Bailando hacia el abismo: Por qué la orquesta sigue tocando en un mundo que se hunde

Nos vendieron la idea de que el barco era insumergible. No como metáfora: como certeza técnica, como logro de la civilización. Las instituciones multilaterales, el derecho internacional humanitario, la interdependencia económica global —todo eso funcionaba, según el discurso oficial, como un sistema de mamparos estancos que haría imposible el naufragio total.

 La barbarie había sido domesticada. El progreso era irreversible. La historia tenía un solo sentido, y ese sentido era hacia adelante.

El Titanic real también era insumergible, según sus constructores. Esa convicción fue, precisamente, lo que lo hundió.

Hoy el barco lleva tiempo haciendo agua. No es una metáfora apocalíptica ni un ejercicio de pesimismo literario: es una descripción. Los instrumentos de presión en la sala de máquinas llevan años marcando el rojo. Y sin embargo, en los salones de primera clase, la orquesta no ha dejado de tocar. El champán circula. El vals continúa, impecable y ajeno, mientras en las cubiertas inferiores el agua ya llega a las rodillas.

El iceberg no es uno: son varios

El iceberg que desgarra el flanco de nuestra época no flota inmóvil en un punto del mapa. Son varios, simultáneos, y no todos tienen la misma visibilidad mediática ni generan la misma indignación en los parlamentos occidentales.

En Europa del Este, la guerra de Ucrania demostró que la arquitectura de seguridad construida laboriosamente tras 1945 era más frágil de lo que se suponía: un andamiaje imponente en apariencia, carcomido por dentro por décadas de hipocresía estratégica y de expansión de una alianza que prometió no expandirse. En el Medio Oriente, Gaza arde con una intensidad que ha roto todos los eufemismos disponibles.

 Las imágenes que llegan desde allí —si uno decide mirarlas, que no es lo habitual— muestran algo que el lenguaje diplomático se niega a nombrar con su nombre. En África, decenas de conflictos transcurren en la invisibilidad más absoluta: sin cobertura sostenida, sin debates en los Congresos y los Parlamentos, sin hashtags que duren más de cuarenta y ocho horas.

Pero el filo más profundo del iceberg no es geopolítico: es moral. Cada vez que un conflicto se normaliza, cada vez que el recuento de muertos deja de producir escándalo y se convierte en cifra de fondo, el hielo penetra un poco más en la sala de máquinas de la empatía colectiva. Y una civilización que ha perdido la capacidad de indignarse ante el sufrimiento ajeno no navega: deriva.

Los vigías que nadie escuchó

El barco tenía vigías. Los tenemos también nosotros.
Durante años, intelectuales, periodistas de investigación, activistas de derechos humanos y organismos humanitarios enviaron señales de alarma con la misma insistencia y el mismo resultado: fueron tratados como aguafiestas, como perturbadores del orden festivo del salón de primera clase. Sus advertencias incomodaban porque obligaban a parar la música y reconocer que el suelo ya no era horizontal.

Se les acusó de alarmismo cuando señalaron la erosión sistemática del derecho internacional. Se les llamó antioccidentales cuando documentaron el doble rasero con que se pesan las vidas según la latitud donde se pierden. Se les ridiculizó por ingenuos cuando insistieron en que las guerras no son accidentes: son decisiones. Y cuando la realidad les dio la razón —cuando el agua subió hasta el nivel que ellos habían predicho— el salón de baile no se disculpó. Simplemente subió el volumen.

Periodistas que arriesgaron su vida para documentar lo que ocurre en Gaza o en el Sahel son hoy silenciados, criminalizados o ignorados por algoritmos diseñados para privilegiar el entretenimiento sobre la verdad. Esa no es una consecuencia indeseada del sistema: es una función. El sistema prefiere un vigía callado a un salón incómodo.

La distracción como arquitectura

Lo más perturbador de la metáfora no es el naufragio: es la fiesta que lo acompaña.
Mientras el acero cruje, una parte importante de la humanidad —particularmente aquella que ocupa los camarotes de cubierta alta— vive en un estado de distracción tan perfectamente manufacturada que ha dejado de parecerle distracción y ha comenzado a parecerle realidad. El scroll infinito en las redes sociales es nuestra orquesta de cámara: música diseñada con precisión algorítmica para que no escuchemos el metal retorcerse. No es una conspiración; es un modelo de negocio. La atención es el recurso más valioso del siglo XXI, y hay industrias enteras dedicadas a capturarla, fragmentarla y redirigirla hacia donde genere rentabilidad. La indignación dura lo que dura una historia de Instagram. La guerra es un contenido más en el feed, compitiendo con recetas de cocina y reels de gatitos.

La indiferencia selectiva hace el resto. Muchos brindan porque el agua aún no llega a su camarote, sin entender —o sin querer entender— que en un naufragio, el destino de la proa es, tarde o temprano, el destino de la popa. No es ideología: es hidrodinámica.
No es que no vean el agua. Es que han decidido que el baile es más cómodo que el chaleco salvavidas.

La cuestión de los botes

El Titanic histórico cargaba botes salvavidas para menos de la mitad de sus pasajeros. En aquel naufragio —como en este— los botes no se distribuyeron por sorteo.

En el naufragio que se avecina, los botes tienen precio. No son de madera ni de fibra de carbono: son pasaportes con poder de movilidad, fronteras permeables para unos e impermeables para otros, capital financiero transferido a jurisdicciones seguras, ciudadanías de conveniencia compradas en paraísos fiscales, bunkers en Nueva Zelanda o en los Alpes suizos. Son, en definitiva, las múltiples formas en que el dinero compra distancia del caos.

Los refugiados que cruzan el Mediterráneo no tienen bote. Las familias desplazadas de Gaza no tienen bote. Los campesinos que huyen de las guerras ignoradas del Sahel no tienen bote. Los migrantes climáticos que empiezan a moverse —y cuyo número los modelos más conservadores proyectan en cientos de millones para mediados de siglo— tampoco tendrán bote. Ellos son los pasajeros de tercera clase: los que, en el naufragio original, encontraron las escotillas cerradas desde dentro.

¿Quién tiene plaza garantizada? Aquellos cuya riqueza les permite comprar distancia. Aquellos cuyos estados tienen capacidad militar y diplomática para blindar sus fronteras. Aquellos cuya latitud de nacimiento o cuyo color de pasaporte les concede un acceso diferencial a la supervivencia. El naufragio, como todo en esta civilización, reproduce las jerarquías que pretende suspender.

El frío es democrático

Un barco no se hunde de golpe. Se hunde por compartimentos, con una lógica secuencial que la física no negocia. Primero se inundan los espacios más profundos, los más alejados del puente de mando, los que nadie visita en condiciones normales. Y durante un tiempo —suficientemente largo como para seguir bailando, suficientemente corto como para que la negligencia sea ya imperdonable— el suelo del salón permanece horizontal.

Pero la inclinación llega. Siempre llega. Las copas de cristal empiezan a deslizarse sobre los manteles blancos. La música desafina. Y entonces, solo entonces, la verdad se vuelve irrefutable: estábamos en el mismo barco todo el tiempo.

 La ilusión de los compartimentos estancos —la idea de que el sufrimiento ajeno no contamina el bienestar propio, de que las guerras lejanas no producen consecuencias cercanas, de que el fascismo renaciente es un problema de los demás— tiene fecha de caducidad. El Atlántico Norte, a dos grados bajo cero, no hace distinciones de clase.

¿Estamos a tiempo de virar?

Aquí está la pregunta que un ensayo honesto no puede eludir.

El Titanic recibió la orden de virar demasiado tarde. El iceberg estaba demasiado cerca, la velocidad era excesiva, el radio de giro del barco era demasiado amplio para la maniobra que se necesitaba. Había tiempo, dicen los historiadores navales, si la señal de alarma se hubiera tomado en serio unas horas antes. Unas pocas horas que se perdieron en la certeza de que el barco era insumergible.

¿Estamos en ese margen? ¿O ya lo hemos sobrepasado?
No lo sé. Y cualquiera que afirme saberlo con certeza —en un sentido o en otro— probablemente esté vendiendo algo: o resignación disfrazada de lucidez o esperanza prefabricada para consumo de masas. Ambas igualmente cómodas. Ambas igualmente inútiles.

Lo que sí sé es esto: virar requiere, antes que cualquier otra cosa, dejar de bailar. Bajar a las cubiertas inferiores y mirar el agua. Escuchar a los vigías que llevan décadas gritando desde la proa. Y aceptar que reservar plaza en uno de los botes no es una solución: es una rendición. La única solución real es construir un barco que no se hunda, lo que implica —y aquí está el problema— replantear quién lo diseña, quién lo pilota y para quién navega.

Eso es incomparablemente más difícil que seguir bailando.

La orquesta toca. La pregunta es si todavía somos capaces de escuchar, por encima de la música, el sonido del metal abriéndose.

Gurrea de Gallego, abril de 2026

Comentarios

  1. Todavía se baila y por sobre los acordes de la música aún no se escucha el sonido del metal abriéndose,aunque los susurros del agua ya anuncian toque a deguello.

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