QUIÉNES SON LOS AMIGOS DE LA DEMOCRACIA Y CÓMO LUCHAN CONTRA LA RADIOTELEVISIÓN PÚBLICA
I. El hecho y su paradoja
El 9 de abril
de 2026, el Pleno del Senado de España aprobó la creación de una comisión de
investigación sobre la gestión informativa, financiera y patrimonial de Radio
Televisión Española (RTVE). La votación reflejó la aritmética de la Cámara
Alta: 144 votos del Grupo Popular, 2 de Vox y una abstención de UPN. El resto
de los grupos parlamentarios —en señal de protesta por considerarla innecesaria
e ilegítima— abandonaron la votación sin participar en ella.
La paradoja
que anida en este acontecimiento merece un análisis riguroso, porque condensa
una de las contradicciones políticas más reveladoras de nuestro tiempo. RTVE
es, en el momento en que se aprueba esa comisión, el medio de comunicación
televisivo líder de audiencia en España. No lo afirma el Gobierno, ni los
sindicatos del ente público, ni sus trabajadores: lo certifican los datos
objetivos del mercado de la comunicación. La corporación cerró el ejercicio más
reciente con un superávit de 55 millones de euros. Su programación ha
recuperado cuotas de pantalla que la televisión pública española no conocía
desde hacía años.
¿Cómo
explicar, entonces, que quienes se presentan ante la ciudadanía como defensores
del libre mercado, de la competencia leal y de la libertad de empresa decidan
emplear la maquinaria parlamentaria para investigar, cuestionar e intentar
desestabilizar precisamente al operador que está ganando en el mercado? ¿Desde
qué principio liberal, desde qué coherencia económica puede justificarse que el
éxito de audiencia sea razón suficiente para abrir una investigación
parlamentaria? La pregunta no es retórica. Es la clave analítica de este
artículo.
II. El liberalismo como ideología selectiva
El liberalismo
económico, en su formulación clásica —desde Smith hasta Hayek— descansa sobre
un principio rector: el mercado es el mecanismo de asignación de recursos más
eficiente, porque agrega de forma descentralizada las preferencias de millones
de actores individuales. El precio, la demanda, la cuota de mercado son, desde
esta perspectiva, el veredicto soberano de los consumidores. Nadie debería
interferir en ese veredicto salvo en casos de fallo de mercado perfectamente
acreditado.
La audiencia
televisiva es exactamente eso: el veredicto del mercado en el sector
audiovisual. Cuando una cadena lidera sistemáticamente la medición de
audiencias, el mercado está hablando. Está diciendo que su oferta programática
satisface las preferencias de la mayoría del público disponible. Si ese
principio se aplica a la empresa privada, su lógica es idéntica cuando el
operador que lidera es público. El mercado no distingue de titularidades: mide
consumo, preferencia y elección.
Sin embargo,
en el caso de RTVE en 2026, observamos una operación de selectividad ideológica
flagrante. El mismo sector político que invocaría el veredicto del mercado para
proteger a un operador privado de la intervención pública utiliza ahora el
poder político —y nada menos que el instrumento parlamentario más gravoso, la
comisión de investigación— para cuestionar, fiscalizar e intentar intervenir
sobre un operador público que ha ganado en ese mismo mercado.
Esta
selectividad no es accidental. Es estructural. El liberalismo realmente
existente en España —como en la mayor parte de las democracias occidentales— no
es un principio filosófico coherente; es un instrumento retórico al servicio de
intereses económicos concretos. Se invoca cuando protege a ciertos actores
económicos; se abandona cuando los perjudica.
III. La economía política del audiovisual y los intereses en conflicto
Para
comprender la racionalidad profunda de la ofensiva parlamentaria contra RTVE,
es imprescindible situarla en el contexto de la economía política del mercado
audiovisual español. Este mercado se estructura en torno a la pugna entre el
operador público —RTVE, financiado con fondos estatales y sin publicidad
convencional— y los grandes grupos audiovisuales privados, que dependen de la
inversión publicitaria para su sostenimiento.
La lógica
económica es diáfana: cada punto de audiencia que gana RTVE es un punto que
pierde el ecosistema privado. Cada espectador que prefiere La 1 frente a las
cadenas comerciales representa un potencial impacto en la contratación
publicitaria de estas últimas. En un mercado publicitario que ha experimentado
procesos de concentración intensa y que atraviesa la presión adicional de las
plataformas digitales, la competencia de un operador público fuerte, con
programación de calidad y sin interrupciones publicitarias, es una amenaza
estructural para los modelos de negocio privados.
A esto se
añade un segundo vector: los grandes grupos mediáticos privados no son actores
económicamente neutros. Son, también, actores políticos con capacidad de
influencia sobre la formación de la opinión pública. Su interés económico
—reducir la presencia y el peso de RTVE— coincide con su interés político:
controlar el espacio informativo. Un medio público fuerte, independiente y con
alta audiencia es, para estos actores, una doble amenaza: económica y política
al mismo tiempo.
La comisión de
investigación del Senado, promovida por la derecha con su mayoría absoluta en
la Cámara Alta, debe leerse en esta clave: como la traslación parlamentaria de
intereses económicos y políticos que no pueden expresarse en términos de su
verdadera motivación, y que por ello se disfrazan de preocupación por la
pluralidad, la neutralidad informativa y el rigor en la gestión del dinero
público.
IV. La ilegalidad como síntoma
No es casual
que el PSOE haya calificado la comisión de investigación de "ilegal"
y anunciado su posible recurso ante el Tribunal Constitucional. Existe ya en el
ordenamiento jurídico español un instrumento específico de control
parlamentario sobre RTVE: la Comisión Mixta de Control Parlamentario de la
Corporación RTVE, que se reúne mensualmente con comparecencia regular de su
presidente. La duplicación de este mecanismo mediante una comisión de
investigación no tiene justificación jurídica en el marco del Reglamento del
Senado, que exige que el objeto de toda comisión de investigación esté
"perfectamente delimitado" y no coincida con el de otro órgano de
control ya existente.
Pero la
cuestión jurídica va más lejos. El Reglamento europeo 2024/1083 del Parlamento
Europeo y del Consejo —directamente aplicable en el ordenamiento español—
prohíbe expresamente que los estados miembros interfieran o traten de influir
en las políticas y las decisiones editoriales de los prestadores de servicios
de comunicación. La propia RTVE, en su comunicado institucional, advirtió que
la comisión pretendía "cuestionar enfoques informativos" y se
asemejaba a "un intento de tutela" sobre sus profesionales:
exactamente el tipo de conducta que el derecho europeo prohíbe.
Esta dimensión
jurídica es reveladora porque el uso del instrumento parlamentario más
intrusivo —la comisión de investigación— para intervenir sobre las decisiones
editoriales de un medio público no es solo un exceso político. Es una
vulneración del Estado de Derecho en su dimensión europea. Y resulta
significativo que quienes más invocan la defensa del Estado de Derecho sean
precisamente quienes están dispuestos a violarlo cuando los intereses en juego
son los suyos.
V. La doble vara de medir y las televisiones autonómicas
Existe un
tercer nivel de contradicción que ningún análisis honesto puede ignorar. La
derecha española gestiona directamente, mediante sus mayorías autonómicas, un
número significativo de televisiones públicas regionales. El balance de esas
gestiones en términos de audiencia, independencia editorial y rigor informativo
es diametralmente opuesto al que se imputa a RTVE.
La televisión
pública gallega ha sido escenario de denuncias sistemáticas por manipulación
informativa que han llegado a los tribunales, con una plantilla que lleva años
reivindicando su independencia frente a los poderes regionales. En Madrid y
Andalucía, los datos de audiencia de las televisiones públicas autonómicas
presentan una evolución desfavorable, mientras las acusaciones de
instrumentalización política se suceden. En ninguno de estos casos se ha
planteado desde los grupos proponentes de la comisión sobre RTVE la creación de
instrumentos equivalentes de control.
Esta asimetría
es la demostración más contundente de que la motivación real de la ofensiva
contra RTVE no es la preocupación por la gestión rigurosa del dinero público ni
por la independencia informativa. Es la preocupación por el control del espacio
informativo nacional y la eliminación de una competencia que resulta, a un
tiempo, económicamente inconveniente e ideológicamente incómoda.
VI. La audiencia como legitimidad democrática
Hay una
dimensión que merece especial atención y que raramente aparece en el debate
público sobre esta cuestión. En las democracias liberales, la legitimidad de
las instituciones públicas se mide, entre otros parámetros, por su capacidad de
responder a las necesidades y preferencias de los ciudadanos. Un medio de
comunicación público que lidera la audiencia está cumpliendo precisamente esa
función: está sirviendo al público que lo financia, que es el conjunto de la
ciudadanía.
La audiencia
es, en el sector audiovisual, el equivalente funcional del voto en el sistema
político: es la expresión de la preferencia mayoritaria de los ciudadanos.
Cuando RTVE lidera la audiencia, los ciudadanos están eligiendo RTVE. Están
diciendo, con su comportamiento concreto y cotidiano, que prefieren la
programación del servicio público a la de los operadores privados. Este es el
veredicto democrático más directo e inequívoco que puede recibir un medio de
comunicación público.
Atacar a RTVE
cuando lidera la audiencia significa, en última instancia, tratar de imponerle
a la ciudadanía una oferta audiovisual que ella misma ha rechazado libremente.
Significa sustituir el veredicto de los ciudadanos por el veredicto de quienes
controlan la mayoría parlamentaria en el Senado. Significa, en definitiva,
utilizar el poder político para revertir una elección libre de la mayoría.
Pocas operaciones podrían ser más contrarias a los principios elementales de la
democracia.
VII. El modelo de televisión pública y el bien común
Existe,
además, un argumento de fondo que trasciende la coyuntura política inmediata.
La televisión pública no es simplemente un operador más en el mercado
audiovisual. Es una institución con una función social específica, que no puede
ser satisfecha por el mercado privado: la de garantizar el acceso universal a
contenidos informativos, culturales y de entretenimiento de calidad, sin
condicionamiento publicitario y con pluralismo informativo real.
La televisión
comercial, por su propia naturaleza económica, maximiza audiencia para
maximizar ingresos publicitarios. Esto genera una presión estructural hacia la
banalización de los contenidos, hacia el entretenimiento de baja exigencia
intelectual, hacia la espectacularización de la información y hacia la
subordinación de la agenda informativa a los intereses de los anunciantes. Esta
dinámica no es una anomalía: es el funcionamiento normal del mercado
publicitario aplicado al audiovisual.
El ciudadano
que consume televisión comercial no es el cliente del medio: es el producto que
se vende a los anunciantes. Su atención es la mercancía. Esta estructura de
intereses es incompatible, por principio, con un periodismo independiente y
riguroso. El conflicto de interés entre el anunciante y la audiencia, entre el
inversor publicitario y la verdad informativa, es estructural e irresoluble
dentro del modelo de negocio privado.
La televisión
pública, por el contrario, tiene como único cliente al ciudadano. No debe
responder ante anunciantes ni accionistas. Debe responder ante la audiencia y,
en última instancia, ante el conjunto de la ciudadanía que la financia. Cuando
ese modelo funciona bien —cuando produce contenidos de calidad que la audiencia
elige masivamente, como ocurre con RTVE en 2026— el resultado es exactamente lo
que una democracia debería querer: un servicio público que sirve al público.
VIII. Los amigos de la democracia y sus métodos
La operación
parlamentaria contra RTVE permite identificar con precisión a los actores que
en España se presentan como defensores de la democracia, la libertad y el libre
mercado, y analizar cómo traducen esos principios en práctica política
concreta.
Primero: se
invoca la preocupación por el uso del dinero público para justificar una
comisión de investigación sobre una corporación que ha cerrado su último
ejercicio con 55 millones de euros de superávit y que lidera la audiencia. Al
mismo tiempo, no se propone ninguna iniciativa equivalente sobre los medios
públicos autonómicos gestionados por el mismo sector político, algunos de los
cuales presentan resultados de audiencia y de gestión muy inferiores.
Segundo: se
invoca la pluralidad informativa para cuestionar la programación de RTVE. Al
mismo tiempo, se guarda silencio sobre la concentración mediática del sector
privado y sobre las denuncias de manipulación informativa en los medios
públicos autonómicos propios.
Tercero: se
invoca el Estado de Derecho y la transparencia institucional para justificar
una iniciativa que, según juristas y el propio PSOE, vulnera el Reglamento del
Senado y el derecho europeo de la comunicación, y que la propia RTVE ha
calificado de intento de tutela editorial incompatible con la normativa
vigente.
Cuarto: se
invoca el libre mercado para gestionar intereses económicos privados que se ven
perjudicados por el éxito de un competidor público. La ideología del mercado se
convierte aquí en instrumento de defensa de posiciones de renta, no de
competencia genuina.
El patrón es
claro: los principios se invocan cuando protegen los intereses propios y se
abandonan cuando los contradicen. No hay aquí incoherencia involuntaria; hay
utilización instrumental de la retórica democrática y liberal al servicio de
objetivos que no son democráticos ni liberales.
IX. Conclusión: el riesgo real para la democracia
Las
democracias contemporáneas enfrentan amenazas que pocas veces provienen de un
golpe de Estado o de una ruptura institucional abrupta. Provienen, con mayor
frecuencia, de la erosión gradual de los contrapesos institucionales, del
debilitamiento progresivo de los medios independientes y del uso instrumental
del poder parlamentario para avanzar intereses que no pueden legitimarse
públicamente en nombre de lo que realmente son.
La ofensiva
contra RTVE en el Senado es un ejemplo de manual de este tipo de erosión. No se
plantea en términos de "vamos a liquidar la televisión pública"; se
plantea en términos de "investigación", "transparencia",
"control democrático". Pero el objetivo real —debilitar
institucionalmente a un operador que incomoda económica e ideológicamente—
queda al descubierto cuando se analiza la aritmética de la votación, la
ausencia de equivalentes en los territorios propios, la violación del marco
jurídico vigente y la coincidencia perfecta entre los promotores de la comisión
y los intereses de los grandes grupos mediáticos privados.
Una democracia
que no puede garantizar la existencia de medios públicos fuertes,
independientes y con recursos suficientes para competir con los operadores
privados es una democracia cuyo espacio informativo queda, por defecto, en
manos de quienes tienen capacidad económica para financiarlo. Y los que tienen
esa capacidad económica tienen también intereses concretos en la conformación
de la opinión pública.
Los verdaderos
amigos de la democracia no son quienes pretenden investigar una televisión
pública porque lidera la audiencia. Son quienes entienden que una ciudadanía
bien informada es la condición de posibilidad de todo lo demás: de la
deliberación democrática, del control del poder, de la participación política
efectiva. Y que, cuando esa ciudadanía elige masivamente un servicio público de
comunicación frente a la alternativa comercial, está ejerciendo exactamente el
tipo de decisión soberana que la democracia debe proteger, no revertir.
Los de allá por motivos democráticos plausibles exigen un servicio público de ccomunicación,mientra por acá el servicio público comunicación es la expresión de que sólo es válido el discurso centralizado, único,inviolable y aceptado sin derecho a reclamo. Estamos todos al borde de un punto de inflexión histórico y universal.
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