El Grito que Nadie Escuchó. The Cry No One Heard
El Atentado de Butler como Síntoma de la Crisis Democrática Estadounidense
The Butler Assassination Attempt as a Symptom of America's Democratic Crisis
── Versión en Español ──
Resumen
El presente artículo analiza el intento de asesinato de Donald Trump en Butler, Pensilvania, el 13 de julio de 2024, a la luz de la sociología de la violencia política y las teorías contemporáneas de radicalización. La tesis central sostiene que todo acto intencional —incluido el criminal— porta un sentido que es producto de condiciones sociales determinadas; negar ese sentido equivale a perder la información que el hecho social contiene. La radicalización de Thomas Matthew Crooks no fue una anomalía: fue la destilación extrema de una crisis sistémica compuesta por polarización afectiva, alienación juvenil, amplificación algorítmica del odio y erosión de las normas democráticas informales. El hecho de que el electorado estadounidense eligiera a Donald Trump cuatro meses después, con mayoría popular, no invalida el diagnóstico; lo confirma. El artículo concluye preguntando si las instituciones y la comunidad internacional pueden corregir la trayectoria antes de que se alcance un punto de no retorno.
Palabras clave / Keywords: radicalización · violencia política · polarización · crisis democrática · Butler 2024 · democracia
1. Introducción: Butler, Pensilvania, 13 de julio de 2024
El 13 de julio de 2024, durante un mitin electoral en Butler, Pensilvania, Thomas Matthew Crooks —un joven de veinte años natural de Bethel Park— escaló a un tejado situado a aproximadamente 130 metros del estrado donde Donald Trump se dirigía a sus seguidores y disparó ocho veces con un fusil semiautomático estilo AR-15. Una bala rozó la oreja derecha de Trump; otra segó la vida de Corey Comperatore, exbombero y padre de familia; dos personas más resultaron heridas de gravedad. Los francotiradores del Secret Service neutralizaron al tirador en menos de veinte segundos desde el primer disparo.1
La reacción mediática e institucional inmediata osciló entre dos polos igualmente inadecuados para la comprensión histórica del hecho. De un lado, la narrativa del «lobo solitario»: el individuo perturbado que actúa en el vacío, sin contexto, sin causa, sin estructura. Del otro, las teorías de conspiración —orquestación política, «falsa bandera», operación de inteligencia— que, paradójicamente, también niegan la agencia real del sujeto al convertirlo en mero instrumento de poderes invisibles.
Ambos encuadres comparten un mismo error metodológico: vacían el hecho de su contenido social. Este artículo propone una lectura diferente, fundada en la sociología clásica y en las teorías contemporáneas de violencia política: todo acto humano intencional —incluido el criminal, incluido el más extremo— porta un sentido. Ese sentido no siempre es consciente, no siempre es coherente, y la forma que adopta puede ser profundamente equivocada. Pero negarlo es renunciar a comprender.
Thomas Matthew Crooks no fue un virus aleatorio inoculado en el cuerpo político. Fue su producto. Y los síntomas hablan —aunque el paciente no quiera escuchar.
2. Todo Acto Tiene un Sentido: La Violencia Política como Comunicación Extrema
On Violence (1970) de Hannah Arendt estableció una distinción conceptual que sigue siendo analíticamente esencial: la violencia no es lo mismo que el poder, y con frecuencia representa su opuesto. El poder es colectivo, deliberativo, legitimado por el consentimiento; la violencia es instrumental, un medio que carece de telos propio. Pero Arendt reconoció también que la violencia irrumpe históricamente como sustituto del poder —precisamente cuando éste se ha agotado o deslegitimado.2
Desde la perspectiva sociológica, el concepto durkheimiano de «hecho social» proporciona un marco complementario. Los hechos sociales —incluidos los desviados— no son reductibles a la patología individual; son fenómenos colectivos que expresan estructuras sociales. En El suicidio (1897), Durkheim demostró que incluso el acto más aparentemente privado obedece a regularidades estadísticas determinadas por fuerzas colectivas: integración, regulación, anomia.3
La violencia política de los individuos radicalizados sigue una lógica análoga. El Modelo 3N de Kruglanski, Bélanger y Gunaratna —necesidad, narrativa, red— identifica los tres pilares que, en su convergencia, producen la radicalización violenta: una necesidad de significado personal, frecuentemente desencadenada por la humillación o la exclusión social; una narrativa que identifica un enemigo claro responsable de esa pérdida de significado; y una red —real o virtual— que valida y acelera el tránsito hacia la violencia.4
Crooks se ajusta a este modelo con precisión. Las investigaciones posteriores revelaron un joven que había sufrido exclusión social sistemática, carecía de vínculos de pertenencia estables, y consumía contenido político en todo el espectro ideológico —había donado quince dólares a una organización progresista mientras estaba registrado como republicano—, indicador no de coherencia ideológica sino de una búsqueda de marco interpretativo que diera sentido a su malestar.5
Robert Pape, en su análisis de la lógica estratégica del terrorismo suicida, demuestra que incluso los actos de violencia política más extremos responden a lógicas identificables —no a la patología individual aislada.17
Nadie se sacrifica sin un sentido. La forma puede ser criminal —y lo fue, sin paliativos—. Pero la motivación existe, es legible, y su lectura es políticamente imprescindible.
3. Anatomía de una Radicalización
John Horgan, uno de los principales teóricos de la psicología del terrorismo, enfatiza que la radicalización no es un proceso lineal sino dinámico, facilitado por entornos sociales que no ofrecen alternativas. Los jóvenes que carecen de vínculos estables son particularmente vulnerables a lo que Horgan denomina «sustitutos del movimiento social»: comunidades extremistas que ofrecen pertenencia, identidad y propósito a cambio de compromiso ideológico con la violencia.6
La variable edad es crítica. La neurociencia del desarrollo ha establecido sólidamente que la corteza prefrontal —responsable del control de impulsos y la evaluación de riesgos— no completa su maduración hasta aproximadamente los veinticinco años. Esta realidad biológica no elimina la responsabilidad penal, pero exige que comprendamos la radicalización de jóvenes como un fracaso social, no meramente individual. Las sociedades que abandonan a sus jóvenes —a través de la desigualdad, la exclusión, la deficiencia de los sistemas de salud mental y la amplificación algorítmica de la rabia— producen las condiciones para estos hechos.7
Los Estados Unidos de 2024 eran, por múltiples indicadores, una sociedad que fracasaba precisamente en estas dimensiones: tasas de suicidio juvenil históricamente elevadas, crisis de salud mental agudizada por la pandemia, y redes sociales diseñadas para maximizar el compromiso emocional —y por ende la indignación y el miedo— sin consideración por sus efectos sobre la cohesión social.
«La pregunta no es por qué hay terrorismo, sino por qué no hay más.» — John Horgan, The Psychology of Terrorism
Esta provocación metodológica no es una apología de la violencia; es una invitación a tomar en serio las condiciones estructurales que la producen. La mayoría de los individuos sometidos a esas condiciones encuentra —o es encontrado por— alternativas. Crooks no las encontró.
4. La Polarización Estructural como Ecosistema de la Desesperación
La polarización de la sociedad estadounidense no comenzó con Trump, aunque Trump la reflejó y aceleró. Las condiciones estructurales se habían establecido a lo largo de décadas: la desindustrialización, el ascenso de una ideología meritocrática que patologiza el fracaso económico como fracaso personal, el colapso de las instituciones cívicas intermedias y la emergencia de un ecosistema mediático que, como describieron Eli Pariser con el concepto de la «burbuja de filtro» y Cass Sunstein con las «cámaras de eco», clasifica a los ciudadanos en universos informativos paralelos con reclamaciones de verdad incompatibles.8
Lilliana Mason, en Uncivil Agreement (2018), demostró que la polarización estadounidense no es primariamente un asunto de desacuerdo en políticas públicas concretas, sino de identidad: demócratas y republicanos se han convertido en comunidades socialmente separadas que crecientemente conciben al otro bando no como oponente político sino como enemigo existencial. Esta «polarización afectiva» —la hostilidad hacia el exogrupo independiente de las diferencias políticas reales— crea condiciones en las que las normas democráticas se erosionan porque el adversario es percibido como legítimamente destruible, no meramente derrotable.9
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en Cómo mueren las democracias (2018), identificaron el mecanismo central: las democracias contemporáneas mueren mediante la erosión de dos normas informales clave —la tolerancia mutua y la contención institucional—. Cuando estas normas se quiebran, las salvaguardas institucionales de la democracia se convierten en armas de una lucha de suma cero en lugar de arenas para la competencia dentro de reglas acordadas.10
En este contexto, la pregunta no es por qué Thomas Matthew Crooks hizo lo que hizo. La pregunta —más perturbadora y más productiva— es qué condiciones hacían su acto imaginable, inteligible y, en su propia lógica, necesario.
5. El Mensaje que no fue Escuchado: Las Elecciones de Noviembre de 2024
El atentado de Butler se produjo cuatro meses antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2024. En la terminología de la teoría de los movimientos sociales, fue un «evento crítico» —una ruptura en el flujo normal del tiempo político que concentra y cristaliza tensiones subyacentes—. Eventos de esta naturaleza pueden funcionar como inflexiones históricas: momentos en que lo latente se vuelve manifiesto y las sociedades se ven forzadas a confrontar lo que venían evitando.11
La historia está llena de eventos críticos que no fueron leídos como las advertencias que eran. El asesinato del Archiduque Francisco Fernando en 1914 no fue la causa de la Primera Guerra Mundial —fue el detonador de tensiones acumuladas durante décadas que los actores institucionales no supieron desactivar. Los eventos críticos no crean las crisis; las revelan. Y ofrecen, a veces, la posibilidad de procesarlas antes de que alcancen su desenlace más destructivo.
El atentado de Butler no era una causa. Era un efecto —el efecto de un ambiente político tan tóxico, tan polarizado, tan desprovisto de soluciones institucionales articuladas, que un joven de veinte años vio en la violencia una opción política. Y era también, potencialmente, una señal: las condiciones que producían ese acto producirían, si no eran abordadas, actos peores, o desenlaces igualmente destructivos por vías aparentemente legales.
El electorado estadounidense, cuatro meses después, devolvió a Donald Trump a la Casa Blanca con 312 votos electorales y una mayoría del voto popular por primera vez para un candidato republicano desde George W. Bush en 2004.12
La señal no fue procesada como advertencia. Esto no significa que los votantes que eligieron a Trump actuaran incorrectamente desde sus propios marcos de valores e intereses —la elección democrática debe ser respetada como tal—. Significa que las condiciones estructurales que produjeron el atentado de Butler no solo persistieron, sino que se vieron institucionalmente consolidadas con el resultado electoral. El síntoma no fue tratado; fue amplificado.
6. Las Instituciones y la Comunidad Internacional ante el Precipicio
¿Puede salvarse la democracia estadounidense? La pregunta, planteada con urgencia por intelectuales como Anne Applebaum y Timothy Snyder, no admite respuesta simple.13
Robert Dahl, en su teoría de la poliarquía, identificó las condiciones institucionales y sociales necesarias para que un régimen funcione democráticamente. Su erosión parcial no produce automáticamente autocracia, pero sí reduce la calidad democrática y amplía el espacio para el ejercicio discrecional del poder.14
El populismo de exclusión que caracteriza al trumpismo —en la conceptualización de Mudde y Kaltwasser, y la más aguda de Müller— reclama exclusividad en la representación del «pueblo auténtico», deslegitimando por definición a cualquier oposición.15
Gramsci denominó «crisis orgánica» al momento en que «las formas viejas están muriendo y las nuevas no han terminado de nacer»; un interregno en que, en su célebre formulación, «aparecen los monstruos».16
Los Estados Unidos retienen ventajas institucionales no triviales: un sistema federal que distribuye el poder entre cincuenta estados; una judicatura federal con notable independencia; una sociedad civil de extraordinaria riqueza y tradición cívica; y unas fuerzas armadas históricamente apolíticas. Estos recursos no deben subestimarse.
La dimensión internacional es igualmente relevante. El orden liberal internacional —construido tras 1945 sobre instituciones multilaterales y normas compartidas— fue configurado a partir del liderazgo y la credibilidad de los Estados Unidos. Las democracias europeas, Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia enfrentan el desafío de adaptar sus arquitecturas de seguridad y económicas a un socio que puede ser, por un período, impredecible. Esto no es el fin del sistema internacional, pero es una perturbación estructural que demanda respuestas institucionales creativas y urgentes.
7. Conclusión: El Síntoma que Persiste
Thomas Matthew Crooks no fue un agente histórico en sentido mayor. Fue un joven socialmente aislado y políticamente radicalizado que eligió una forma criminal para una intención política. La forma fue equivocada —profunda, irremediablemente equivocada—. La violencia política en una democracia nunca es la respuesta correcta, no porque las apuestas sean bajas, sino precisamente porque son altas: las instituciones democráticas, con todas sus imperfecciones, son el único mecanismo por el que los conflictos sociales pueden resolverse sin destruir el tejido social en su conjunto.
Pero negar el sentido del acto es también un error —un error con consecuencias—. Si leemos Butler solo como el acto de un individuo perturbado, perdemos lo que el acto revela sobre la sociedad que lo produjo. Perdemos el mensaje en el síntoma.
El mensaje —legible sin misticismo, sin reclamos teleológicos sobre mensajes que «la historia envía»— es éste: una sociedad tan polarizada que sus jóvenes ven la violencia como una opción política es una sociedad en crisis estructural. Esa crisis no se resolvió con las elecciones de 2024; se profundizó.
La voz que no fue escuchada en Butler encontrará otras formas. Siempre las encuentra. La pregunta es si, esta vez, elegiremos comprenderla.
── English Version ──
Abstract
This article analyzes the attempted assassination of Donald Trump in Butler, Pennsylvania on July 13, 2024, through the lens of the sociology of political violence and contemporary radicalization theory. The central thesis holds that every intentional human act—including criminal ones—carries a meaning that is the product of specific social conditions; to deny that meaning is to forfeit the information contained in the social fact. Thomas Matthew Crooks's radicalization was not an anomaly: it was the extreme distillation of a systemic crisis comprising affective polarization, youth alienation, digital ecosystems of hate amplification, and the erosion of informal democratic norms. The fact that the American electorate chose Donald Trump four months later, with a popular vote majority, does not invalidate the diagnosis—it confirms it. The article concludes by asking whether institutions and the international community can correct the democratic trajectory before a point of no return is reached.
1. Introduction: Butler, Pennsylvania, July 13, 2024
On July 13, 2024, at a campaign rally in Butler, Pennsylvania, Thomas Matthew Crooks—a twenty-year-old from Bethel Park—climbed to a rooftop approximately 130 meters from the stage where Donald Trump was addressing supporters and fired eight rounds from an AR-15 style semi-automatic rifle. One bullet grazed Trump's right ear; another killed Corey Comperatore, a former firefighter and father of two; two others were critically wounded. Secret Service snipers neutralized the shooter within twenty seconds of the first shot.1
The immediate media and institutional reaction oscillated between two poles equally inadequate for historical understanding. On one side, the 'lone wolf' narrative: the disturbed individual acting in a vacuum, without context, cause, or structure. On the other, conspiracy theories—political orchestration, 'false flag,' intelligence operation—which, paradoxically, also deny the subject's real agency by reducing him to an instrument of invisible forces.
Both framings share the same methodological error: they empty the event of its social content. This article proposes a different reading, grounded in classical sociology and contemporary theories of political violence. Every intentional human act—including criminal ones, including the most extreme—carries a meaning. That meaning is not always conscious, not always coherent, and the form it takes may be profoundly wrong. But to deny it is to renounce understanding.
Thomas Matthew Crooks was not a random virus injected into the body politic. He was its product. And symptoms speak—even when the patient refuses to listen.
2. Every Act Has a Meaning: Political Violence as Extreme Communication
On Violence (1970) established a conceptual distinction that remains analytically essential: violence is not the same as power, and often represents its opposite. Power is collective, deliberative, legitimized by consent; violence is instrumental, a means without its own telos. But Arendt also recognized that violence appears historically as a substitute for power—precisely when power has been exhausted or delegitimized.2
From a sociological perspective, Durkheim's concept of the 'social fact' provides a complementary framework. Social facts—including deviant ones—are not reducible to individual pathology; they are collective phenomena that express social structures. In Suicide (1897), Durkheim demonstrated that even the most apparently private act obeys statistical regularities determined by collective forces: integration, regulation, anomie.3
The political violence of radicalized individuals follows an analogous logic. Kruglanski, Bélanger and Gunaratna's 3N Model identifies the three pillars that, in their convergence, produce violent radicalization: a need for personal significance, often triggered by humiliation or social exclusion; a narrative identifying a clear enemy responsible for that loss; and a network—real or virtual—that validates and accelerates the transition to violence.4
Crooks fits this model with disturbing precision. Post-attack investigations revealed a young man who had suffered systematic social exclusion at school, lacked stable bonds of belonging, and consumed political content across the ideological spectrum—he had donated fifteen dollars to a progressive organization while registered as a Republican—indicating not ideological coherence but a search for a frame that could give meaning to his sense of personal failure.5
Robert Pape, in his analysis of the strategic logic of suicide terrorism, demonstrates that even the most extreme and self-destructive acts of political violence respond to identifiable logics—not isolated individual pathology.17
Nobody sacrifices themselves without meaning. The form can be criminal—and it was, without mitigation. But the motivation exists, is legible, and its reading is politically indispensable.
3. The Anatomy of a Radicalization
John Horgan emphasizes that radicalization is not a linear but a dynamic process, facilitated by social environments that fail to offer alternatives. Young people lacking stable social bonds are particularly vulnerable to what Horgan calls 'social movement substitutes': extremist communities that offer belonging, identity, and purpose at the price of ideological commitment to violence.6
The age variable is critical. Developmental neuroscience has firmly established that the prefrontal cortex—responsible for impulse control and risk assessment—does not complete its maturation until approximately age twenty-five. This biological reality does not eliminate criminal responsibility, but it demands that we understand radicalization of young people as a social failure, not merely an individual one. Societies that fail their young—through inequality, social exclusion, inadequate mental health systems, and algorithmic amplification of rage—produce the conditions for these events.7
The United States of 2024 was, by multiple indicators, a society failing precisely in these dimensions: historically elevated youth suicide rates, a mental health crisis deepened by the pandemic, and social networks engineered to maximize emotional engagement—and therefore outrage and fear—without regard for their effects on social cohesion.
'The question is not why there is terrorism, but why there is not more.' — John Horgan, The Psychology of Terrorism
This methodological provocation is not an apologia for violence; it is an invitation to take seriously the structural conditions that produce it. Most individuals subjected to those conditions find—or are found by—alternatives. Crooks did not.
4. Structural Polarization as an Ecosystem of Desperation
American polarization did not begin with Trump, though Trump both reflected and accelerated it. The structural conditions were established over decades: deindustrialization, the rise of a meritocratic ideology that pathologizes economic failure as personal failure, the collapse of intermediate civic institutions, and the emergence of a media ecosystem that—as Eli Pariser theorized with the 'filter bubble' and Cass Sunstein with 'echo chambers'—sorts citizens into parallel informational universes with incompatible truth claims.8
Uncivil Agreement (2018) demonstrated that American polarization is not primarily about policy disagreement but about identity: Democrats and Republicans have become not just politically but socially separated communities that increasingly view the opposing side not as political opponents but as existential enemies. This 'affective polarization'—hostility toward the out-group independent of actual policy differences—creates conditions in which democratic norms erode because the other side is perceived as legitimately destroyable rather than merely defeatable.9
How Democracies Die (2018) identified the central mechanism: contemporary democracies die through the erosion of two key informal norms—mutual toleration and institutional forbearance. When these norms collapse, the institutional guardrails of democracy become weapons in a zero-sum struggle rather than arenas for competition within agreed rules.10
In this context, the question is not why Thomas Matthew Crooks did what he did. The question—more disturbing and more productive—is what conditions made his act imaginable, intelligible, and, in his own logic, necessary.
5. The Message That Went Unheard: The November 2024 Election
The Butler attack occurred four months before the November 2024 presidential election. In social movement theory, it was a 'critical event'—a rupture in the normal flow of political time that concentrates and crystallizes underlying tensions. Such events can function as historical inflection points: moments in which the latent becomes manifest and societies are forced to confront what they had been avoiding.11
History is full of critical events that were not read as the warnings they were. The assassination of Archduke Franz Ferdinand in 1914 was not the cause of World War I—it was the trigger of tensions accumulated over decades that institutional actors failed to defuse. Critical events do not create crises; they reveal them. And they sometimes offer the possibility of processing them before they reach their most destructive outcomes.
The Butler attack was not a cause. It was an effect—the effect of a political environment so toxic, so polarized, so devoid of articulated institutional solutions, that a twenty-year-old saw violence as a political option. And it was potentially a warning: the conditions producing that act would, if unaddressed, produce worse acts—or equally destructive outcomes through ostensibly legal channels.
The American electorate, four months later, returned Donald Trump to the White House with 312 electoral votes and a popular vote majority—the first Republican to achieve this since George W. Bush in 2004.12
The warning was not processed as such. This does not mean that voters who chose Trump acted wrongly within their own frameworks of value and interest—democratic choice must be respected as such. It means that the structural conditions that produced the Butler attack were not only preserved but institutionally consolidated by the electoral result. The symptom was not treated; it was amplified.
6. Institutions and the International Community at the Precipice
Can American democracy be saved? The question, posed with urgency by scholars like Anne Applebaum and Timothy Snyder, does not admit a simple answer.13
Robert Dahl's theory of polyarchy identified the institutional and social conditions necessary for a regime to function democratically. Their partial erosion does not automatically produce autocracy, but it does reduce democratic quality and expand the space for discretionary exercise of power.14
The exclusionary populism characterizing Trumpism—in the conceptualization of Mudde and Kaltwasser, and the sharper analysis of Müller—claims exclusivity in representing the 'authentic people,' delegitimizing any opposition as inherently antidemocratic by definition.15
Gramsci called 'organic crisis' the moment when old forms are dying and new ones have not yet been born; an interregnum in which, in his celebrated phrase, 'monsters appear.'16
The United States retains institutional advantages that are not trivial: a federal system distributing power among fifty states; a federal judiciary with substantial independence; a civil society of extraordinary richness and civic tradition; and an historically apolitical military. These resources must not be underestimated.
The international dimension matters equally. The liberal international order built after 1945 on multilateral institutions and shared norms was predicated on American leadership and credibility. European democracies, Canada, Japan, South Korea, and Australia face the challenge of adapting their security and economic architectures to a partner that may be, for a period, unpredictable. This is not the end of the international system, but it is a structural shock demanding creative and urgent institutional responses.
7. Conclusion: The Symptom That Persists
Thomas Matthew Crooks was not a historical agent in the grand sense. He was a socially isolated and politically radicalized young man who chose a criminal form for a political intention. The form was wrong—profoundly, irremediably wrong. Political violence in a democracy is never the correct answer, not because the stakes are low, but precisely because they are high: democratic institutions, however imperfect, are the only mechanisms through which social conflicts can be resolved without destroying the social fabric entirely.
But denying the meaning of the act is also an error—an error with consequences. If we read Butler only as the act of a disturbed individual, we lose what the act reveals about the society that produced it. We lose the message in the symptom.
The message—legible without mysticism, without teleological claims about 'history sending signals'—is this: a society so polarized that its young people see violence as a political option is a society in structural crisis. That crisis was not resolved by the 2024 election; it was deepened.
The voice that went unheard in Butler will find other forms. It always does. The question is whether, this time, we choose to understand it.
Notas / Notes
1. FBI, «Preliminary Review of the Butler, Pennsylvania Shooting», agosto 2024. La reconstrucción de los hechos es coherente con los informes del Secret Service divulgados ante el Congreso en sesión de septiembre de 2024.
2. Arendt, H., On Violence, Harcourt Brace & Company, Nueva York, 1970, p. 44. [Trad. esp.: Sobre la violencia. Alianza Editorial, 2005.] Arendt distingue explícitamente entre poder —potencia colectiva legitimada— y violencia —instrumento sin telos propio—, advirtiendo que esta última aparece donde el primero se ha agotado.
3. Durkheim, É., Le Suicide. Étude de sociologie, Félix Alcan, París, 1897. [Trad. esp.: El suicidio. Akal, Madrid, 1989.] La demostración durkheimiana de que el acto más privado posible obedece a regularidades estadísticas colectivas sentó las bases metodológicas para el análisis sociológico de la violencia individual.
4. Kruglanski, A., Bélanger, J. J. & Gunaratna, R., The Three Pillars of Radicalization: Needs, Narrative, and Network, Oxford University Press, Oxford, 2019. El modelo 3N es hoy una de las teorías más empíricamente sólidas en el campo del estudio de la radicalización violenta.
5. ABC News, «Thomas Matthew Crooks: What We Know About the Trump Rally Shooter», 15 de julio de 2024. La donación de 15 dólares a una organización progresista —ActBlue— fue confirmada por registros federales de contribuciones políticas.
6. Horgan, J., The Psychology of Terrorism, Routledge, Londres, 2014 (2.ª ed.). Horgan es uno de los analistas más rigurosos sobre los procesos de entrada y salida del terrorismo, rechazando tanto el perfil psicopatológico como el del cálculo racional puro.
7. Steinberg, L., «A Social Neuroscience Perspective on Adolescent Risk-Taking», Developmental Review, 28(1), 2008, pp. 78-106. La maduración tardía de la corteza prefrontal es uno de los hallazgos más robustos de la neurociencia del desarrollo.
8. Pariser, E., The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You, Penguin Press, Nueva York, 2011; Sunstein, C. R., Republic.com 2.0, Princeton University Press, Princeton, 2007. Cf. también Bail, C. A. et al., «Exposure to Opposing Views on Social Media Can Increase Political Polarization», PNAS, 115(37), 2018, pp. 9216-9221.
9. Mason, L., Uncivil Agreement: How Politics Became Our Identity, University of Chicago Press, Chicago, 2018. Mason demuestra que la polarización «afectiva» —hostilidad hacia el exogrupo— se ha disparado incluso cuando la distancia en preferencias políticas concretas no ha aumentado proporcionalmente.
10. Levitsky, S. & Ziblatt, D., How Democracies Die, Crown Publishing, Nueva York, 2018. [Trad. esp.: Cómo mueren las democracias. Ariel, Barcelona, 2018.] El argumento central es que las democracias contemporáneas mueren con más frecuencia por erosión interna que por golpe de Estado.
11. Tuchman, B., The Guns of August, Macmillan, Nueva York, 1962. Tuchman documenta cómo el asesinato del Archiduque Francisco Fernando, lejos de ser la «causa» de la guerra, fue el detonador de tensiones acumuladas durante décadas que los actores institucionales no supieron desactivar.
12. Associated Press / New York Times, «2024 Presidential Election Results», noviembre de 2024. Trump obtuvo 312 votos electorales frente a 226 de Kamala Harris, con una ventaja en el voto popular de aproximadamente 1,5 puntos porcentuales.
13. Applebaum, A., Twilight of Democracy: The Seductive Lure of Authoritarianism, Doubleday, Nueva York, 2020; Snyder, T., On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century, Crown, Nueva York, 2017.
14. Dahl, R. A., Polyarchy: Participation and Opposition, Yale University Press, New Haven, 1971. Dahl identificó las condiciones institucionales y sociales necesarias para que un régimen funcione como poliarquía; su erosión parcial no produce automáticamente autocracia, pero sí reduce la calidad democrática.
15. Mudde, C. & Rovira Kaltwasser, C., Populism: A Very Short Introduction, Oxford University Press, Oxford, 2017; Müller, J.-W., What Is Populism?, University of Pennsylvania Press, Filadelfia, 2016. Ambas obras son esenciales para comprender el populismo como fenómeno que reclama exclusividad en la representación del «pueblo auténtico».
16. Gramsci, A., Cuadernos de la cárcel, Ediciones Era, México, 1981 [edición de Valentino Gerratana]. La noción gramsciana de «crisis orgánica» —el momento en que «las formas viejas están muriendo y las nuevas no han terminado de nacer»— captura con precisión el interregno histórico estadounidense actual.
17. Pape, R., Dying to Win: The Strategic Logic of Suicide Terrorism, Random House, Nueva York, 2005. Pape demuestra que incluso los atentados suicidas responden a lógicas estratégicas identificables, no a la patología individual aislada.
18. Weber, M., «Politik als Beruf» [La política como vocación], conferencia pronunciada en la Universidad de Múnich, enero de 1919. En El político y el científico. Alianza Editorial, Madrid, 2005. La célebre definición weberiana del Estado como detentador del monopolio del uso legítimo de la violencia física es el punto de partida para comprender qué ocurre cuando ese monopolio se percibe como ilegítimo por sectores significativos de la ciudadanía.
19. Mouffe, C., Agonistics: Thinking the World Politically, Verso, Londres, 2013. Para Mouffe, la distinción entre lo político —dimensión antagónica constitutiva de las sociedades— y la política —conjunto de prácticas institucionales— es esencial para comprender los límites del liberalismo consensualista.
20. Frank, T., What's the Matter with Kansas?, Henry Holt, Nueva York, 2004; Skocpol, T. & Williamson, V., The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism, Oxford University Press, Oxford, 2012. Ambas obras documentan las bases sociales del populismo conservador estadounidense.
Referencias / References
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Weber, M. (2005). La política como vocación. En El político y el científico. Alianza Editorial.
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