LA HISTORIA SIN FIN: el Mundo Inconcluso
Resumen
Este artículo examina críticamente la Historia reciente tomando como referencia dos de las tesis políticas más influyentes de la era posterior a la Guerra Fría: “El fin de la historia y el último hombre” (1992) de Francis Fukuyama y “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” (1996) de Samuel Huntington. Concebido originalmente como un ensayo reflexivo durante la crisis financiera y el debate de austeridad de 2011–2012, esta versión revisada incorpora tres décadas de historia subsiguiente—desde la Primavera Árabe hasta la guerra Rusia-Ucrania y la guerra en Gaza, Líbano e Irán, desde la recesión democrática global hasta la revolución de la inteligencia artificial—a fin de someter ambas tesis al escrutinio de la realidad. El argumento central es que ambos marcos, pese a su divergencia, funcionan como instrumentos ideológicos complementarios al servicio de la hegemonía neoliberal: Fukuyama naturaliza las contradicciones del capitalismo declarando cerrada la historia ideológica, mientras Huntington culturaliza sus conflictos geopolíticos enmascarando los intereses económicos bajo retórica civilizacional. Apoyándome en Hegel, Marx, Schumpeter, Fromm y la ciencia política comparada reciente, el artículo propone que la realidad ha refutado a ambos autores de forma más exhaustiva de lo que sus críticos anticiparon.
Más adelante se examinan las condiciones geopolíticas de producción de ambas tesis: la extraordinaria legitimidad hegemónica conferida a los Estados Unidos por la caída del muro de Berlín, su sistemático despilfarro mediante la sustitución del poder blando por la coacción económica y militar, y las consecuencias estructurales de esta transición para la credibilidad del discurso intelectual orgánico del hegemón. Apoyándome en la teoría gramsciana de la hegemonía, el concepto de poder blando de Joseph Nye, el análisis del sistema-mundo de Wallerstein sobre los ciclos hegemónicos, el modelo propagandístico de Chomsky y Herman, y la tradición realista clásica de Maquiavelo a Clausewitz, el artículo sostiene que el descrédito de Fukuyama y Huntington es inseparable del auto descrédito del poder cuyos intereses teorizaron.
1. Introducción
En el verano de 1989, Francis Fukuyama publicó en The National Interest un ensayo cuyo título se convertiría en una de las frases más citadas —y más tergiversadas— del pensamiento político moderno: “¿El fin de la historia?” Tres años después, el signo de interrogación había desaparecido y la tesis se había convertido en libro; otros cuatro años más tarde, Samuel Huntington le opuso su célebre réplica en Foreign Affairs, argumentando que la historia no había concluido sino que había cambiado simplemente su principal línea de fractura, de la ideología a la civilización. Ambos textos alcanzaron una circulación extraordinaria. Juntos enmarcaron la imaginación política de la década de los noventa.
Este artículo comenzó como un ensayo personal escrito durante la crisis de austeridad europea de 2011–2012, cuando ambas tesis me parecieron de repente no las conclusiones de la historia sino los síntomas de su aceleración. El colapso del modelo soviético había sido presentado como prueba definitiva de que el capitalismo liberal era el terminus de la evolución política humana. Sin embargo, en menos de dos décadas desde esa proclamación, la arquitectura financiera de Occidente había estado al borde del desplome, las clases medias cuya existencia Fukuyama citaba como evidencia del éxito del capitalismo estaban siendo rápidamente erosionadas por el mismo sistema que él celebraba, y los “mercados libres” que invocaba como corolario de la democracia liberal quedaron expuestos como instrumentos de una redistribución masiva de la riqueza hacia arriba.
Existe, sin embargo, una dimensión de ambas tesis que su recepción académica ha subestimado sistemáticamente: su carácter de instrumentos de lo que Antonio Gramsci denominó consenso hegemónico. En el análisis gramsciano, la hegemonía no se mantiene únicamente por la coerción sino mediante la producción activa de marcos intelectuales que hacen que el orden existente parezca natural, necesario y universal. Fukuyama y Huntington no fueron simplemente académicos que resultaron equivocados; fueron intelectuales orgánicos del poder norteamericano en el sentido gramsciano preciso —pensadores cuya producción teórica sirvió la función de naturalizar, legitimar y extender la autoridad ideológica de la clase dominante, aquí transpuesta a la escala del sistema internacional. Comprender sus tesis bajo esta luz modifica los términos de su crítica. La pregunta no es únicamente si fueron empíricamente precisos, sino qué trabajo político realizaron sus imprecisiones, y por qué el sistema de consenso que contribuyeron a construir se ha derrumbado tan aceleradamente en las tres décadas transcurridas desde entonces.
Treinta años de historia subsiguiente hacen que la revisión de ese ensayo original no sea simplemente apropiada sino necesaria. La guerra Rusia-Ucrania, la recesión democrática global, el ascenso del populismo civilizacional de Budapest a Washington, la propia y significativa evolución intelectual de Fukuyama, y la emergencia de la inteligencia artificial como una nueva fuerza productiva cualitativamente distinta exigen que ambas tesis sean sometidas a un examen crítico renovado. Ése es el propósito de este artículo.
El argumento se desarrolla en seis etapas. Las secciones 2 y 3 reconstruyen y critican las tesis de Fukuyama y Huntington respectivamente. La sección 4 examina la relación dialéctica entre ambas tesis como instrumentos ideológicos complementarios. La sección 5 —la nueva contribución central de esta revisión— analiza las condiciones geopolíticas de producción hegemónica y declive: cómo los Estados Unidos dilapidaron la legitimidad conferida por 1989, abandonaron el poder blando en favor de la coacción y desacreditaron así el marco intelectual orgánico que habían comisionado. La sección 6 evalúa las tesis frente a tres décadas de evidencia empírica. La sección 7 propone los lineamientos de un marco alternativo.
2. El Fin de la Historia: Tesis, Fuentes y Fundamentos Filosóficos
2.1 El Argumento
La tesis de Fukuyama es, en su núcleo, hegeliana en estructura. Siguiendo la lectura que Kojève hace de Hegel, Fukuyama sostiene que la Revolución Francesa resolvió la pregunta normativa fundamental de la organización política: el reconocimiento igualitario de la dignidad de todas las personas. Todo lo posterior es implementación. El colapso del fascismo en 1945 y del comunismo soviético en 1989–1991 elimina a los últimos competidores ideológicos serios de la democracia liberal. Lo que resta no es un mundo sin conflictos —Fukuyama es explícito en este punto— sino un mundo sin una alternativa creíble al modelo liberal-democrático como “forma final del gobierno humano” (Fukuyama, 1992, p. xi).
Central a la antropología de Fukuyama es el concepto hegeliano de thymos, el deseo humano de reconocimiento. La democracia liberal satisface este deseo de forma única al reconocer a todos los ciudadanos como formalmente iguales. Su corolario económico, el libre mercado, satisface el deseo de bienestar material. Juntas, ambas instituciones resuelven las principales contradicciones que impulsaron el cambio histórico. El “último hombre” del subtítulo de Fukuyama —tomado de Nietzsche— es el ciudadano de esta civilización terminal: cómodo, reconocido y, quizás, levemente aburrido.
2.2 Crítica Filosófica
El error más fundamental de Fukuyama es la inversión que realiza sobre la relación entre ideas y condiciones materiales. Afirma, siguiendo el Hegel de Kojève, que la conciencia es causa antes que efecto —que la idea liberal engendró el capitalismo liberal y no a la inversa. Al hacerlo, produce lo que puede denominarse voluntarismo filosófico: la primacía de la superestructura ideológica sobre la base económica.
Esta inversión tiene una función política precisa. Si la democracia liberal es el producto de la idea liberal, entonces las contradicciones del modo de producción capitalista —sobre todo, la apropiación privada de la riqueza socialmente producida— no necesitan ser explicadas, porque no son estructuralmente determinantes. Fukuyama puede reconocer la existencia de la desigualdad económica mientras niega cualquier significación sistémica. La sociedad “sin clases” que invoca es una proyección normativa enmascarada de descripción sociológica.
Dos tradiciones intelectuales que él conspicuamente omite resultan especialmente devastadoras para su tesis. El concepto del hombre en Marx (1961) de Erich Fromm demuestra que el núcleo humanista del Marx temprano no es el colectivismo autoritario que Fukuyama atribuye al socialismo, sino una teoría de la alienación directamente pertinente a la condición del “último hombre.” Más devastadoramente, Capitalismo, Socialismo y Democracia (1942) de Joseph Schumpeter, al analizar las dinámicas internas de la innovación capitalista, concluyó que el capitalismo genera las fuerzas sociales que acabarán por superarlo —una conclusión que el propio Schumpeter encontró personalmente incómoda pero analíticamente inevitable.
Existe además una confusión adicional en el marco de Fukuyama entre la forma y el contenido de la democracia. La democracia existió en la Atenas antigua y el comercio en la antigua Fenicia. La identificación de la democracia liberal con las formas institucionales específicas del capitalismo occidental de finales del siglo XX es históricamente parroquial. No es la democracia lo que constituye el “fin de la historia” sino una versión particular, contingente e históricamente situada de ella.
2.3 La Propia Evolución de Fukuyama
Lo intelectualmente significativo es que el propio Fukuyama ha abandonado progresivamente elementos clave de su tesis original, aunque raramente lo declara explícitamente. Su obra de tres volúmenes sobre el orden político (2011, 2014) desarrolla un marco —el estado de derecho, el estado eficaz, la rendición de cuentas— que implica precisamente la precariedad institucional que su tesis de 1992 negaba. Su escritura posterior reconoce que la desigualdad económica constituye una amenaza genuina para la estabilidad democrática, y ha respaldado crecientemente posiciones asociadas a la socialdemocracia —mayor provisión de bienestar, mayor intervención estatal— que encajan torpemente con el triunfalismo neoliberal de su obra anterior (The Atlantic, 2022).
Esta evolución es en sí misma diagnóstica. El hombre que declaró la historia concluida ha pasado tres décadas escribiendo sobre las condiciones bajo las cuales podría comenzar de nuevo. La tesis se ha vaciado desde dentro.
3. El Choque de Civilizaciones: Una Mistificación Culturalista del Conflicto Geopolítico
3.1 El Argumento
El artículo de Huntington en Foreign Affairs de 1993 —expandido posteriormente al libro de 1996— fue enmarcado explícitamente como respuesta a Fukuyama. Donde Fukuyama veía convergencia, Huntington veía divergencia. Donde Fukuyama veía la resolución del conflicto histórico en valores liberales universales, Huntington veía la reafirmación de identidades culturales primordiales. El mundo posterior a la Guerra Fría, según su tesis, no se estaba volviendo más homogéneo sino más explícitamente diferenciado a lo largo de líneas civilizacionales: occidental, sínica, islámica, ortodoxa, hindú, budista, latinoamericana y africana.
Para Huntington, las identidades culturales y religiosas son la forma más profunda y duradera de solidaridad humana. Las identidades económicas y políticas pueden negociarse, intercambiarse, reformarse. Las identidades civilizacionales no pueden. El peligro principal para la estabilidad internacional provenía por tanto no del conflicto ideológico —que el fin de la Guerra Fría había resuelto— sino de los choques en las “líneas de falla” entre civilizaciones, y en particular del enfrentamiento entre Occidente y el Islam.
3.2 Función Ideológica: La Culturalización del Conflicto Económico
La tesis sirvió un propósito político inmediato. Al redefinir el eje principal del conflicto global del interés económico a la identidad cultural, proporcionó un marco intelectual para lo que se convertiría, tras el 11 de septiembre de 2001, en la “Guerra contra el Terror.” Las invasiones de Irak y Afganistán podían presentarse no como la imposición militar del control de recursos y la dominación geopolítica, sino como una confrontación entre valores civilizacionales incompatibles.
El registro empírico expone este encuadre. Los gobiernos de Irak y Libia —ambos destruidos por la intervención militar occidental— eran estados seculares-autoritarios que suprimían activamente el fundamentalismo islámico. Eran productos de los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo, no formaciones políticas islamistas. Si el conflicto civilizacional fuera el impulsor genuino de esas guerras, Occidente habría estado apoyando, no atacando, a sus gobiernos. Lo que cimentó su destrucción no fue la diferencia cultural sino la combinación de recursos hidrocarburíferos y la insubordinación geopolítica. El “choque de civilizaciones” fue el envoltorio retórico de lo que eran en realidad guerras neocoloniales.
Una refutación empírica adicional la proporcionan las íntimas relaciones entre las elites políticas y empresariales occidentales y los gobiernos de los estados del Golfo —entre las formaciones políticas más teocráticamente islámicas del planeta. Cuando los intereses financieros y estratégicos se alinean, la diferencia civilizacional no constituye obstáculo alguno. El cemento de esas relaciones es precisamente el móvil del beneficio que impulsa al “último hombre” de Fukuyama.
3.3 La Paradoja del Legado de Huntington
La ironía más devastadora de la tesis de Huntington es su trayectoria política. Huntington era un nacionalista conservador que buscaba reducir el conflicto intercultural aconsejando contención occidental. Se opuso a la Guerra de Irak. Su tesis fue diseñada, al menos en parte, para advertir contra el hubris universalista del intervencionismo liberal. Sin embargo, ha sido adoptada, sistematizada y radicalizada precisamente por las fuerzas que él más desconfiaba. Steve Bannon, Viktor Orbán, Vladimir Putin y la extrema derecha global recurren al vocabulario del conflicto civilizacional para justificar proyectos que el propio Huntington probablemente habría encontrado alarmantes.
La justificación de Putin para la invasión de Ucrania —la defensa de la civilización eslavo-ortodoxa frente a la decadencia occidental— es una apropiación directa del lenguaje huntingtoniano. La ironía se compone: el propio artículo de Huntington de 1993 predijo que Ucrania y Rusia, como “dos pueblos eslavos, principalmente ortodoxos,” tenían escasas probabilidades de entrar en conflicto violento. En 2022, lo hicieron. La guerra Rusia-Ucrania es simultáneamente una refutación de la predicción específica de Huntington y una confirmación de cómo su marco general ha sido weaponizado por actores autoritarios.
Como ha argumentado Rogers Brubaker en su análisis del “populismo civilizacionista,” lo que caracteriza la apropiación de extrema derecha de Huntington es la proyección de los conflictos culturales internos sobre un enemigo civilizacional externo. Los choques que más ponen en peligro las democracias contemporáneas no son entre civilizaciones sino dentro de ellas —entre tendencias autoritarias y democráticas al interior de las propias sociedades occidentales, entre interpretaciones seculares y teocráticas de la vida política islámica, entre alas internacionalistas y nacionalistas de cada cultura política importante.
4. Dos Sofismas, Una Función
Pese a su aparente contradicción, las tesis de Fukuyama y Huntington desempeñan funciones ideológicas complementarias. Fukuyama declara que el capitalismo liberal es la forma definitiva de organización social: no hay alternativa, la historia ha concluido, las contradicciones fundamentales han sido resueltas. Huntington proporciona entonces un marco para gestionar la resistencia a este terminus: quienes rechazan la modernidad liberal no están planteando objeciones legítimas a las contradicciones que Fukuyama niega, sino que son representantes de formaciones civilizacionales inferiores que no han realizado el progreso cognitivo y moral requerido.
Juntas, ambas tesis producen un sistema ideológico cerrado. Los críticos externos del capitalismo están históricamente acabados (Fukuyama); sus resistentes civilizacionalmente diferenciados son culturalmente inalcanzables (Huntington). La crítica interna queda inhabilitada por la declaración de que no existe alternativa alguna; la crítica externa queda inhabilitada por la declaración de que la alteridad es civilizacionalmente incompatible. El resultado es una arquitectura intelectual específicamente diseñada para inmunizar el orden existente contra el desafío fundamental.
Lo que ambas tesis comparten es la incapacidad para comprometerse con la contradicción estructural básica del capitalismo: la apropiación privada de la riqueza que es socialmente producida. Para Fukuyama, esta contradicción ha sido resuelta por la democracia liberal; para Huntington, es irrelevante, ya que el impulsor real del conflicto es la cultura antes que la economía. Ambos autores cierran los ojos a la misma realidad. Eso no es una coincidencia.
El concepto gramsciano de intelectuales orgánicos ilumina la función común que Fukuyama y Huntington, pese a su aparente desacuerdo, desempeñan dentro de la arquitectura ideológica de la hegemonía norteamericana. Un intelectual orgánico, en la acepción gramsciana, no es meramente un académico que comparte los valores de la clase dominante, sino un pensador cuya producción teórica se halla estructuralmente integrada en la producción y reproducción del consenso hegemónico. Fukuyama y Huntington discrepan sobre si la historia ha concluido y sobre la naturaleza de los conflictos subsistentes; coinciden, implícita y necesariamente, en que el orden liberal liderado por los Estados Unidos es el punto de referencia legítimo de la política internacional. Esa premisa compartida —invisible precisamente por serlo, y porque el debate entre ambas posiciones estructura el rango permisible del análisis oficial— es el núcleo ideológico que ambas tesis protegen. Su aparente contradicción es la forma más eficaz de su acuerdo.
5. El Momento Desperdiciado: La Hegemonía Norteamericana entre el Consenso y la Coacción
La caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 confirió a los Estados Unidos un quantum de legitimidad internacional sin precedentes en la era moderna. Este es el punto de partida para cualquier análisis serio de la función ideológica desempeñada por ambas tesis examinadas en este artículo. Lo que Gramsci denominó el momento de la hegemonía —la coincidencia de fuerza y consenso, tal que el poder dominante es genuinamente vivido como representante de los intereses universales— fue alcanzado, por un instante histórico, por la república norteamericana. El modelo soviético había colapsado bajo el peso de sus propias contradicciones internas; los Estados Unidos no sólo habían ganado la Guerra Fría sino que lo habían hecho, en la percepción de cientos de millones de personas en Europa del Este, América Latina y Asia, como la encarnación de la libertad frente a la tiranía. Esa percepción era un recurso político de valor extraordinario. Su disipación sistemática durante las tres décadas siguientes constituye uno de los fracasos estratégicos más definitorios de la historia moderna.
5.1 El Dividendo Gramsciano de 1989
El concepto gramsciano de hegemonía, desarrollado en los Cuadernos de la cárcel escritos bajo el encarcelamiento fascista de Mussolini, identifica dos instrumentos del dominio de clase: la dominación (coerción, monopolio estatal de la violencia) y la dirección (consenso, producción de marcos culturales e ideológicos que hacen que las relaciones sociales existentes parezcan naturales y legítimas). Un poder hegemónico —y el análisis de Gramsci se aplica, por extensión, a los órdenes internacionales— gobierna principalmente a través del consenso, reservando la coerción para los momentos de crisis aguda en que el consenso se ha roto. La estabilidad y durabilidad de la hegemonía son proporcionales al grado en que opera a través de la dirección antes que de la dominación.
En 1989, los Estados Unidos heredaron un grado de legitimidad consensual que ninguna política deliberada hubiera podido fabricar. Charles Krauthammer, escribiendo en Foreign Affairs en 1990, habló del “momento unipolar” —pero el momento no era simplemente unipolar en términos militares; era, más importantemente, unipolar en la moneda de la legitimidad. Las poblaciones de Europa del Este no habían simplemente abandonado el comunismo soviético; habían abrazado, muchas de ellas apasionadamente, la imagen de Occidente como portador de la libertad, la prosperidad y el orden civilizado. Esa imagen era un regalo gramsciano: la hegemonía operando en máxima eficiencia, a través del consenso puro, sin la fricción de la coerción visible.
En este marco, Fukuyama y Huntington desempeñaron una función ideológica precisa y sofisticada. La tesis de Fukuyama naturalizó el orden capitalista declarándolo el terminus de la evolución política humana, anticipando la pregunta por las alternativas. La tesis de Huntington proporcionó un marco cultural para gestionar la resistencia a ese orden: quienes rechazaban la incorporación no planteaban objeciones legítimas sino que eran representantes de formaciones civilizacionales que no habían alcanzado la modernidad requerida. Juntos, constituyeron la arquitectura intelectual de una hegemonía que buscaba gobernar por consenso —hacer que el orden liderado por los Estados Unidos pareciera no el interés específico de un poder específico sino el interés universal de la humanidad.
5.2 El Abandono del Poder Blando: Nye Invertido
El concepto de poder blando de Joseph Nye, introducido en Bound to Lead (1990) y desarrollado a lo largo de décadas posteriores, identificó la capacidad de atraer y cooptar —antes que compeler— como un recurso distinto e importante de influencia internacional. El poder blando opera a través del atractivo de la cultura, los valores políticos y las políticas exteriores de un país cuando parecen legítimas y moralmente autorizadas a los ojos de los demás. El poder duro —la fuerza militar y la coacción económica— compele; el poder blando persuade. La distinción no es meramente analítica sino estratégica: la coerción genera resistencia y resentimiento, mientras que la atracción genera alineamiento voluntario y cooperación duradera.
Los Estados Unidos en 1989 poseían reservas extraordinarias de poder blando. Su cultura popular, su sistema universitario, su innovación tecnológica, su tradición constitucional, y sobre todo el prestigio conferido por su aparente papel en la liberación de Europa del Este del dominio soviético —todo ello constituía una combinación de recursos atractivos que ningún otro poder en la historia había reunido a escala comparable. Si la estrategia norteamericana de la década de los noventa hubiera sido organizada en torno a la consolidación y extensión de este poder blando —mediante la construcción de instituciones multilaterales, la asistencia genuina al desarrollo, el liderazgo medioambiental y la aplicación coherente de los principios que proclamaba públicamente— el siglo XXI podría haber discurrido de forma muy diferente.
En cambio, los Estados Unidos tomaron una serie de decisiones estratégicas que consumieron sistemáticamente sus reservas de poder blando a cambio de ganancias coercitivas a corto plazo. La expansión de la OTAN hasta las fronteras de Rusia, en violación de las garantías dadas al liderazgo soviético durante las negociaciones de reunificación alemana, priorizó la ventaja estratégica sobre la construcción de un orden post-Guerra Fría estable. La imposición del Consenso de Washington a través del FMI y el Banco Mundial —programas de ajuste estructural que imponían austeridad fiscal, desregulación y privatización a las economías en desarrollo como condiciones de acceso al crédito— sustituyó la coacción económica por la cooperación genuina al desarrollo. La decisión de retirarse del Protocolo de Kyoto, rechazar la Corte Penal Internacional y tratar las instituciones multilaterales como instrumentos a usar cuando convenía y a descartar cuando no, señaló al mundo que los compromisos norteamericanos eran condicionales a los intereses norteamericanos.
Las invasiones de Afganistán e Irak, lanzadas con las justificaciones legales más endebles y mantenidas a través de una década de abusos documentados —Abu Ghraib, Guantánamo, la rendición extraordinaria, los programas de vigilancia masiva ulteriormente expuestos por Edward Snowden— completaron la inversión del marco de Nye. Los Estados Unidos habían convertido su mayor activo estratégico en su más aguda responsabilidad estratégica. A mediados de la segunda década del siglo XXI, el propio concepto de Nye servía principalmente como instrumento diagnóstico para medir lo que se había perdido antes que como descripción de recursos todavía disponibles.
5.3 El Ciclo de Wallerstein: Las Raíces Estructurales del Declive Hegemónico
El análisis del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein sitúa la hegemonía norteamericana dentro de un ciclo histórico más largo de sucesión hegemónica que ha caracterizado la economía-mundo capitalista desde el siglo XVII. En el relato de Wallerstein, los poderes hegemónicos —las Provincias Unidas en el siglo XVII, Gran Bretaña en el XIX, los Estados Unidos en el XX— alcanzan la dominación a través de una combinación de supremacía productiva, comercial y financiera, en esa secuencia. A medida que la supremacía productiva se generaliza mediante la transferencia de tecnología y el desarrollo de competidores, la dominación comercial y luego la financiera se convierten en los instrumentos primarios del poder hegemónico; y la dominación financiera, aunque puede sostener la hegemonía durante períodos considerables, es inherentemente más volátil y contestada que la superioridad productiva.
La trayectoria de la hegemonía norteamericana —desde la dominación productiva de las décadas de posguerra hasta la financiarización de la economía desde los años setenta, y la desindustrialización progresiva que la acompañó— sigue el modelo de Wallerstein con incómoda precisión. La crisis financiera global de 2008, en la que las instituciones de la supremacía financiera norteamericana estuvieron a punto de destruir la economía mundial que supuestamente regulaban, marcó el umbral visible del declive hegemónico en su fase financiera.
Lo que el marco de Wallerstein añade al análisis de Fukuyama y Huntington es una dimensión estructural que sus marcos idealistas no pueden acomodar. El descrédito de sus tesis no es meramente consecuencia de la falsificación empírica —de la obstinada negativa del mundo a concluir su historia— sino del declive estructural del poder cuyos intereses esas tesis servían. Un poder hegemónico en la fase ascendente de su ciclo puede permitirse gobernar principalmente a través del consenso; posee los recursos productivos e institucionales para hacer genuinamente atractiva su versión del interés universal a los poderes subordinados. Un hegemón en declive, confrontando el ascenso relativo de competidores que no puede absorber, se ve estructuralmente compelido a recurrir crecientemente a la coacción. La transición del poder blando de los noventa al poder duro de los dosmil, y de ahí al nacionalismo económico y el unilateralismo coercitivo de los dos mil diez y veinte, es la expresión política de esta dinámica estructural. La tesis de Fukuyama era la ideología de la hegemonía ascendente; su colapso es el síntoma del declive hegemónico.
Crucialmente, una economía mundial globalizada —que la propia hegemonía norteamericana construyó como instrumento de su supremacía comercial y financiera— genera múltiples centros de acumulación que no pueden ser subordinados permanentemente a un único hegemón. China, las economías BRICS y el Sur Global más amplio han extraído ventajas de desarrollo sustanciales del mismo sistema comercial y financiero globalizado que la hegemonía norteamericana diseñó para servir sus propios intereses. El hegemón que creó las reglas de la globalización experimenta crecientemente esas reglas como obstáculos a su propia dominación. El giro hacia el proteccionismo, la guerra arancelaria y la weaponización de la infraestructura financiera —dominio del dólar, exclusiones del SWIFT, controles de exportación de tecnología— son los instrumentos de un poder que ha dejado de creer en su propia retórica universalista.
5.4 La Fabricación del Consenso y su Desmoronamiento
El modelo de propaganda de Edward Herman y Noam Chomsky, desarrollado en La fabricación del consenso (1988), analiza los filtros estructurales a través de los cuales el sistema de medios de comunicación de masas produce una versión de la realidad congruente con los intereses de la elite. Los cinco filtros —la propiedad, la dependencia de la publicidad, el abastecimiento de noticias desde instituciones oficiales y corporativas, la disciplina de la cobertura disidente a través del “flak,” y el marco ideológico del anticomunismo (actualizado posteriormente al antiterrorismo y análogos enemigos legitimadores)— no requieren conspiración; operan a través de los incentivos estructurales de las organizaciones mediáticas embebidas en la economía capitalista. El resultado no es propaganda uniforme sino un estrechamiento sistemático del rango de perspectivas que reciben tratamiento serio.
Dentro de este marco, Fukuyama y Huntington ocuparon el papel de legitimadores intelectuales sofisticados: su obra era demasiado sustantiva para ser descartada como mera propaganda, pero su función ideológica era precisamente enmarcar las preguntas que el discurso oficial podía plantear sobre el orden internacional. El fin de la historia y el choque de civilizaciones definían conjuntamente el rango permisible del análisis: se podían debatir sus detalles, calificar sus tesis, extender o modificar sus categorías, pero la estructura fundamental del capitalismo liberal liderado por Occidente como punto de referencia del orden internacional no estaba en cuestión.
Lo que ni el modelo de propaganda ni sus sujetos anticiparon fue la velocidad con que la tecnología digital desmantelaría el sistema de filtros. Internet, WikiLeaks, las redes sociales y la circulación global de fuentes informativas alternativas no han producido un público uniformemente mejor informado —las dinámicas de la amplificación algorítmica y las burbujas epistémicas son reales y documentadas. Pero han fragmentado irreversiblemente la capacidad manufacturera del consenso del sistema mediático tradicional. La exposición de las mentiras que justificaron la Guerra de Irak, la documentación de la tortura en Abu Ghraib y Guantánamo, las revelaciones de la vigilancia masiva por parte de Snowden, y la publicación de cables diplomáticos por WikiLeaks demostraron colectivamente, a audiencias que ninguna generación anterior había tenido los medios técnicos de alcanzar, que el orden liberal que Fukuyama celebraba operaba conforme a reglas que negaba públicamente seguir. El consenso fabricado comenzó a desmoronarse no porque la verdad hubiera triunfado sino porque la maquinaria de su fabricación había quedado visible.
5.5 Maquiavelo, Clausewitz y la Primacía de la Fuerza
La tradición realista clásica de Maquiavelo a Clausewitz proporciona el vocabulario analítico para lo que ha ocurrido. El Príncipe de Maquiavelo distingue entre el león y el zorro como instrumentos del poder principesco: el león manda a través de la fuerza, el zorro a través de la astucia y la persuasión. El príncipe sabio despliega ambos, reservando el león para los momentos en que el zorro ha fracasado, y prefiriendo el zorro porque la fuerza, una vez desplegada, genera precisamente la resistencia que busca superar. El arte del poder, según Maquiavelo, es el arte de gobernar principalmente a través de la apariencia de legitimidad —a través de la construcción de una versión de la autoridad que los subordinados experimentan como consenso antes que como coacción.
La formulación de Clausewitz —que la guerra es la continuación de la política por otros medios— presupone que la política tiene prioridad y que la fuerza es el instrumento de último recurso cuando los medios políticos se han agotado. La inversión de esta prioridad —el tratamiento de la fuerza militar como primer instrumento de la política antes que como último— es el error estratégico definitorio del período post-Guerra Fría. Cuando la fuerza se vuelve rutinaria, pierde su carácter excepcional y por tanto su efectividad política; los objetivos de la coacción aprenden a absorberla, deflectarla y finalmente resistirla, mientras las poblaciones del poder coercitivo van perdiendo gradualmente la voluntad de sostenerla. La retirada de Afganistán en 2021 —la guerra más larga de la historia norteamericana, concluida con la rápida restauración del gobierno que se había propuesto destruir veinte años antes— es la ilustración empírica definitiva de esta dinámica.
La conexión con Fukuyama y Huntington es directa. Ambas tesis funcionaron como instrumentos intelectuales del zorro —como marcos de poder blando, de narrativa legitimadora, de atracción cultural e ideológica. Cuando los Estados Unidos abandonaron el zorro por el león, abandonaron también las condiciones bajo las cuales esos marcos podían operar. Un poder imperial que gobierna mediante la fuerza no necesita intelectuales orgánicos que expliquen por qué su orden es universalmente beneficioso; necesita administradores que gestionen los territorios que controla. Fukuyama y Huntington fueron desacreditados no sólo por los hechos sino por la trayectoria política del poder que teorizaron. Los intelectuales orgánicos del hegemón pierden su función cuando el hegemón abandona la hegemonía por la dominación.
6. Tres Décadas Después: La Prueba de la Realidad
6.1 La Recesión Democrática
El desafío empírico más exhaustivo a la tesis de Fukuyama ha venido de lo que los politólogos han denominado la “recesión democrática.” El Brexit, la elección de Donald Trump en 2016 y de nuevo en 2024, el ascenso del populismo autoritario de Brasil a India, de Hungría a Filipinas, y el asalto sistemático a las instituciones liberal-democráticas por parte de líderes electos en Ankara, Budapest, Varsovia y otros lugares han producido lo que Yascha Mounk, entre otros, ha descrito como “el fin del fin de la historia” (Journal of Democracy, 2024).
El propio Fukuyama, en un artículo de 2022 en The Atlantic, retomó su tesis para argumentar que los estados autoritarios siguen siendo estructuralmente vulnerables —su dependencia de líderes únicos garantiza prácticamente una toma de decisiones deficiente a lo largo del tiempo, mientras que la ausencia de participación pública genuina hace que el apoyo popular sea inherentemente volátil. El argumento no carece de plausibilidad, pero revela una contracción significativa de la ambición de la tesis original. La afirmación ya no es que la democracia liberal haya vencido, sino que tiene mejores perspectivas a largo plazo que sus competidores autoritarios. Esa es una proposición muy diferente —y una que requiere el tipo de análisis materialista de las condiciones institucionales que el idealismo de Fukuyama originalmente excluía.
6.2 La Geopolítica de la Ilusión
La Guerra de Irak —lanzada en 2003 con apoyo intelectual sustancial de pensadores asociados al círculo neoconservador de Fukuyama— constituyó el test empírico decisivo de la premisa del universalismo liberal: que las sociedades liberadas de la coacción autoritaria tenderían naturalmente hacia la autoorganización liberal-democrática. El resultado fue una década de violencia sectaria, la destrucción del aparato estatal secular, y la emergencia del Estado Islámico como la fuerza política dominante en grandes partes del territorio iraquí. Los gobiernos instalados bajo el patrocinio militar occidental eran demostrablemente menos seculares que aquellos a los que reemplazaron.
La intervención en Libia de 2011 produjo resultados similares. Un estado que había suprimido la militancia islamista se convirtió, pocos años después de la destrucción de su gobierno, en un territorio fragmentado entre facciones armadas competidoras, varias de ellas con orientaciones explícitamente yihadistas. Si el “choque de civilizaciones” fuera una descripción precisa de la motivación estratégica occidental, Occidente no habría creado las condiciones para las fuerzas islamistas que decía estar combatiendo.
6.3 La Cuestión China
Para Fukuyama, la muerte del socialismo era irrevocable. La trayectoria de China desde 1992 constituye el desafío empírico más sostenido a esta afirmación. Un estado socialista de partido único que despliega mecanismos de mercado dentro de un marco de planificación central ha producido la reducción de la pobreza más dramática de la historia humana y es ahora la mayor economía del mundo por paridad de poder adquisitivo. El “Consenso de Washington” que la tesis de Fukuyama avaló ha sido reemplazado, en la economía del desarrollo, por un amplio debate sobre el “Consenso de Pekín” como camino alternativo a la modernidad que no pasa por la democracia liberal.
Esto no es una idealización del modelo chino, que plantea serias cuestiones de libertad política y derechos humanos que no pueden ser descartadas. El punto es analítico: la afirmación de que el capitalismo y la democracia liberal forman una unidad necesaria —que no se puede tener la eficiencia productiva del primero sin las instituciones políticas de la segunda— ha sido empíricamente falsificada. El éxito de China es incuestionable en el plano del desarrollo productivo; su estructura política autoritaria es igualmente incuestionable. Ambos hechos coexisten.
6.4 Tecnología Digital y Nuevos Sujetos Políticos
Al escribir en 2012, ya era posible observar en movimientos como el 15M español y el Occupy Wall Street norteamericano la emergencia de nuevos sujetos políticos moldeados por la conectividad digital —horizontales, sin líderes, resistentes a la captura institucional que había domesticado a los movimientos de izquierda anteriores. La década siguiente confirmó y complicó esa observación. Las plataformas de redes sociales que parecían prometer la democratización de la información se convirtieron en vectores de desinformación, manipulación emocional y organización de movimientos autoritarios. Las mismas fuerzas productivas digitales que socavan los instrumentos tradicionales del consenso de élite también impulsan el capitalismo de vigilancia que monetiza la atención humana.
La revolución de la inteligencia artificial actualmente en curso representa un salto cualitativo en esta ambivalencia. La IA concentra un poder productivo extraordinario en manos de un número extraordinariamente reducido de corporaciones. Ofrece simultáneamente herramientas para una coordinación social sin precedentes, el progreso científico y la automatización del trabajo creativo y cognitivo —precisamente las funciones que las generaciones anteriores asumían que garantizarían la seguridad económica relativa de la clase media educada. Las fuerzas productivas que Marx identificó como el motor del cambio histórico avanzan a un ritmo que ningún marco ideológico existente, incluido el de Fukuyama, puede procesar adecuadamente.
6.5 Assange, Manning y la Cuestión de la Transparencia
La persecución judicial de Julian Assange y Chelsea Manning —dos individuos que expusieron crímenes de guerra cometidos por el aparato militar más poderoso de la historia— constituye un caso paradigmático de lo que el “Fin de la Historia” de Fukuyama protege en realidad. El “último hombre” no sólo no resiste la injusticia; criminaliza su exposición. Assange pasó más de una década en encarcelamiento efectivo —primero en la embajada ecuatoriana en Londres, luego en la prisión de alta seguridad de Belmarsh— antes de alcanzar un acuerdo de culpabilidad en 2024 que le permitió regresar a Australia. El caso demostró que el orden jurídico liberal-democrático, que Fukuyama presenta como la resolución del problema del reconocimiento, reconoce en la práctica los intereses del poder estatal de forma más fiable que los de los individuos que los cuestionan.
En una sociedad internacional digitalizada, el derecho fundamental a buscar la verdad, difundirla y denunciar la injusticia no puede ceder ante razones de estado que protegen los intereses particulares de grupos de poder específicos. Esto no es una afirmación marginal sobre la libertad de prensa; es una pregunta estructural sobre la naturaleza del propio orden liberal.
7. Hacia un Paradigma Posthistórico
El concepto de modernidad que emplea Fukuyama —y contra el que define su otro civilizacional Huntington— está asociado a la democracia liberal y los mercados libres. Pero esta identificación es históricamente arbitraria. La democracia en la Atenas antigua precedió al capitalismo en dos milenios. El comercio en Fenicia precedió a la ideología liberal en tres. La asociación de la modernidad con una configuración institucional específica desarrollada en Europa Occidental y América del Norte entre los siglos XVII y XX es una afirmación históricamente parroquial que se disfraza de universal.
Un concepto alternativo de modernidad, fundamentado en el desarrollo de las fuerzas productivas antes que en una ideología política específica, identificaría la modernización con la capacidad de desplegar la ciencia, la tecnología y la organización social para satisfacer las necesidades humanas. En esta comprensión, la invasión de Irak y Libia no fue la exportación de la modernidad sino su opuesto —la destrucción de la capacidad institucional existente al servicio de la extracción de recursos. Si la superación del neocolonialismo forma parte de la modernidad, estas intervenciones fueron tradicionales en su naturaleza, no modernas.
La pregunta sobre qué sigue al capitalismo liberal ha sido abordada desde múltiples direcciones. La combinación china de mecanismos de mercado y planificación central, que Lenin anticipó en su Nueva Política Económica de 1921, representa una trayectoria. Los experimentos socialdemócratas del capitalismo escandinavo, con su robusto gasto público e inversión en la redistribución de la riqueza, representan otra. La “marea rosa” latinoamericana de principios del siglo XXI —Venezuela, Brasil bajo Lula, Ecuador, Bolivia, Argentina— intentó, con resultados mixtos y bajo sostenida presión externa, desarrollar modelos de desarrollo post neoliberales que preservaran las instituciones democráticas al tiempo que desafiaban la lógica de la acumulación privada.
Lo que resulta claro a partir de la evidencia de tres décadas es que el desarrollo de las tecnologías de comunicación —y, crecientemente, de la inteligencia artificial— está creando nuevas formas de solidaridad social horizontal que cuestionan tanto los modelos autoritarios como los liberal-elitistas de organización política. La Wikipedia y el software libre siguen siendo los ejemplos más instructivos: producciones colectivas de extraordinaria calidad y utilidad, generadas sin el móvil del beneficio que se supone requiere el “último hombre” de Fukuyama. Demuestran empíricamente que el repertorio motivacional humano no se agota en el interés material —que el deseo de conocimiento, de colaboración, del bien común, de reconocimiento moral, constituye un manantial de energía social al menos tan poderoso como el incentivo del mercado.
Los imperativos ecológicos y sociales del siglo XXI —la crisis climática, el colapso de la biodiversidad, los riesgos pandémicos revelados por el COVID-19— requieren precisamente la combinación de mecanismos de mercado y coordinación internacional que ni la mano invisible de Fukuyama ni la competencia civilizacional de Huntington pueden proporcionar. La contradicción fundamental del capitalismo —la tensión entre la apropiación privada de los resultados productivos y el carácter social del trabajo productivo— encuentra su expresión contemporánea más aguda en este dominio: las tecnologías necesarias para abordar la crisis ecológica existen, y el sistema que las genera es estructuralmente incapaz de desplegarlas a la escala y velocidad requeridas.
La sociedad post histórica —cualquiera que sea el nombre que eventualmente reciba— no será el producto de una inevitabilidad teleológica de cuño hegeliano o marxista, sino de las opciones políticas conscientes de los sujetos sociales que el desarrollo de las fuerzas productivas está llamando actualmente a la existencia. El hombre nuevo —el sujeto capaz de ir más allá del “último hombre” de la cómoda estasis de Fukuyama— no necesita ser inventado. Él y ella existen en cada ser humano que ha elegido la cooperación sobre la competición, la transparencia sobre el secreto, el bien común sobre la acumulación desproporcionada. El sistema actual suprime y desalienta su emergencia. Esa supresión no es permanente.
8. Conclusiones
Este artículo ha argumentado que el “Fin de la Historia” de Fukuyama y el “Choque de Civilizaciones” de Huntington se comprenden mejor no como marcos teóricos competidores sino como instrumentos ideológicos complementarios. Fukuyama naturaliza las contradicciones internas del capitalismo declarando cerrada la historia ideológica; Huntington culturaliza sus conflictos externos enmascarando los intereses económicos bajo retórica civilizacional. Ambas tesis sirvieron —y siguen sirviendo— la función política de clausurar la pregunta por las alternativas sistémicas al capitalismo liberal.
Tres décadas de historia subsiguiente han sometido ambas tesis al escrutinio de la realidad, y la realidad no ha sido generosa con ninguna de ellas. La recesión democrática, los desastres de Irak y Libia, el éxito desarrollista de China, el ascenso del populismo civilizacionista como el legado más peligroso de Huntington, y el significativo retroceso intelectual del propio Fukuyama desde las posiciones que apostó en 1992 —todo ello constituye el registro empírico de un mundo que se ha negado obstinadamente a concluir su historia.
El descrédito de estas tesis, examinado a lo largo de las secciones precedentes, es inseparable del descrédito del proyecto hegemónico que teorizaron. Cuando los Estados Unidos abandonaron las reservas de poder blando acumuladas durante medio siglo de dominación productiva, institucional y cultural —cuando sustituyeron el consenso por la coerción, la intervención militar por la legitimidad multilateral, y el nacionalismo económico por el orden globalizado de reglas que ellos mismos habían construido— despojaron también a sus intelectuales orgánicos de las condiciones bajo las cuales sus narrativas legitimadoras podían funcionar. El fin de la historia de Fukuyama requería un hegemón genuinamente comprometido con las instituciones y valores que profesaba públicamente; la gestión civilizacional de Huntington requería un Occidente en posesión de la autoridad cultural que proviene de practicar lo que se predica. Ninguna de esas condiciones sobrevivió a la Guerra de Irak, la crisis financiera, Abu Ghraib, Guantánamo, Snowden, o las convulsiones políticas del período 2016–2026. Los edificios teóricos se derrumbaron no sólo porque el mundo se negó a conformarse a sus predicciones sino porque el poder que necesitaba que esas predicciones fueran creídas había hecho imposible creerlas.
Lo que sigue siendo indispensable en ambos autores es la pregunta que plantearon, aunque sus respuestas fueran inadecuadas: ¿cuál es la dirección de la historia política, y qué ideal normativo debe orientarla? La respuesta propuesta aquí no es ni el terminus liberal de Fukuyama ni el impasse civilizacional de Huntington, sino el desarrollo de formas sociales adecuadas a las fuerzas productivas y los imperativos ecológicos del siglo XXI —formas que deben resolver, antes que perpetuar, la contradicción fundamental de la apropiación privada y la producción social.
Esa resolución no vendrá automáticamente. Será el producto de la lucha política, de los nuevos sujetos sociales creados por la tecnología digital y biológica, de las revoluciones democráticas —pacíficas donde sea posible— contra la hegemonía neoliberal. La historia no ha concluido. Apenas ha comenzado.
Notas
1 El ensayo original de Fukuyama apareció como “¿El fin de la historia?” en The National Interest, n.° 16, verano de 1989, pp. 3–18. El tratamiento en forma de libro es El fin de la historia y el último hombre (Free Press, 1992; ediciones actualizadas 2006, 2019).
2 El artículo de Huntington “¿El choque de civilizaciones?” apareció en Foreign Affairs, vol. 72, n.° 3, verano de 1993, pp. 22–49. El libro expandido es El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Simon & Schuster, 1996).
3 El término “recesión democrática” está asociado de forma más prominente a Larry Diamond. Véase Diamond, L. (2015). “Facing Up to the Democratic Recession.” Journal of Democracy, 26(1), 141–155.
4 Sobre el populismo civilizacionista, véase Brubaker, R. (2017). “Between nationalism and civilizationism: the European populist moment in comparative perspective.” Ethnic and Racial Studies, 40(8), 1191–1226.
5 Assange alcanzó un acuerdo de culpabilidad con el Departamento de Justicia de los Estados Unidos en junio de 2024, declarándose culpable de un cargo de conspiración bajo la Ley de Espionaje y regresando a Australia.
6 Sobre el concepto de intelectuales orgánicos, véase Gramsci, A. (1929–1935/1971). Selecciones de los Cuadernos de la cárcel, especialmente el ensayo “Los intelectuales.” La distinción entre intelectuales “tradicionales” y “orgánicos” es central al análisis gramsciano de la hegemonía como combinación de fuerza y consenso.
7 El concepto de poder blando de Nye fue introducido en Bound to Lead (1990) y desarrollado en Soft Power (2004). Para el análisis sistemático de su declive en el período post-Irak, véase Nye, J. S. (2011). The Future of Power. Public Affairs.
Referencias
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