cubano de 1962 adquiere, a la luz de los eventos de 2026, una relevancia prospectiva que trasciende su contexto histórico. Cuba demostró que el débil puede anticipar la agresión y modificar la estructura del conflicto antes de que este comience. Irán no lo hizo en 2026 —o no lo hizo con suficiente eficacia—. La pregunta que queda abierta, y que la evolución del conflicto irá respondiendo, es si la gestión del Estrecho de Ormuz constituye, en retrospectiva, una forma diferida de esa misma anticipación: no la prevención de la guerra, sino la transformación de su naturaleza en algo que el fuerte no puede sostener.

Una proyección prospectiva que este análisis no puede eludir apunta hacia Venezuela como posible laboratorio de una cuarta modalidad del poder existencial del débil: la colaboración táctica con el agresor como estrategia de supervivencia temporal. El 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense capturó al presidente Nicolás Maduro en Caracas. En lugar del colapso institucional que Washington anticipaba, el aparato chavista activó sus propios protocolos de supervivencia: la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina y negoció con la administración Trump el acceso al petróleo venezolano a cambio de una estabilización tácita del régimen existente.[29]

El resultado, documentado por el Council on Foreign Relations apenas un mes después de la operación, es estructuralmente paradójico: la misma administración Trump que capturó a Maduro gobierna de facto Venezuela a través de un fondo controlado por el Tesoro estadounidense que recauda los royalties del petróleo, mientras el aparato de poder chavista —los Guardianes de la Revolución bolivariana, las fuerzas armadas, los colectivos, el servicio de inteligencia— permanece intacto y en sus funciones. Más de setecientos presos políticos siguen encarcelados. Diosdado Cabello controla las fuerzas de seguridad. El régimen no ha caído; ha cedido el petróleo para no perder el poder.[30]
Desde la perspectiva analítica de este trabajo, la estrategia del chavismo postmadurista es una variante inédita y políticamente incómoda del poder existencial del débil: no la resistencia armada de Irán, no la anticipación cubana, sino la colaboración instrumental y la paciencia temporal. El régimen cede en lo accesorio —el control formal del petróleo, la persona del presidente— para preservar lo esencial: el aparato de poder, las instituciones de control social, la capacidad de gobernar el territorio. Y hace una apuesta de largo plazo que la teoría de Mack respalda empíricamente: Trump no es eterno. Los ciclos electorales de cuatro años, la volatilidad de la política exterior estadounidense, el agotamiento de la opinión pública ante compromisos exteriores costosos —todos estos factores trabajan estructuralmente a favor del débil que sabe esperar.[3]

La cuestión que este análisis no puede resolver —y que excede el alcance de la teoría del poder existencial— es si esa supervivencia táctica del régimen es compatible con las transformaciones internas que Venezuela necesita legítimamente. El poder existencial del débil puede explicar cómo sobrevive un régimen; no puede justificar que la supervivencia del régimen sea el único horizonte político de un pueblo. Que el tiempo trabaje a favor del chavismo frente a Trump no significa que el tiempo trabaje a favor de los venezolanos. Esa distinción —entre la supervivencia del sistema de poder y la dignidad de los ciudadanos que viven bajo él— es la que cualquier análisis honesto del poder existencial del débil debe mantener en su campo de visión.

Finalmente, este artículo —escrito en el momento de mayor incertidumbre sobre el desenlace del conflicto iraní y en medio de un reordenamiento geopolítico de consecuencias aún imprevisibles— concluye con una proposición que la evidencia acumulada de los casos analizados no permite eludir: las guerras de supervivencia no se ganan con superioridad de medios, sino con superioridad de voluntad. Los actores que combaten por su existencia —ya sea mediante la resistencia armada de Irán, la anticipación estratégica de Cuba, o la colaboración táctica y la paciencia temporal del chavismo— tienen acceso a un umbral de tolerancia al coste que resulta estructuralmente inaccesible para quienes combaten por objetivos de política exterior, por ambiciones hegemónicas o por la preservación del prestigio internacional.

 Reconocer esta realidad no es una posición política; es una condición epistemológica de cualquier análisis estratégico que aspire a ser útil antes de que las guerras comiencen, y no solo después de que se pierdan.[28]

VI. CUBA EN 2026: ANÁLISIS PROSPECTIVO DEL PODER EXISTENCIAL DE UNA ISLA

El 16 de abril de 2026 —mientras este artículo se redacta en su forma definitiva—, medios estadounidenses filtraron que el Pentágono había recibido una directiva de la Casa Blanca para intensificar los preparativos de posibles operaciones militares contra Cuba.[31] Tres semanas antes, Trump había declarado públicamente "Cuba es la siguiente" en una conferencia de inversiones en Arabia Saudí.[32] El viceministro de Relaciones Exteriores cubano, Carlos Fernández de Cossío, confirmó el 22 de marzo en la cadena NBC que "nuestros militares se están preparando estos días para la posibilidad de una agresión militar".[33] El análisis prospectivo de Cuba ha dejado de ser especulación teórica: es análisis de urgencia.

Cuba se encuentra hoy en la intersección de todas las variables que este trabajo ha identificado como generadoras del poder existencial del débil, pero con una especificidad geográfica y estructural que ningún otro caso analizado comparte: es una isla de 110.000 kilómetros cuadrados a 145 kilómetros del territorio del hegemón, sometida a un bloqueo total de combustible desde enero de 2026 que ha producido ya tres apagones nacionales en marzo, con una economía en estado crítico y sin el escudo disuasorio nuclear que protegió a la URSS y a su propia revolución en 1962. La pregunta no es si Cuba puede resistir una agresión del calibre de la sufrida por Irán. La pregunta es qué instrumentos tiene disponibles, y en qué secuencia debería activarlos.

6.1. Los escenarios de agresión posibles

El análisis de los precedentes recientes —Venezuela en enero de 2026, Irán en febrero de 2026— permite identificar tres escenarios de agresión con probabilidades y características diferenciadas.
El escenario tipo Venezuela —operación de decapitación quirúrgica para capturar al liderazgo— es el que la filtración del 15 de abril sugiere que Trump está evaluando con mayor seriedad.[31] Sus condiciones de posibilidad son técnicamente favorables para Washington: la proximidad geográfica reduce los tiempos de respuesta y los costes logísticos; el agotamiento energético de la isla debilita la capacidad de alerta temprana; y el modelo ya ha sido probado en Caracas. Sin embargo, Cuba presenta diferencias estructurales decisivas respecto de Venezuela: el aparato de seguridad del Estado cubano —entrenado durante seis décadas en el paradigma de la "guerra de todo el pueblo"— está territorialmente descentralizado y doctrinalmente orientado a la resistencia post-decapitación. La eliminación de Díaz-Canel no produce el colapso institucional que produjo en Irán, y mucho menos el que Trump esperaba en Venezuela; activa protocolos de mando distribuido diseñados exactamente para ese escenario.

El escenario de bloqueo total y colapso económico inducido es el que la administración Trump ya está ejecutando parcialmente: el corte del suministro de petróleo venezolano tras la captura de Maduro ha privado a Cuba de su principal fuente energética, produciendo una crisis humanitaria de creciente gravedad.[21] La lógica de este escenario es la misma que ha fracasado durante sesenta años de embargo: suponer que el sufrimiento económico de la población se traducirá en presión política suficiente para colapsar al régimen. La evidencia histórica acumulada refuta sistemáticamente esta premisa. Las sanciones generan sufrimiento; raramente producen los cambios políticos que prometen, y cuando los producen, lo hacen en escalas temporales incompatibles con los ciclos electorales de quien las impone.

El escenario de agresión militar directa de alta intensidad —comparable a la operación contra Irán— es el menos probable en el corto plazo, pero no puede excluirse. Sus costes para Washington serían extraordinarios: una guerra en el Caribe mientras el conflicto iraní sigue sin resolverse, con la opinión pública americana y los aliados europeos ya fatigados; el riesgo de crear un precedente de agresión a un Estado soberano en el hemisferio occidental que fracture definitivamente los consensos de la OEA; y la probabilidad de una resistencia armada popular de intensidad superior a la de cualquier otro caso reciente, por la naturaleza doctrinaria de la preparación militar cubana.

6.2. Los instrumentos del poder existencial cubano

Cuba dispone de un conjunto de instrumentos de poder existencial cuya eficacia depende críticamente de la secuencia y el momento de su activación. La lección de 1962 —anticipar antes de que la agresión sea inminente— sigue siendo el marco estratégico más pertinente.

El primer instrumento es el capital de legitimidad internacional. Cuba tiene hoy, en el contexto geopolítico de 2026, más capital de legitimidad del que tenía en cualquier momento anterior de su historia reciente: la guerra de Irán ha generado una fractura profunda entre Washington y sus aliados europeos; China y Rusia tienen incentivos estructurales para oponerse a cualquier operación militar adicional en el hemisferio occidental; y más de cuarenta países han manifestado públicamente su rechazo a las políticas de máxima presión de Trump.

 Una agresión militar contra Cuba en este contexto activaría una condena internacional de magnitud excepcional, con efectos sobre el aislamiento diplomático de Estados Unidos que la administración Trump no puede ignorar completamente, por mucho que lo minimice.[24]

El segundo instrumento es la presencia rusa en la isla como factor disuasorio. La Casa Blanca ha citado explícitamente la instalación de inteligencia de señales rusa en Cuba —calificada como "la mayor instalación de inteligencia de señales rusa fuera de su territorio"— como justificación de la declaración de emergencia nacional.[27] Esta presencia es, paradójicamente, el activo disuasorio más potente de Cuba en el escenario actual: una agresión contra la isla con presencia rusa activa tiene implicaciones directas para la relación Washington-Moscú en un contexto en el que ambas potencias están negociando simultáneamente el fin de la guerra en Ucrania. Cuba no controla este activo; pero puede gestionarlo diplomáticamente para maximizar su valor disuasorio.

El tercer instrumento es la doctrina de la "guerra de todo el pueblo": la movilización de la resistencia armada territorial distribuida que convierte cada municipio, cada barrio, cada comunidad en un nodo de combate autónomo. Es la versión cubana de lo que Arreguin-Toft identificó como la clave estadística del éxito del débil: la resistencia indirecta descentralizada, sin centro de gravedad destruible.[2] La geografía insular tiene aquí una doble función: dificulta la logística de una ocupación sostenida y concentra la resistencia en un territorio físicamente manejable para sus defensores. La experiencia de Afganistán —donde la superpotencia no pudo sostener la ocupación de un territorio treinta veces más grande— no debería descartarse como referencia analítica, aunque las condiciones sean radicalmente distintas.

El cuarto instrumento —el más relevante en términos de teoría del poder existencial— es la gestión del tiempo como recurso estratégico. Trump tiene mandato hasta enero de 2029. El aparato de poder cubano ha sobrevivido a diez presidentes estadounidenses en sesenta y cinco años. La asimetría temporal es estructural: el régimen cubano no necesita vencer; necesita no ser destruido durante el período de máxima presión. Una vez superado ese período, la historia de las relaciones Cuba-Estados Unidos sugiere que la normalización tiene más probabilidades que la confrontación permanente, con independencia del color político de la administración que suceda a Trump.[3]
El quinto instrumento es la apertura táctica a reformas internas como desactivador de la narrativa de agresión.

 Cuba tiene aquí el margen más estrecho: las reformas que el régimen podría implementar para reducir la presión exterior son exactamente las reformas que el aparato de poder teme porque amenazan su control interno. Sin embargo, la experiencia comparada —China desde 1979, Vietnam desde el Doi Moi de 1986— sugiere que la liberalización económica controlada puede ser compatible con la supervivencia del sistema político. La pregunta, que excede el alcance de este análisis, es si el liderazgo cubano tiene la capacidad estratégica de distinguir entre las reformas que lo fortalecen y las que lo disuelven, y actuar en consecuencia antes de que la presión exterior haga irrelevante esa distinción.

6.3. La paradoja existencial de la isla Cuba enfrenta en 2026 una paradoja que ningún otro caso analizado en este trabajo ha tenido que resolver en los mismos términos: es el actor que más claramente encarna el poder existencial del débil —por su historia, su geografía, su doctrina militar y su posición ante el hegemón—, pero también el actor cuyas condiciones materiales de resistencia son en este momento las más deterioradas. Los apagones nacionales, el corte del suministro de petróleo, la crisis económica acumulada de décadas reducen la capacidad operativa del Estado en exactamente el momento en que esa capacidad es más necesaria.

La lección que el análisis comparado de este artículo ofrece a Cuba —si es que la teoría tiene alguna utilidad práctica— es la siguiente: el poder existencial del débil no se activa en el momento de la agresión; se construye antes. Cuba de 1962 lo entendió y actuó en consecuencia. Cuba de 2026 tiene que evaluar, con la misma frialdad estratégica, qué instrumentos disuasorios puede activar antes de que la agresión sea inminente, cuáles puede reservar para la resistencia post-agresión, y cuáles —las reformas internas, la apertura económica, la desactivación de los pretextos más fácilmente utilizables por Washington— pueden reducir la probabilidad de que la agresión llegue a producirse.

Lo que la historia de los conflictos asimétricos enseña con consistencia estadística es que el fuerte subestima al débil, que el débil resiste más de lo que el fuerte calcula, y que el tiempo —cuando el débil logra sobrevivir la primera oleada— trabaja en favor de quien combate por su existencia. Cuba ha sobrevivido sesenta y cinco años de presión hegemónica.
 
Esa supervivencia no es un accidente histórico: es el resultado acumulado de decisiones estratégicas que, con sus errores y sus costes, han mantenido en pie a una nación a 145 kilómetros de la potencia más armada de la historia. La pregunta de 2026 es si esa capacidad estratégica —probada en condiciones menos adversas— puede sostenerse en el momento de mayor presión de su historia reciente.[26]

Este artículo se cierra el 17 de abril de 2026. Dentro de cuarenta y ocho horas se cumple el 65 aniversario de la derrota de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos —el episodio que este mismo trabajo ha identificado como el detonante de la decisión cubana de invitar los misiles soviéticos en 1962 y, por tanto, como el origen del momento más peligroso de la Guerra Fría—. El aniversario no es esta vez un ritual de memoria: es el umbral de una posible repetición.

Los hechos de las últimas horas lo confirman con una nitidez que la teoría raramente encuentra en el presente inmediato. El 16 de abril, Díaz-Canel habló ante una concentración que conmemoró el 65 aniversario del discurso en el que Castro declaró el carácter socialista de la Revolución —pronunciado en la víspera misma de la invasión de 1961—. Sus palabras son las de un actor que ha leído correctamente la estructura del conflicto: "Cuba no es un Estado fallido. Cuba es un Estado sitiado. Cuba es un Estado que resiste y, que no se equivoquen, un Estado que prevalecerá".[34]

Simultáneamente, en el otro polo del conflicto simbólico, el exilio histórico inauguró en Little Havana un nuevo museo de la Brigada 2506, con la esperanza de que Trump cumpla finalmente las promesas de 2016. Pero incluso dentro de la Brigada, la voz de Carlos León —veterano de la invasión— introduce una advertencia que la teoría del poder existencial del débil avala empíricamente: "¿Cuántos cubanos vas a matar? ¿Cuántos más enemigos en Cuba vas a crear matando a esos cubanos?".[35] Es la pregunta que McNamara no supo hacerse antes de Vietnam, que el Politburó soviético no se planteó antes de Afganistán, que Washington no respondió correctamente antes de Iraq.
Y es la pregunta que el aniversario de Bahía de Cochinos coloca hoy, con una urgencia que no admite demora, sobre la mesa de quien toma las decisiones.

Hay un dato que apenas ha circulado en los grandes medios y que el análisis no puede silenciar: durante la operación de captura de Maduro en enero de 2026, las fuerzas estadounidenses mataron a 32 soldados e inteligentes cubanos que formaban parte de un contingente secreto que custodiaba al presidente venezolano.[30] Cuba y Estados Unidos ya han intercambiado bajas letales, sin declaración de guerra, en territorio de un tercer país. El conflicto no está en su fase de amenaza; está en su fase de sangre no declarada. El 19 de abril puede ser el momento en que esa sangre se nombre.

La simetría que la historia ofrece en este instante tiene una carga analítica que trasciende la coincidencia calendaria. En abril de 1961, la Brigada 2506 fue derrotada en 72 horas. En febrero de 2022, los analistas de la CIA estimaron que Kyiv caería en 72 horas. En ambos casos, la misma distorsión cognitiva —la certeza de que el débil cederá rápidamente ante la superioridad militar— produjo la misma catástrofe de cálculo. Sesenta y cinco años separan los dos errores. Cuarenta y ocho horas separan este artículo del momento en que esa distorsión podría repetirse por tercera vez frente a Cuba, en el mismo escenario geográfico, con las mismas consecuencias imprevisibles para la paz regional y mundial.

El Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington publicó ayer una selección de documentos desclasificados sobre Bahía de Cochinos con una conclusión que este trabajo suscribe en su integridad: "Bahía de Cochinos sigue siendo una historia de advertencia, inmediatamente relevante ante la necesidad de diálogo sobre la violencia para avanzar los intereses de ambas naciones".[36] Que esa advertencia sea escuchada o ignorada en las próximas horas es algo que ningún análisis académico puede determinar. Lo que sí puede determinar —y este artículo ha intentado hacerlo— es que los instrumentos intelectuales para comprender lo que está en juego existen, que la historia los ha validado repetidamente, y que el coste de ignorarlos ha sido, invariablemente, extraordinario.

NOTAS

[1] El concepto de "poder existencial del débil" es una categoría analítica propuesta en este trabajo para articular los aportes previos de la literatura sobre conflicto asimétrico.

[2] Ivan Arreguin-Toft, How the Weak Win Wars: A Theory of Asymmetric Conflict, Cambridge University Press, Cambridge, 2005, p. 3.

[3] Andrew Mack, "Why Big Nations Lose Small Wars: The Politics of Asymmetric Conflict", World Politics, vol. 27, n.º 2, enero de 1975, pp. 175-200.

[4] James G. Blight y Philip Brenner, Sad and Luminous Days: Cuba's Struggle with the Superpowers after the Missile Crisis, Rowman & Littlefield, Lanham, 2002, pp. 30-60.

[5] Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio [Thinking, Fast and Slow, 2011], trad. de J. Chamorro Mielke, Debate, Madrid, 2012, pp. 13-30.

[6] Richards J. Heuer Jr., Psychology of Intelligence Analysis, Center for the Study of Intelligence, CIA, Washington D.C., 1999, cap. 4.

[7] David Owen, The Hubris Syndrome: Bush, Blair and the Intoxication of Power, Politicos Publishing, Londres, 2007, pp. 1-15.

[8] Carl von Clausewitz, De la guerra [Vom Kriege, 1832], trad. de R. W. de Setaro, Labor, Barcelona, 1992, libro I, cap. 1.

[9] Frantz Fanon, Los condenados de la tierra [Les damnés de la terre, 1961], trad. de J. Campos, Fondo de Cultura Económica, México, 2001, cap. I.

[10] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. V, Ediciones Era, México, 1981, cuaderno 13 (XXX), párrafo 17.

[11] T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría [Seven Pillars of Wisdom, 1926], Alianza Editorial, Madrid, 2002, cap. XXXIII.

[12] Joseph S. Nye Jr., The Future of Power, PublicAffairs, Nueva York, 2011, pp. 1-36.

[13] Vo Nguyen Giap, Guerra del pueblo, ejército del pueblo [1961], Editorial Huemul, Buenos Aires, 1972, p. 48.

[14] Robert S. McNamara, In Retrospect: The Tragedy and Lessons of Vietnam, Times Books, Nueva York, 1995, p. xvi.

[15] Ahmed Rashid, Taliban: Islam, Oil and the New Great Game in Central Asia, I. B. Tauris, Londres, 2000, p. 9.

[16] Norman Finkelstein, Gaza: An Inquest into Its Martyrdom, University of California Press, Berkeley, 2018.

[17] Lawrence Freedman, Command: The Politics of Military Operations from Korea to Ukraine, Allen Lane, Londres, 2022, pp. 540-582.

[18] Declaraciones recogidas por múltiples medios internacionales el 26 de febrero de 2022. Zelensky rechazó los ofrecimientos de evacuación de Washington con la frase: "Necesito munición, no un taxi".

[19] Al Jazeera, "Iran war: What is happening on day 45 of the US-Iran conflict?", 13 de abril de 2026. FMI, World Economic Outlook, "Global Economy in the Shadow of War", abril de 2026.

[20] Wikipedia, "2025-2026 Iranian protests". Las protestas, iniciadas el 28 de diciembre de 2025 por la crisis económica, se extendieron a más de 200 ciudades y fueron reprimidas con miles de muertos.

[21] Brigada General Effie Defrin, Portavoz de las FDI, entrevista a Fox News, recogida en Wikipedia, "2026 Iran war". La operación implicó meses de decepción estratégica sobre imágenes satelitales.

[22] Michael Mulroy, exsecretario adjunto de Defensa de EEUU, declaraciones a Al Jazeera Arabic, 1 de marzo de 2026: "No se puede facilitar un cambio de régimen solo con bombardeos aéreos".

[23] Foreign Affairs, "The New Khamenei", marzo de 2026. La elección de Mojtaba Jamenei fue determinada en gran parte por los Guardianes de la Revolución Islámica en el caos posterior al asesinato de Alí Jamenei.

[24] Wikipedia, "Economic impact of the 2026 Iran war". La Agencia Internacional de la Energía calificó el cierre del Estrecho de Ormuz como "la mayor perturbación de suministro en la historia del mercado petrolero global".

[25] FMI, World Economic Outlook, "Global Economy in the Shadow of War", abril de 2026. Oxford Economics, "Prolonged war in Iran could tip the global economy into recession", abril de 2026.

[26] Serafín Seriocha Fernández Pérez, "El ocaso de la hegemonía estadounidense: de Fukuyama a Gaza", ensayo inédito, Pamplona, 2025.

[27] Sun Tzu, El arte de la guerra, trad. de A. Colodrón, Edaf, Madrid, 2000, cap. III.

[28] Kenneth N. Waltz, Man, the State, and War: A Theoretical Analysis, Columbia University Press, Nueva York, 1959, pp. 161-186.

[29] Wikipedia, "2026 United States intervention in Venezuela". La operación, denominada "Operation Absolute Resolve", capturó a Maduro el 3 de enero de 2026 en Fort Tiuna, Caracas, y lo trasladó a Nueva York para ser juzgado por cargos de narcoterrorismo.

[30] Council on Foreign Relations, "Time Hasn't Clarified Trump's Venezuela Strategy", 4 de febrero de 2026. Delcy Rodríguez, designada presidenta interina, mantiene el mismo aparato de poder chavista: más de 700 presos políticos permanecen detenidos y Diosdado Cabello controla las fuerzas de seguridad.

[31] Responsible Statecraft / Zeteo, "Is the US prepping for a military operation in Cuba?", 16 de abril de 2026. La directiva del Pentágono respondía a la frustración de Trump ante la actitud desafiante de Díaz-Canel frente al bloqueo total de combustible.

[32] Al Jazeera, "Trump says 'Cuba is next' target of US military", 28 de marzo de 2026.

[33] Bloomberg, "Cuba Says Its Military Is Prepared as Trump's Threats Multiply", 22 de marzo de 2026. Declaraciones del viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío en NBC Meet the Press.

[34] PBS NewsHour / Associated Press, "Cuba's president says island does not wish for U.S. aggression but ready to fight if necessary", 16 de abril de 2026.

[35] WLRN / Associated Press, "Veterans mark the 65th anniversary of the Bay of Pigs Invasion with a new museum in Miami", 16 de abril de 2026. Declaraciones de Carlos León, veterano de la Brigada 2506.

[36] National Security Archive, George Washington University, "Cuba: The Bay of Pigs Invasion 65 Years Later", 16 de abril de 2026.

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Comentarios

  1. En todo tipo de confrontación bélica el desprecio a la capacidad del débil es más que un error estratégico estructural,es la incapacidad de discernimiento sobre los resultados históricos probados que indican la necesidad de una mirada más profunda y humana sobre las confrontaciones humanas.

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    1. Totalmente de acuerdo. Muchísimas gracias.

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