Cuba — IDH ¿ESTADO FALLIDO? Trump, Cuba y la aritmética del desarrollo humano.

Donald Trump ha vuelto a declarar lo que lleva meses repitiendo como quien lanza un conjuro: Cuba es un “desastre”, un “Estado fallido”, y caerá pronto. Lo dijo a bordo del Air Force One, lo repitió en Miami, y llegó a afirmar que aspira a “tener el honor de tomar Cuba”. Es un discurso de liquidación, no de análisis. Y los números del organismo que su propio gobierno financia tienen la cortesía de contradecirlo.

El Informe de Desarrollo Humano 2025 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, publicado en mayo de 2025 con datos de 2023, sitúa a Cuba en el puesto 97 de 193 países. No es un ranking de simpatías ideológicas ni de retórica revolucionaria: el Índice de Desarrollo Humano (IDH) mide tres dimensiones concretas —salud, educación y nivel de vida— a través de la esperanza de vida al nacer, los años de escolarización y el ingreso nacional bruto per cápita. Es la vara con que Naciones Unidas mide si la gente vive, aprende y come.

Ahora bien: ¿dónde quedan los países que Washington no ha bloqueado, sino invadido, bombardeado o “liberado”?

Libia, un país petrolero, destruida en 2011 por la intervención de la OTAN que liquidó el Estado libio sin reemplazarlo por nada funcional, ocupa el puesto 115. Irak, invadido en 2003 bajo el pretexto de unas armas de destrucción masiva que nunca existieron, aparece en el puesto 126. Afganistán, ocupado durante veinte años y abandonado en 2021 con el mismo caos con que fue tomado, figura en el puesto 181 de 193 posibles. Tres países que recibieron la versión completa del poder americano —soldados, drones, reconstrucción, democracia exportada a la fuerza— están todos por debajo del “Estado fallido” del Caribe.

La paradoja merece una explicación, porque no es accidental.

El desacoplamiento entre riqueza y bienestar

Cuba tiene un ingreso per cápita de apenas 8.400 dólares, lo cual la sitúa económicamente en el tercio inferior del planeta. Pero el IDH no mide solo el ingreso: mide qué hace una sociedad con lo que tiene. Y la Revolución cubana ha elegido históricamente invertir en las dos variables que el dinero no siempre compra: salud universal y educación masiva. El cubano medio vive 78,1 años —un año menos que el estadounidense, que tiene nueve veces más renta— y ha acumulado más años de escolarización que la media del Caribe y Centroamérica. Eso es lo que el IDH captura: el desacoplamiento entre riqueza y bienestar humano.

Cuba es un caso extremo de ese desacoplamiento, en el sentido más literal: produce más desarrollo humano por dólar que casi cualquier otro país en su nivel de ingreso. Un análisis comparativo reciente lo ilustra con precisión: Santa Lucía, paraíso fiscal caribeño con un ingreso per cápita dos veces y medio superior al cubano, ocupa el puesto 103 del ranking IDH —seis posiciones por debajo de Cuba. El cubano medio vive más años y recibió más años de escolarización que el santalucense. Marco Rubio, que tiene su despacho en Washington, podría encontrar esa estadística incómoda.

La profecía que se intenta autocumplir

La contabilidad geopolítica es la que más incomoda. No es que Libia, Irak o Afganistán hayan sido abandonados por el destino: fueron objeto de la mayor concentración de fuerza militar, recursos y voluntad política que el mundo ha visto en décadas. El resultado está en el ranking. Cuba, en cambio, lleva más de seis décadas bajo un embargo que los propios documentos del Departamento de Estado de 1960 —redactados por el subsecretario Lester Mallory— describían como instrumento para “provocar el hambre, la desesperación y el derrocamiento del gobierno”. Ha sobrevivido a catorce presidencias americanas.

Y ahí está la trampa discursiva que todo investigador honesto debe  desmontar: Trump fabrica el colapso y luego lo presenta como evidencia de fracaso histórico. El Decreto Ejecutivo 14380, firmado el 29 de enero de 2026, declaró a Cuba “amenaza extraordinaria e inusual” para la seguridad nacional, autorizando aranceles sobre cualquier país que le suministre petróleo. Tras el secuestro de Maduro en enero, el flujo venezolano —entre 25.000 y 35.000 barriles diarios— se cortó de golpe. Washington intercepta luego los buques de sustitución y después señala los apagones como prueba de que el régimen es insostenible por su propia naturaleza. Cuando Rubio afirma desde París que Cuba carece de petróleo porque su gobierno es incompetente, y no porque Washington intercepta los buques, está describiendo el efecto y borrando la causa.

Sin romanticismo, pero sin falsedad

Nada de esto significa que el modelo cubano sea irreprochable. Sus déficits son reales, su economía es estructuralmente deficiente, y la emigración masiva de los últimos años —incluyendo médicos, ingenieros y jóvenes calificados— es una hemorragia imposible de compensar indefinidamente.

 La crisis energética de 2025-2026 ha puesto a la población al límite: solo el 41,5% de los camiones de basura de La Habana operan con regularidad, los hospitales racionan el diésel para los generadores, y el precio del combustible en el mercado negro supera los 300 dólares por tanque, más de lo que un cubano gana en un año.

Pero esa crisis tiene una causa identificable y verificable. En 2015, antes del segundo mandato de Trump y de la guerra económica de máxima presión, Cuba ocupaba el puesto 67 del IDH, cuarenta y siete posiciones por encima de su ranking por ingreso. Treinta posiciones perdidas en diez años de bloqueo reforzado no son un fracaso orgánico del sistema: son el resultado esperado de una política de estrangulamiento deliberado.

La aritmética que no cabe en el Air Force One

El IDH no resuelve el debate sobre Cuba. No absuelve a la Revolución de sus responsabilidades internas ni convierte el socialismo de Estado en un modelo exportable. Pero sí fija un punto de partida empírico que la retórica de Trump ignora: una isla bloqueada durante seis décadas, con acceso restringido al sistema financiero internacional y sin poder comerciar libremente con el mundo, se encuentra en el puesto 97 del ranking de desarrollo humano. Por encima de los países que esa misma primera potencia mundial invadió para hacerlos más prósperos y libres.

Eso, como mínimo, requiere una explicación. Y la explicación no se parece en nada al discurso del Air Force One.

https://www.eustat.eus/elementos/ele0013500/ti_indice-de-desarrollo-humano-por-indicadores-segun-paises-2019/tbl0013566_c.html 

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