La expropiación simbólica de la reinserción:lo que la ficción carcelaria sabe y la criminología institucional suele ignorar.
I. Una distinción que la ficción conoce mejor que la institución
La ficción carcelaria —de Les Misérables a La naranja mecánica, pasando por Un profeta o el experimento documental de Sin cerrojos— ha tematizado una distinción que la criminología institucional tiende a neutralizar: la que separa la reinserción como proyecto del sistema y la transformación como conquista del sujeto. Esta distinción no es meramente narrativa ni estética; es, en realidad, una hipótesis criminológica relevante que las estadísticas oficiales de reincidencia sistemáticamente omiten.
Lo que los relatos carcelarios muestran una y otra vez es que la transformación genuina —cuando ocurre— tiene la estructura de una ruptura subjetiva, de una decisión tomada en el fuero interno que con frecuencia no coincide ni en el tiempo ni en la forma con ninguna intervención programada.
El personaje que decide no volver a delinquir no lo decide porque el técnico le explicó el ciclo de la violencia; lo decide en un momento de lucidez silenciosa, a menudo nocturno, a menudo solitario, que ningún expediente penitenciario registra y que ningún protocolo de tratamiento produjo. Y sin embargo, cuando ese personaje no reincide, el sistema lo cuenta como logro propio.
Esta operación —la confiscación institucional del único éxito que genuinamente pertenece al individuo— es lo que cabe denominar expropiación simbólica de la reinserción. No es un exceso retórico de los informes de evaluación ni un epifenómeno burocrático. Es una operación política con consecuencias directas sobre el diseño de las políticas penitenciarias, sobre la distribución institucional del fracaso y el éxito, y sobre la invisibilidad estructural de la variable que, con mayor probabilidad, explica la no reincidencia.
II. La asimetría epistemológica: quién fracasa, quién tiene éxito
Las tasas de reincidencia, tal como son construidas y utilizadas en los informes de evaluación penitenciaria —incluidos los producidos por Instituciones Penitenciarias y los organismos europeos comparables—, operan bajo un supuesto implícito: que la no reincidencia es, en alguna medida significativa, un output atribuible a la intervención institucional. Este supuesto nunca se somete a prueba porque el diseño metodológico de los estudios no está construido para someterlo a prueba. Se miden los programas aplicados, los módulos de respeto transitados, las horas de formación acumuladas, los permisos de salida concedidos; pero no se mide —ni se intenta medir— en qué proporción la transformación conductual estable del ex recluso es el resultado de esas intervenciones o, por el contrario, el resultado de un proceso interno de resignificación biográfica que ocurrió a pesar del entorno institucional, con frecuencia en condiciones que lo dificultaban activamente.
Esta omisión produce lo que cabe denominar una asimetría epistemológica estructural: cuando hay reincidencia, el fracaso se individualiza —el sujeto no interiorizó los valores promovidos, el entorno postpenitenciario fue adverso, los factores de riesgo dinámicos no fueron suficientemente abordados—; cuando hay no reincidencia, el éxito se institucionaliza, atribuyéndose al programa, al modelo, a la intervención técnica. El sistema, en suma, nunca pierde: el fracaso es del individuo, es la excepción que confirma la regla: el éxito es de la institución.
Desde la perspectiva de la desistance theory —Maruna, Farrall, Laub y Sampson—, esta observación encuentra un correlato empírico sólido: el desistimiento del delito no es un proceso que las instituciones puedan inducir directamente, sino uno que se ancla en narrativas de identidad reconstruida, en vínculos de pertenencia significativos y en la apropiación de una agencia biográfica que el sujeto reconoce como propia. El sistema penitenciario puede, en el mejor de los casos, no obstruir ese proceso. Pero la institución que reivindica como mérito propio el desistimiento que se produjo a pesar de ella incurre en la expropiación simbólica antes definida: la confiscación del único logro que genuinamente pertenece al individuo.
III. Cuatro registros cinematográficos del mismo mecanismo
La ficción carcelaria ha explorado este fenómeno en cuatro registros complementarios, cada uno iluminando una fase o faceta distinta del mismo nudo teórico. No como ilustración de tesis previas, sino como diagnóstico autónomo que la criminología institucional haría bien en leer.
a) Les Misérables: cuando la transformación no puede apropiarse, se persigue
Les Misérables presenta la cara más brutal: cuando la transformación genuina no puede ser apropiada por el sistema, este no la ignora; la niega y la persigue, porque no tiene categorías conceptuales para procesarla.
Javert no es simplemente el carcelero que no cree en la rehabilitación: es la encarnación de un sistema que no puede procesar que alguien cambie sin que una institución lo haya castigado suficientemente. La transformación de Jean Valjean —producida en soledad, a través de un acto de misericordia que ningún programa de tratamiento generó— resulta literalmente improcesable para la lógica penitenciaria que Javert representa. El sistema reacciona con la única herramienta que conoce: la persecución. Es la misma operación que la expropiación, resuelta con violencia en lugar de con apropiación, pero reveladora del mismo presupuesto estructural: la transformación solo tiene legitimidad si viene avalada por la institución.
b) Sin cerrojos: Un experimento (Netflix, 2024): la agencia que emerge cuando la institución se retira
El documental de Netflix sobre el experimento del sheriff Eric Higgins en Arkansas muestra el mecanismo en tiempo real y con una paradoja interna que lo hace especialmente elocuente. Higgins otorga a los reclusos autonomía para autogobernarse, partiendo de la hipótesis de que fomentar la responsabilidad individual facilita la reintegración. Las puertas se abren, los guardias se retiran en gran medida, y los internos construyen sus propias normas de convivencia. Cuando el experimento funciona —y en varios planos lo hace— el relato documental lo encuadra sistemáticamente como el éxito de la visión del sheriff, como la confirmación de su programa.
Sin embargo, lo que las cámaras capturan involuntariamente es exactamente lo contrario: que los presos son capaces de construir convivencia, normas y agencia transformadora precisamente cuando la institución se retira. El agente del cambio no es el programa; es la agencia que el programa, al retirarse, deja emerger. Y sin embargo esa agencia —en la lógica estadística penitenciaria— se contaría como logro del modelo del sheriff.
Hay en Sin cerrojos una segunda capa, aún más densa: las cámaras de Netflix funcionan como recordatorio permanente de quién controla el relato. Los internos administran su bloque, pero cada paso queda enmarcado por quienes deciden qué parte de la realidad llega al público. La expropiación no es solo institucional; es también mediática.
c) Un profeta (Audiard, 2009): la transformación invisible a la institución, contada como su éxito
Un profeta lo muestra en su forma más silenciosa y tal vez más precisamente criminológica. Malik se transforma radicalmente durante su paso por la prisión: se educa, aprende árabe, desarrolla una inteligencia estratégica y una capacidad de lectura social que no tenía al entrar. Pero todo ocurre completamente al margen de cualquier programa institucional, en los márgenes del sistema y frecuentemente contra él. La institución ni siquiera sabe que algo ha ocurrido. Si Malik no reincide, ningún educador podría reclamar ese resultado. Y sin embargo la lógica estadística penitenciaria lo contaría igualmente como un output favorable del tratamiento. Es la forma más pura de la expropiación: la institución recoge el dato sin haber participado en el proceso.
d) La naranja mecánica (Kubrick, 1971): la reductio ad absurdum de la lógica institucional
La naranja mecánica lleva la lógica hasta su extremo terminal con una precisión filosófica que el film parece haber calculado con frialdad. La técnica Ludovico no cambia a Alex: lo incapacita. No produce transformación subjetiva sino abolición de la capacidad de elección moral. El capellán de la prisión —uno de los personajes más lúcidos del relato— formula la objeción con exactitud: el sujeto tratado deja de ser una criatura capaz de elección moral. El sistema descarta esta objeción como sentimentalismo y exhibe a Alex ante el comité político como demostración del éxito del programa.
Lo que La naranja mecánica muestra no es, pues, un caso de expropiación del mérito de una transformación genuina, sino su reductio ad absurdum: un sistema que ha decidido que la transformación subjetiva es prescindible —que basta con la compliance conductual—, la llama igualmente éxito rehabilitador y revela así el núcleo desnudo de la operación: al sistema no le importa si el sujeto ha cambiado internamente, sino si sus indicadores registran el cambio.
La diferencia entre ambas realidades es irrelevante para la estadística.
IV. La crueldad final: no contentarse con no ayudar
Los cuatro registros cinematográficos convergen en un diagnóstico que la criminología institucional ha eludido sistemáticamente: el sistema penitenciario no solo falla con frecuencia en producir transformación subjetiva genuina, sino que cuando dicha transformación ocurre —por vías que él no controló, en condiciones que a menudo la dificultaron— la confisca como logro propio.
Hay aquí una crueldad que merece ser llamada por su nombre. No es la crueldad obvia del maltrato físico o la privación material —que el derecho penitenciario tiene al menos instrumentos para documentar—. Es la crueldad más sutil y más difícil de combatir de la apropiación simbólica: el sistema no se contenta con no ayudar; necesita además quedarse con el crédito de los que se ayudaron a sí mismos. Y lo hace a través de un mecanismo que es, en el sentido más estricto, estructural: no requiere mala fe individual de ningún operador penitenciario, sino simplemente la aplicación irreflexiva de los instrumentos de evaluación vigentes.
La asimetría epistemológica descrita en la sección anterior no es pues un defecto técnico corregible con mejores métricas. Es la forma que adopta la autoprotección institucional en el plano del conocimiento: si el mérito del desistimiento se atribuye al sistema, el sistema no tiene incentivo para interrogar su propia eficacia real. Si la variable subjetiva no se mide, no existe. Si no existe, no puede convertirse en objeto de intervención ni de protección.
El resultado es un sistema que se perpetúa evaluándose con los únicos indicadores que está en condiciones de producir favorablemente, mientras la única variable que probablemente explica en mayor medida la no reincidencia —la conquista individual de una identidad narrativa renovada— permanece invisible en sus tablas.
V. Conclusión: la variable que los estudios de reincidencia no miden
La distinción entre reinserción como proyecto institucional y transformación como conquista individual no es una categoría filosófica sin consecuencias empíricas. Es, en los términos de la metodología de la investigación criminológica, una variable independiente no controlada que los estudios de reincidencia introducen como supuesto implícito sin declararla ni medirla. Es quizás la variable que en mayor medida explica la no reincidencia; y hasta en esto el sistema es cruel: porque se la apropia como mérito propio.
Incorporar esta variable a los diseños de investigación tiene implicaciones concretas: obligaría a revisar la atribución de causalidad en los estudios de evaluación de programas; modificaría la distribución del fracaso y el éxito en el sistema; y podría reorientar recursos hacia las condiciones que facilitan —en lugar de obstaculizar— los procesos de resignificación biográfica que el desistimiento requiere.
Lo que la ficción carcelaria ha comprendido, con la lucidez que a veces solo permite la distancia estética, es que la pregunta relevante no es '¿funcionó el programa?', sino '¿quién fue el verdadero agente del cambio, y en qué condiciones?'. Mientras la criminología institucional no se formule esta pregunta —y diseñe instrumentos capaces de responderla— sus estadísticas de reinserción describirán con aparente precisión cuantitativa algo que en realidad ignoran por completo.
La distinción entre reinserción como proyecto institucional y transformación como conquista individual es, quizás, la aportación más honesta que la ficción carcelaria ha hecho al debate criminológico contemporáneo. Que sea la ficción quien la haya formulado con mayor claridad no es un dato menor. Es, en sí mismo, un síntoma.
Referencias cinematográficas
La naranja mecánica [A Clockwork Orange]. Dir. Stanley Kubrick. Warner Bros., 1971.
Les Misérables. Dir. Tom Hooper. Universal Pictures, 2012. [Basada en: Victor Hugo, Les Misérables, 1862.]
Un profeta [Un prophète]. Dir. Jacques Audiard. Why Not Productions, 2009.
Sin cerrojos: Un experimento [Unlocked: A Jail Experiment]. Netflix Documentary, 2024.
Referencias académicas
Farrall, S. (2002). Rethinking What Works with Offenders: Probation, Social Context and Desistance from Crime. Willan Publishing.
Laub, J. H. & Sampson, R. J. (2001). Understanding desistance from crime. Crime and Justice, 28, 1–69.
Laub, J. H. & Sampson, R. J. (2003). Shared Beginnings, Divergent Lives: Delinquent Boys to Age 70. Harvard University Press.
Maruna, S. (2001). Making Good: How Ex-Convicts Reform and Rebuild Their Lives. American Psychological Association.
Secretaría General de Instituciones Penitenciarias (SGIP). Informes estadísticos anuales. Ministerio del Interior, España.
Para leer muy despacio, interiorizar contenido y dar cuenta que toda transformación positiva dentro de la sociedad se adjudica a las instituciones,tengan o no ellas relación con la misma,en tanto toda transformación negativa es ajena a ella.
ResponderEliminarGracias por tu opinión.
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